Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 45

La biblioteca de La Atalaya no olía a libros, sino a tiempo detenido y a ceniza fría. Era una estancia circular, con estanterías que trepaban hasta un techo de madera tallada donde el polvo bailaba bajo la luz de la única linterna que Julian había logrado encender.

—Mi padre decía que la verdad siempre se guarda detrás de lo que más amamos —susurré. Mi propia voz me sonaba ajena, un eco muerto en la acústica perfecta de la sala.

Caminé hacia el fondo, donde un retrato al óleo de mi madre presidía la habitación. Busqué el relieve en el marco dorado. Mis dedos, expertos en reconocer texturas tras años de fingida ceguera, encontraron la pequeña palanca de bronce oculta tras una hoja de acanto. Hubo un crujido de engranajes oxidados y la pared de libros se desplazó, revelando una caja fuerte empotrada.

Pero no buscábamos dinero. Buscábamos pruebas.

En el fondo, envuelto en una tela de seda negra, había un proyector de película de 16 mm y una lata metálica con una etiqueta escrita a mano por mi padre: “El precio de la herencia”.

—Marcus no quería los libros contables, Victoria —dijo Julian, su voz sonando como un trueno en el silencio—. Quería el rastro de su compra.

Instalamos el proyector sobre la mesa de caoba. Julian giró la manivela con una lentitud que me erizó la piel. La luz blanca impactó contra la pared, y el parpadeo del celuloide empezó a narrar nuestra condena.

La imagen era granulada, sin sonido. Era el despacho de mi padre, semanas antes del incendio. Se veía a Marcus Sterling frente a él, fumando con esa elegancia sádica que lo caracterizaba. Pero lo que nos heló la sangre fue el documento que Marcus desplegó sobre la mesa. Vimos a mi padre firmar con una sonrisa de alivio. Luego, la cámara giró y mostró a un joven Julian, de apenas diecisiete años, durmiendo en el jardín a través de la ventana.

Marcus señaló al joven Julian y luego señaló el contrato. Mi padre asintió, estrechando la mano de Marcus. No fue un acuerdo de negocios; fue una entrega.

—No fue un accidente, Julian —dije, sintiendo que mis piernas cedían. Me apoyé en la mesa, con la mirada fija en la pantalla—. Mi padre te entregó. Él sabía que Marcus te quería para convertirte en su arma personal, en el sicario que limpiara sus pecados. El incendio solo fue la forma de Marcus de reclamar lo que ya había pagado.

Julian se quedó petrificado. La luz parpadeante del proyector iluminaba sus cicatrices, dándole un aspecto de estatua de mármol agrietada. El hombre que se había pasado diez años odiando a Marcus por quitarle la vida acababa de descubrir que el hombre al que consideraba un padre lo había vendido como si fuera ganado.

Durante un instante, todo en mi interior se negó a aceptar lo que estaba viendo. No fue duda, sino rechazo. Mi mente intentó reconstruir la escena de otra forma, encontrar un gesto oculto, una señal de coerción, cualquier detalle que transformara esa imagen en algo distinto a lo que era. Pero no lo había.

El hombre que me había enseñado a memorizar caminos en la oscuridad, que me había hablado de sobrevivir cuando las luces se apagaran, no estaba siendo obligado. Estaba eligiendo.

Sentí cómo algo se resquebrajaba con una precisión silenciosa, sin estallidos, sin lágrimas. No era el dolor de perderlo; era peor. Era comprender que nunca lo había conocido del todo.

Aun así, no aparté la mirada de la pantalla.

Porque si había algo que había aprendido en diez años de mentiras, era que la verdad, por más insoportable que fuera, no desaparece cuando uno deja de mirarla.

—Fui una mercancía —susurró. Su voz era tan baja que me dio más miedo que sus gritos—. Un pago por las deudas de tu padre.

—Julian... —intenté acercarme, pero él retrocedió. Sus ojos se encendieron con una furia que esta vez me incluía a mí.

—¡Toda tu vida de cristal se pagó con la mía! —rugió, golpeando la mesa de caoba—. Los vestidos que usabas, tu seguridad, tu maldita paz... ¡todo se financió con el precio que Marcus puso por mi cabeza! Eres la heredera de una deuda que yo pagué con mi sangre en ese incendio.

Se acercó a mí con una lentitud aterradora. Me acorraló contra las estanterías, atrapando mi rostro entre sus manos gélidas. No era una caricia; era un reclamo. Me obligó a mirarlo, a ver el reflejo de mi propia culpa en sus pupilas dilatadas. Sus dedos se cerraron sobre mi cuello, no para asfixiarme, sino para recordarme que mi respiración le pertenecía a él por derecho de contrato.

—¿Lo ves ahora? —siseó, su aliento quemando mi piel—. El fuego se negó a quemarte porque ya estabas cobrada. Eres la hija del hombre que me destruyó, Victoria. Y yo soy el monstruo que tu padre ayudó a crear.

—Entonces, termínalo —le desafié, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. Si mi existencia es el recordatorio de tu dolor, tómala. Pero no te escondas tras el odio. Mírame a los ojos y hazlo. Mátame sabiendo que soy la única que te ha visto de verdad en este mundo.

Julian apretó los dientes, su pecho subiendo y bajando contra el mío. Vi la lucha en sus ojos: la necesidad de destruirme chocando contra el hambre de poseerme. En un arranque de desesperación violenta, hundió sus labios en los míos. Fue un beso amargo, con sabor a hierro y a una rabia que no podía distinguir del deseo. Me besó como si quisiera arrancarme la verdad de los pulmones, como si quisiera recuperar a través de mi boca los años que mi padre le había robado.

Nos separamos jadeando, con la película del proyector golpeando rítmicamente al final del rollo. Tac, tac, tac.

—No voy a matarte, Victoria —dijo él, su voz cargada de una promesa sombría—. Voy a dejar que veas cómo destruyo hasta el último cimiento de lo que tu padre y Marcus construyeron. Y cuando no quede nada más que cenizas, veremos quién de los dos queda en pie.

El motor de un coche rugió en el exterior, luces potentes iluminaron las ventanas de la biblioteca. El amanecer había llegado, y con él, el dueño del contrato. Marcus Sterling estaba en La Atalaya




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