El silencio que siguió a las palabras de Marcus fue más ensordecedor que el disparo que me hirió en el puerto. Miré de reojo a Julian. Su perfil, iluminado por la luz gélida del amanecer, era una máscara de granito. No negó nada. No bajó el arma. La presión del cañón contra mi sien se sentía ahora como una traición física, un recordatorio de que en este laberinto de sombras nadie da un paso sin haber calculado el precio del suelo que pisa.
—¿Es cierto, Julian? —pregunté. Mi voz era un hilo de seda cortante—. ¿Soy solo tu cheque al portador? ¿El incendio no fue suficiente y ahora necesitas mis cenizas para ser libre?
—Victoria, no es el momento —siseó él, pero sus dedos apretaron mi brazo con una urgencia que podía ser desesperación o simple miedo a perder su premio.
Marcus dio un paso al frente, haciendo resonar su bastón de plata contra el suelo de madera.
—Míralo, querida. Julian siempre fue el más listo de mis perros —dijo Marcus, su tono destilando un orgullo perverso—. Él sabía que yo nunca le daría su libertad gratis. Sabía que la única forma de escapar de mi sombra era heredando la tuya. Te sacó de Los Olmos porque muerta en mis manos no le servías de nada, pero "desaparecida" o muerta bajo su custodia... eso lo convierte en el dueño absoluto de todo lo que tu padre construyó.
—¡Cierra la boca, Marcus! —rugió Julian. El cañón del revólver tembló por primera vez—. Tú no sabes nada.
—Sé lo que dicen los papeles que firmaste en secreto hace cinco años —replicó Marcus, sacando un sobre amarillento de su abrigo—. Julian Thorne aceptó un acuerdo de rastreo. No para buscarte por voluntad propia, sino porque yo necesitaba asegurarme de que, si alguna vez desaparecías del tablero, alguien tuviera derecho a reclamar lo que dejarías atrás. Él no te estaba cazando, Victoria… estaba encadenado a una cláusula que lo obligaba a responder si tú dejabas de existir.
—Era un seguro —añadió Marcus con calma—. Un seguro que me garantizaba que nadie más podría tocar tu herencia sin pasar por mí… o por él.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. La farsa de la ceguera, mi sacrificio en el barco, el nombre de "Julian" susurrado entre la fiebre... ¿todo había sido un acto dentro de otro acto? ¿Era yo la única que estaba poniendo la piel mientras ellos ponían el precio?
Me solté del agarre de Julian con una violencia que lo tomó por sorpresa. Me situé en el centro de la sala, el vértice de ese triángulo de odio. Mis ojos estaban bien abiertos, fijos en Marcus, luego en Julian.
Marcus entrecerró apenas los ojos.
Su mirada se detuvo un segundo más de lo necesario en mis pupilas, como si una pieza del tablero acabara de moverse sin su permiso.
No dijo nada.
—Tienen razón —dije, y una risa seca escapó de mi garganta—. Mi padre me vendió, Marcus me compró y Julian me ató a un contrato que ni siquiera necesitaba entender para cumplirlo. He pasado diez años siendo el objeto de sus ambiciones. Pero han cometido un error fatal.
—¿Cuál, pequeña? —preguntó Marcus, inclinando la cabeza.
—Han olvidado quién es la dueña de esta casa —respondí.
Sin previo aviso, extendí la mano hacia la estantería que tenía a mi derecha y tiré de un volumen encuadernado en cuero rojo. No era un libro; era el activador de un mecanismo que mi padre me obligó a memorizar cuando el miedo aún no tenía nombre. Un sonido metálico de cerrojos recorrió las paredes. De los marcos de las puertas descendieron pesadas planchas de acero, sellando la biblioteca.
—Nadie entra y nadie sale de La Atalaya sin mi permiso —dije, caminando hacia la mesa del proyector. Tomé el atizador que aún conservaba en la mano—. Marcus, crees que tienes el contrato, pero los libros contables originales están bajo mis pies. Y Julian... tú quieres mi fortuna.
Miré a Julian. El hombre que me rescató, el monstruo que me amaba por contrato.
—Si quieres el dinero, tendrás que matarme aquí mismo. Porque no voy a firmar nada. No voy a ser tu salvoconducto.
—Victoria, baja el arma —pidió Julian, y esta vez su voz sonaba rota—. Lo de los papeles... fue antes. Antes de volver a verte.
—La verdad no tiene tiempo, Julian. Solo tiene víctimas.
En ese momento, Marcus, viendo que perdía el control, sacó una pistola pequeña de su abrigo. Fue un movimiento rápido, pero Julian fue más veloz. El estruendo del primer disparo de Julian llenó la habitación, haciendo saltar astillas del bastón de Marcus.
—¡Se acabó, Marcus! —gritó Julian, interponiéndose entre la trayectoria y mi cuerpo—. No me importa el dinero. Ella no es un pago.
—Entonces morirás como un error de cálculo —replicó Marcus, apretando el gatillo.
El caos estalló. Julian y Marcus intercambiaron disparos mientras yo me deslizaba hacia el suelo, buscando la trampilla oculta bajo la alfombra. El aire se volvió irrespirable, cargado de pólvora y del olor a papel quemado. Mientras las balas destrozaban los libros y el humo llenaba la estancia, mis dedos encontraron la anilla de bronce. Tiré con todas mis fuerzas. Un pasadizo estrecho y oscuro se abrió ante mí.
Miré hacia atrás una última vez. Julian estaba sobre Marcus, sus manos rodeando el cuello del hombre que lo había comprado, mientras Marcus intentaba clavarle un puñal en el costado. Eran dos demonios peleando en el centro de mi santuario.
Podía quedarme y decidir quién vivía. O podía cerrar la trampilla y dejar que La Atalaya fuera la tumba de ambos, llevándome conmigo el secreto que los hacía matarse.
Marcus no intentó detenerme.
Pero cuando mis dedos encontraron la anilla, una sonrisa lenta comenzó a formarse en su boca.
—Interesante… —murmuró.
No era sorpresa. Era reconocimiento.
—Lo que el fuego se negó a quemar —susurré, mientras mis ojos se encontraban con los de Julian por un segundo infinito entre el humo—, el hielo lo terminará.
Cerré la trampilla desde dentro, sumergiéndome en la oscuridad total del pasadizo mientras el sonido de un último disparo resonaba arriba, sordo y definitivo.