El amanecer en Puerto Esmeralda no trajo luz, sino una penumbra verdosa filtrada por una neblina espesa que olía a pescado podrido y combustible. El Leticia maniobró con pesadez entre barcos pesqueros y cargueros oxidados que parecían esqueletos flotantes. Este lugar no figuraba en las guías turísticas; era un punto ciego en el mapa, un refugio para los que no tenían papeles o tenían demasiados.
Ayudé a Julian a ponerse de pie. Estaba débil, apoyado casi por completo en mi hombro, pero la urgencia de abandonar el barco le daba una fuerza artificial. El capitán nos esperaba en la escala, con su cara de pocos amigos y la mano extendida.
—Aquí termina mi parte —dijo, contando el fajo de billetes que le entregué con la precisión de un usurero—. Un consejo de regalo: no se queden en los hoteles de la avenida. Busquen "La pensión de Madame Rose", en el callejón de los espejos. Si dicen que vienen de mi parte, no harán preguntas sobre las heridas de su amigo.
Bajamos la escala hacia un muelle de madera que crujía bajo nuestros pies. El frío de aquí era diferente al del norte; era húmedo, pegajoso, un frío que se metía por los poros y se quedaba allí.
Caminamos por las calles estrechas de Puerto Esmeralda, evitando las miradas de los estibadores y los marineros borrachos. Yo mantenía la cabeza baja, pero mis ojos recorrían cada rincón, cada rostro, cada posible amenaza. Ya no tenía que fingir que no veía; ahora mi mirada era mi defensa.
—Victoria... —susurró Julian, su aliento caliente contra mi cuello—. Tenemos que buscar un médico de verdad. Los puntos... se están abriendo.
Sentí la humedad en su costado. No era sudor. Era sangre fresca. El esfuerzo del desembarco estaba cobrándose su precio. El vendaje improvisado que le puse en el barco no era suficiente para la profundidad del daño que Marcus le había infligido.
—Resiste, Julian. Solo un poco más —le supliqué, divisando al final del callejón un cartel de neón parpadeante que apenas lograba deletrear el nombre de la pensión.
Entramos en el edificio. El aire dentro olía a incienso barato y humedad. Una mujer de piel curtida y ojos pequeños nos observó desde detrás de un mostrador de madera carcomida por la polilla.
—Queremos una habitación. La más alejada de la calle —dije, dejando una moneda de oro sobre el mostrador.
La mujer miró la moneda, luego miró a Julian y finalmente se detuvo en mis ojos. No había rastro de la niña indefensa que Marcus Sterling exhibía en las cenas de gala. Lo que vio fue a una mujer que acababa de quemar su pasado y no tenía nada que perder.
—Segunda planta. Al final del pasillo —dijo, entregándome una llave de hierro—. Llamaré al doctor. Viene por la puerta de atrás y no pide documentos, pero cuesta el doble.
—Páguele lo que pida —respondí, subiendo las escaleras mientras sentía que el peso de Julian aumentaba con cada peldaño.
Cuando finalmente cerramos la puerta de la habitación, Julian se desplomó sobre la cama de hierro. Me acerqué a la ventana y corrí las cortinas viejas. Puerto Esmeralda bullía afuera, un caos de vidas rotas. Me toqué el hombro, sintiendo el dolor sordo de mi propia herida, y luego miré a Julian. Estábamos en un país extraño, con identidades que ya no existían, pero por primera vez, el aire que respiraba no le pertenecía a nadie más que a mí.