El motor del Leticia vibraba bajo mis pies, un latido de metal que parecía querer recordarme que el tiempo seguía corriendo, aunque para nosotros se hubiera detenido en el momento en que la biblioteca colapsó. La enfermería era un agujero de hierro donde el aire olía a gasoil y a la sangre vieja que se secaba en mi vestido.
Julian seguía atrapado en esa frontera violenta entre la consciencia y la oscuridad. Sus puntos de sutura se tensaban con cada respiración errática. Recordé su carcajada seca de hacía un momento, ese sonido quebrado que terminó en un quejido de agonía pura antes de que el cansancio lo venciera. El silencio que nos rodeaba ahora era absoluto, solo roto por el rugido constante del buque. Marcus Sterling se había quedado atrás, sepultado bajo las piedras y las llamas de La Atalaya. El hombre que había gobernado mi vida con puño de hierro ya no era más que un recuerdo oscuro en la costa del norte.
Me acerqué a la pequeña escotilla de la enfermería. Fuera, el mar ya no era negro; empezaba a teñirse de un azul profundo y hostil. El viento silbaba a través de las juntas de goma resecas de la ventana, un sonido agudo que me recordaba la fragilidad de nuestra situación. Éramos libres, pero esa libertad pesaba más que las cadenas.
—¿Victoria? —La voz de Julian me sacó de mis pensamientos. No era un susurro de fiebre esta vez. Era su voz real, la que tenía el peso de la piedra.
Me giré con rapidez. Él intentaba incorporarse, apoyando el codo sano en la camilla de metal. El esfuerzo hizo que su rostro se contrajera en una mueca de dolor absoluto. Sus ojos, inyectados en sangre, recorrieron el cubículo antes de posarse en mí.
—No te muevas —le ordené, cruzando la habitación en dos pasos para poner mi mano sobre su hombro—. Vas a romper los puntos, Julian. Quédate quieto.
Él miró mi mano, luego subió la vista hacia mi rostro. Su mirada era una mezcla de asombro y una melancolía que me dolió más que cualquier herida física.
—Me sacaste de allí —dijo, como si todavía le costara procesar que estábamos fuera de ese infierno.
—Te saqué de allí porque no iba a dejar que te convirtieras en parte de esa tumba —respondí, sentándome en el taburete oxidado junto a él—. Se acabó, Julian. Marcus quedó atrás. La Atalaya es solo ceniza.
Él soltó un suspiro largo, un silbido de aire que le quemó los pulmones. Se recostó de nuevo, mirando al techo con una expresión vacía, asimilando finalmente que el hombre que lo había comprado ya no existía para reclamar su contrato.
—Se acabó —repitió, y su voz sonó extrañamente hueca—. Por primera vez en diez años... no tengo a nadie dándome órdenes al oído.
Me quedé en silencio, escuchando el golpeteo rítmico de las olas contra el casco. Saqué de mi bolsillo el pequeño dispositivo que le había arrebatado a Marcus en el último segundo. El metal estaba frío, ajeno a todo el drama humano que lo rodeaba. Era la prueba física de que yo le había quitado lo que más amaba antes de dejarlo morir: su poder.
—Ahora las órdenes las damos nosotros —dije, cerrando el puño sobre el metal—. El capitán nos dejará en Puerto Esmeralda al amanecer. Es un lugar donde nadie nos conoce, Julian. Un lugar para desaparecer antes de decidir qué hacer con lo que nos queda.
Julian volvió a cerrar los ojos, su respiración empezando a estabilizarse bajo el efecto del cansancio y la pérdida de sangre.
—Puerto Esmeralda... —susurró—. Un buen lugar para nacer de nuevo.
Me quedé a su lado, vigilando su sueño, mientras el Leticia nos alejaba de los restos de nuestra vida anterior. El juego de Marcus Sterling había terminado con él en las llamas. Ahora empezaba el nuestro.