Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 51

La habitación de la pensión de Madame Rose era una celda de paredes viejas que sudaban humedad. El único lujo era una palangana de porcelana agrietada y el silencio sepulcral que solo se interrumpía por el siseo de la lluvia ácida contra el cristal. Julian estaba tendido en la cama; su respiración era un rastro irregular que llenaba el espacio viciado.

Me senté a su lado, observando cómo la mancha roja en su costado crecía, empapando las sábanas raídas. En mi regazo, el dispositivo que le robé a Marcus parecía latir con una luz propia, aunque estuviera apagado. Ese trozo de metal era nuestra salvación y, al mismo tiempo, el blanco que llevábamos pintado en la espalda.

Tres golpes secos en la puerta me hicieron saltar. No eran los golpes de una mujer como Rose. Eran pesados, autoritarios.

—Es el doctor —susurró una voz desde el otro lado.

Abrí la puerta solo lo suficiente para dejar pasar a un hombre menudo, con un maletín de cuero desgastado y un olor a tabaco y alcohol antiséptico que lo precedía. No saludó. Sus ojos, rápidos como los de un roedor, recorrieron la habitación, se detuvieron en mi hombro manchado de sangre y finalmente se clavaron en Julian.

—Balazo —sentenció, dejando el maletín sobre la mesa coja—. Mal curado. Los marineros no saben distinguir entre coser una vela y coser un riñón.

—Haga su trabajo —dije, bloqueando su visión del dispositivo que acababa de ocultar bajo la almohada—. Y recuerde que el pago incluye su amnesia.

El médico soltó una risa seca mientras sacaba un frasco de éter. —En Puerto Esmeralda, la memoria es un lujo que nadie puede permitirse, jovencita.

Durante la siguiente hora, la habitación se convirtió en una carnicería silenciosa. Me obligué a mirar. Vi cómo abría la sutura que yo misma había hecho en el barco, vi la carne viva de Julian estremecerse ante el contacto del metal, y vi cómo él, incluso en su semiinconsciencia, buscaba mi mano en la oscuridad. Sus dedos se cerraron sobre los míos con una fuerza desesperada mientras el médico limpiaba la infección que empezaba a pudrirle el costado.

—Tiene suerte —dijo el doctor finalmente, vendando el torso de Julian con una destreza mecánica—. La bala no tocó la columna, pero ha perdido mucha sangre. Si sobrevive a la fiebre de esta noche, vivirá. Si no... Rose tiene un contacto en el cementerio de barcos que no hace preguntas.

Le entregué la moneda de oro. El hombre la mordió, asintió con una mueca de satisfacción y salió de la habitación sin mirar atrás, dejándonos de nuevo a solas con el sonido del mar.

Me quedé de pie junto a la cama. El rostro de Julian estaba sereno por primera vez en días, pero su vulnerabilidad me resultaba aterradora. El hombre que había sido mi sombra, mi captor y mi protector, ahora dependía enteramente de mi voluntad.

Me toqué el hombro. El dolor seguía ahí, un recordatorio punzante de que yo también estaba herida. Me acerqué al espejo manchado de la cómoda y me miré. Mis ojos ya no tenían la vaciedad de la ceguera; estaban encendidos por una chispa de ambición que me asustó.

Marcus Sterling había quedado atrás, bajo las piedras y las llamas de La Atalaya, pero me había dejado un último regalo: su instinto de supervivencia.

—No voy a dejar que nos encuentren —susurré hacia el reflejo—. No voy a ser la muñeca de nadie más.

Caminé hacia la ventana y aparté un poco la cortina. En el callejón de abajo, un hombre con un impermeable oscuro permanecía inmóvil, mirando hacia nuestra ventana. Mi corazón dio un vuelco. No era Marcus, era demasiado joven, demasiado ágil. Podía ser un informante, un cazador de recompensas o simplemente un curioso, pero en Puerto Esmeralda, la curiosidad se pagaba con sangre.

Cerré la cortina y volví a la cama. Saqué el revólver que Julian me había dado y lo puse debajo de mi almohada, junto al secreto de Marcus. Esta noche no habría sueño. Solo habría vigilancia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.