Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 48

La puerta de madera reforzada cedió con un gemido que se perdió en el rugido del Atlántico Norte. Salí del túnel a trompicones, con el hombro izquierdo convertido en una masa de dolor palpitante que dictaba el ritmo de mi respiración. El aire exterior no era aire; era una bofetada de cristales de hielo que me llenó los pulmones de golpe, recordándome que seguía viva, aunque me sintiera como un espectro huyendo de su propio incendio.

Me detuve en el umbral, apoyando la mano sana en la piedra mojada por el salitre. Frente a mí, el mundo era una escala de grises violentos. La cala era pequeña, una herida en el acantilado donde el mar golpeaba con la furia de algo que ha sido ignorado durante siglos. Allí estaba el bote, una astilla de madera oscura amarrada a un poste que crujía bajo la tensión de las olas.

Miré hacia atrás, hacia la boca del túnel que acababa de escupirme. Arriba, en la cima de la piedra, La Atalaya empezaba a vomitar humo negro. El resplandor naranja de las llamas se filtraba por las grietas de la estructura, tiñendo la nieve de un color cobrizo enfermizo. El estruendo de los disparos había cesado, reemplazado por el rugido del incendio.

—Vete —me dije a mí misma, y mi voz sonó como el crujido de una rama seca—. Vete ahora. Tienes el camino libre.

Caminé hacia el bote, con los pies hundiéndose en la arena volcánica que parecía ceniza fría. Cada paso era una victoria sobre la inercia del miedo. Me subí a la embarcación y el balanceo casi me lanza al agua. Mis manos, entumecidas por el frío y la adrenalina, lucharon con el nudo de la soga. La cuerda estaba congelada, áspera, y me desgarró la piel de los dedos, pero no sentí nada. El dolor físico era un ruido de fondo comparado con el silencio que venía de la mansión.

Estaba a punto de soltar el último lastre cuando lo vi.

Una figura emergió de la oscuridad del túnel. Al principio fue solo una mancha más oscura que la piedra, un bulto que avanzaba con una torpeza que me hizo detener el remo. Era Julian. O lo que quedaba de él.

Caminaba encorvado, presionando su costado izquierdo con ambas manos. Su camisa blanca era ahora una bandera de guerra empapada en sangre. Se detuvo a diez metros del agua, tambaleándose bajo el peso de una herida que claramente le estaba robando la vida por segundos. Su rostro, iluminado por el fulgor del incendio que coronaba el acantilado, era una máscara de agonía y una lucidez desesperada.

—¿Victoria? —Su voz fue un susurro roto que el viento intentó arrebatarme.

No respondí. Me quedé inmóvil, sentada en el bote, con el remo en la mano y el corazón golpeando las paredes de mi pecho como un animal enjaulado. Marcus Sterling estaba muerto, o muriendo allá arriba, y el hombre que me había amado por contrato estaba aquí, desangrándose ante mis ojos.

Él se dejó caer sobre sus rodillas. No fue una caída accidental; fue una rendición. Sus manos se hundieron en la arena negra, sosteniendo su peso mientras su cabeza caía hacia adelante.

—El contrato... —jadeó, y vi cómo una bocanada de sangre manchaba la nieve a sus pies—. Se ha quemado con él. Eres libre, Victoria. El Leticia... el capitán tiene órdenes... vete.

Me quedé allí, observando la escena con la frialdad que me habían dado diez años de oscuridad fingida. Tenía la oportunidad perfecta. Podía remar, desaparecer en la niebla y empezar de nuevo con la fortuna que Marcus ya no podría reclamar. Podía dejar que el mar subiera con la marea y lavara los pecados de Julian Thorne junto con sus restos.

Pero mis ojos, esos traidores que se negaron a ser cegados por el fuego, se clavaron en la marca de su cuello. La cicatriz que yo había acariciado en el barco, la prueba de que él también fue una víctima de la ambición de nuestros padres.

Si lo dejaba allí, yo no sería libre. Sería simplemente la última pieza del tablero de Marcus, la que sobrevivió convirtiéndose en algo tan frío como el hombre que la compró.

—Maldita sea, Julian —susurré.

Solté el remo y salté del bote al agua helada. El impacto me cortó la respiración, un choque térmico que me hizo gritar en silencio. El agua me llegaba a los muslos, empapando el vestido y pesando como el plomo. Caminé hacia él, luchando contra la corriente que intentaba arrastrarme hacia el abismo.

Llegué a su lado y lo agarré por los hombros. Estaba ardiendo de fiebre y, al mismo tiempo, sus manos estaban gélidas.

—Arriba —le ordené, pegando mi boca a su oreja—. No te vas a morir aquí. No me vas a dejar con este peso sola. ¡Arriba!

Él levantó la vista, y en sus pupilas dilatadas vi algo que no era cálculo ni dinero. Era un miedo primario a la soledad. Me pasó su brazo sano sobre el cuello, y por un momento el mundo se redujo a su peso sobre el mío, a nuestras respiraciones mezclándose en una nube de vapor en medio de la tormenta.

Lo arrastré centímetro a centímetro. Cada paso era un calvario de piedras resbaladizas y dolor punzante. El hombro me gritaba, pero mi voluntad se había convertido en un muro de piedra. Logré subirlo al bote con un esfuerzo que me dejó al borde del desmayo. Él cayó en el fondo, entre los restos de agua y sal, mientras yo me sentaba en el banco de mando y tomaba los remos.

—Mírame, Julian —dije, empezando a remar con una fuerza que no sabía que poseía—. No cierres los ojos. No te atrevas a dejarme sola con tu verdad ahora que la sé.

Remé hacia el horizonte, donde las luces del Leticia parpadeaban como estrellas moribundas. Detrás de nosotros, La Atalaya colapsó en un estruendo de piedra y fuego, hundiéndose en el pasado. Delante, solo había un mar negro y la promesa de una noche interminable en la que tendría que decidir si salvarlo era mi redención o mi condena definitiva.




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