Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 52

(Narrado por Julian)

El frío de la habitación de Rose se me mete en los huesos como el aire de la celda de la que salí hace apenas un año. Cada vez que el dolor del costado me nubla la vista, vuelvo a ver el estrado del tribunal. Veo a Victoria, tan joven y tan pálida, con sus ojos fijos en un punto inexistente, señalándome con una mano temblorosa mientras pronunciaba la mentira que Marcus le había grabado a fuego en la lengua.

—Fue él —había dicho ella—. Julian Thorne prendió fuego a la casa.

Diez años. Diez años de paredes de cemento y techos de rejas que me recordaban cada noche que la niña a la que yo había intentado salvar me había entregado al verdugo. Marcus no me dejó morir en el incendio; me hizo algo peor. Me usó como el chivo expiatorio perfecto para cobrar sus seguros y limpiar su nombre, y usó a Victoria como el arma que me ejecutó socialmente.

Cuando salí de prisión, Julian Thorne estaba muerto para el mundo. Solo quedaba un hombre con el alma llena de cicatrices y un hambre de respuestas que me quemaba más que cualquier hoguera.

—Julian... —la voz de Victoria me llega ahora desde el borde de la cama, real y tangible.

Siento su mano en mi frente y quiero apartarla. Mis dedos se cierran con fuerza sobre la sábana. La última vez que estuvimos así de cerca antes de que yo regresara como "Elías", ella me estaba condenando a una década de sombras.

Marcus quería un perro de caza para vigilarla. Un sicario que no tuviera escrúpulos. Contactó a un tal Elías, un mercenario de bajo fondo. Fue casi poético: intercepté a Elías en un callejón de mala muerte semanas antes de que empezara su contrato. Lo maté, no por dinero, sino por el derecho a reclamar mi lugar en el infierno de Marcus. Me puse su nombre, oculté mis rasgos tras la barba y el aura de un asesino profesional, y me presenté ante el hombre que me había robado la juventud.

Marcus era tan soberbio que ni siquiera me reconoció. Para él, yo era solo otra herramienta comprada. Nunca sospechó que el "Elías" que cuidaba a su sobrina era el mismo Julian que él había enviado a la cárcel.

—No sabía... —logro articular, mi voz sonando como grava triturada.

Victoria se inclina sobre mí. Su rostro está a centímetros del mío.

—¿Qué no sabías, Julian?

—Marcus... —mi respiración es un silbido de agonía—. Creyó que era más listo que yo. Creyó que, contratando a un extraño, te mantendría vigilada. No sabía que el extraño... era el hombre que tú misma habías destruido.

El esfuerzo de hablar me hace sentir que los puntos van a ceder. La miro a los ojos —esos ojos que ahora ven, esos ojos que en el juicio estaban "ciegos" de miedo— y me pregunto cuánto de lo que pasó en el tribunal fue culpa de Marcus y cuánto fue su propia elección para sobrevivir.

—Él te obligó —balbuceo, más para convencerme a mí mismo que a ella—. Te obligó a declarar... lo sé.

—Julian, no hables —me pide, y hay una nota de desesperación en su voz que nunca escuché en la sala de audiencias.

Me hundo de nuevo en el delirio. Recuerdo los años en la cárcel, planeando cómo volvería para matarlos a ambos. Pero cuando llegué a Los Olmos bajo el nombre de Elías y la vi allí, tan frágil y tan sola en su mentira, mi odio se transformó en algo mucho más retorcido. Ya no quería matarla. Quería que fuera mía. Quería que me mirara y supiera que el hombre al que enterró estaba de vuelta para reclamar el pago por cada día que pasó tras las rejas.

Cierro los ojos mientras siento que la fiebre me arrastra. Marcus ha muerto y se ha llevado sus secretos a la tumba, pero Victoria y yo seguimos aquí, atados por una declaración falsa y diez años de silencio. Ella me debe la vida, y yo... yo le debo el infierno que me hizo pasar.

Elías ha muerto. Pero Julian Thorne ha regresado de entre los muertos, y esta vez, no hay juez que pueda salvarla de lo que siento por ella.




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