Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 46

Julian reaccionó antes de que la primera puerta del coche se cerrara afuera. Apagó el proyector de un manotazo y me arrastró hacia la sombra de la estantería lateral, cubriéndome la boca con la mano.

—No te muevas —ordenó en un susurro gélido—. Si Marcus entra aquí y ve que sabes lo del contrato, no te llevará de vuelta a Los Olmos. Te enterrará en este acantilado.

—No me va a enterrar a mí —respondí, apartando su mano—. Él cree que sigo siendo su muñeca ciega. Esa es la única ventaja que nos queda. Julian, escúchame: si él cree que me tienes secuestrada, úsame. Pídele lo que quieras. Hazle creer que vas a entregarme a cambio de tu libertad.

Julian me miró con una mezcla de horror y fascinación.

—¿Quieres que te use como moneda de cambio? ¿Después de lo que acabamos de ver?

—Es la única forma de que se acerque lo suficiente para que puedas matarlo —dije, acomodándome el vestido roto y forzando a mis ojos a desenfocarse de nuevo—. Déjame ser la carnada.

Los pasos resonaron en el vestíbulo. Eran pasos lentos, seguros, el andar de un hombre que se siente dueño de cada centímetro de piedra que pisa. La puerta de la biblioteca se abrió con un gemido de las bisagras.

Marcus Sterling entró solo. Vestía un abrigo largo de cachemira gris y sostenía un bastón de plata, aunque no cojeaba. Se detuvo en el centro de la sala, observando los cadáveres que habíamos dejado en el salón a través de la puerta abierta, y luego dirigió su mirada hacia nosotros.

—Vaya, Julian —dijo Marcus, y su voz era tan suave como el veneno—. Siempre fuiste mi mejor inversión, pero últimamente te has vuelto... indisciplinado. Traer a Victoria hasta aquí, a este lugar tan lleno de malos recuerdos... es casi poético.

Julian salió de las sombras, manteniéndome sujeta del brazo con una brusquedad fingida. Le puso el cañón del revólver en la sien, obligándome a inclinar la cabeza.

—Se acabó el juego, Marcus —dijo Julian, y me sorprendió la estabilidad de su voz—. Sé lo del contrato. Sé que me compraste.

Marcus soltó una risa ligera, casi paternal.

—¿Y eso qué cambia? El contrato sigue vigente, muchacho. Tú eres mío por derecho legal y moral. Tu padre no podía mantenerte, y el viejo Olmos necesitaba liquidar sus deudas de juego. Yo solo le di una salida a ambos.

—¡Tú quemaste la casa! —rugí yo, rompiendo mi silencio con una voz que pretendía ser de una víctima aterrorizada—. ¡Tú mataste a mi padre!

Marcus se giró hacia mí. Sus ojos se entrecerraron. Dio un paso hacia adelante, pero Julian apretó el arma contra mi cabeza.

—Un paso más y le vuelo los sesos, Marcus —amenazó Julian—. Dame el código de la cuenta de Suiza donde guardas los fondos de Los Olmos y te la dejaré viva. Si no, la heredera morirá aquí mismo y tú no tendrás nada más que una mansión llena de fantasmas.

Marcus se detuvo. Apoyó ambas manos en su bastón y nos observó con una curiosidad científica.

—Es una oferta tentadora —dijo Marcus—. Pero hay un pequeño detalle que Julian parece haber olvidado mencionarte, Victoria.

—No lo escuches —siseó Julian.

—Oh, creo que debería hacerlo —continuó Marcus, con una sonrisa que me heló la sangre—. Julian no te sacó de Los Olmos para salvarte, querida. Él sabía que yo iba a casarme contigo para legalizar mi control sobre la fortuna. Él te sacó de allí porque, si tú mueres antes de la boda, el fideicomiso de tu padre establece que la mitad de los bienes pasan automáticamente... a su hijo adoptivo más antiguo. Es decir, a Julian.

Sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones. Miré a Julian, pero él no apartó la vista de Marcus. Su mano, la que sostenía el arma contra mi cabeza, no tembló.

—¿Es verdad? —susurré, y esta vez no tuve que fingir el pavor.

Julian guardó silencio. El tic-tac de un reloj antiguo en algún lugar de la biblioteca parecía contar los últimos segundos de mi confianza. Estábamos en La Atalaya, el lugar donde las verdades salían a la luz, y la luz estaba empezando a mostrar que, en este juego de tres, yo era la única que no tenía un arma cargada.




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