Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 53

La lluvia de Puerto Esmeralda no limpiaba las calles; solo las convertía en un fango aceitoso que se pegaba a las suelas de mis botas. Dejé a Julian en la penumbra de la habitación, con el revólver al alcance de su mano sana y la fiebre dictando sus sueños. Salir de la pensión de Rose fue como desnudarse frente a un pelotón de fusilamiento: cada par de ojos que se cruzaba conmigo en el callejón se sentía como una amenaza latente.

Caminé con la cabeza baja, ocultando mi rostro bajo la capucha de un impermeable gastado que le robé a un marinero en el Leticia. Necesitaba antibióticos reales y vendajes limpios. El médico clandestino había hecho su parte, pero la infección que Julian arrastraba desde el barco no cedería solo con voluntad.

Mientras avanzaba hacia la zona del mercado negro, el eco de sus delirios seguía martilleando en mi cabeza.

—Fue él. Julian Thorne prendió fuego a la casa.

Mis propias palabras, pronunciadas hace diez años ante un juez de mármol, se sentían ahora como piedras en mis bolsillos. Marcus me había sujetado del hombro aquel día, sus dedos hundiéndose en mi piel mientras me susurraba que era la única forma de protegerme, que Julian se había vuelto loco, que él era el peligro. Y yo, una niña aterrada por el resplandor de las llamas que aún veía al cerrar los ojos, acepté la mentira para no quedarme sola en la oscuridad.

Lo envié al infierno por una década. Y él había regresado de ese infierno con el nombre de otro hombre solo para volver a estar cerca de mí.

Me detuve frente a una botica que olía a alcanfor y a humedad rancia. El boticario, un hombre con dedos amarillentos por el tabaco, ni siquiera me miró cuando puse un billete arrugado sobre el mostrador.

—Amoxicilina y gasas estériles. Y algo para la fiebre que no sea veneno —dije, tratando de que mi voz no temblara.

Mientras el hombre buscaba en los estantes traseros, el tintineo de una campana anunció que alguien más había entrado. Me tensé. Por el reflejo de un frasco de vidrio sucio, vi la silueta. Era él. El hombre del impermeable oscuro que nos había vigilado desde el callejón.

No era un hombre mayor. Tenía una mandíbula afilada y una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha, dándole un aire de violencia contenida. No miraba las medicinas; me miraba a mí.

—Es una ciudad pequeña para alguien con ojos tan grandes, señorita —dijo su voz, un barítono raspado que no pertenecía a este puerto.

—No sé de qué habla —respondí, agarrando las medicinas que el boticario soltó sobre el mostrador.

Intenté pasar por su lado, pero él extendió un brazo, bloqueándome el paso. Su mano estaba enguantada, de un cuero negro impecable que desentonaba con la suciedad de Puerto Esmeralda.

—Julian Thorne nunca supo elegir bien a sus amigos, pero parece que sus enemigos son aún más descuidados —susurró, inclinándose hacia mí—. Me llamo Kovac. Pasé seis años en la misma galería que Thorne. Él hablaba de una niña ciega que le debía la vida. Me sorprende ver que la niña no solo recuperó la vista, sino que también sabe cómo robarle a un muerto.

El aire se escapó de mis pulmones. Este hombre no era un enviado de Marcus. Era un residuo del pasado carcelario de Julian.

—Él no está aquí —mentí, sintiendo el frío del metal del dispositivo de Marcus contra mi pecho, oculto bajo la ropa.

—No me mienta. El rastro de sangre que dejaron desde el muelle llega hasta la puerta de Madame Rose —Kovac sonrió, pero sus ojos permanecieron gélidos—. No vengo a cobrar la cabeza de Julian. Todavía no. Vengo a advertirle que Marcus Sterling tenía socios que no ardieron con su casa. Gente que busca ese pequeño juguete que usted guarda con tanto celo.

Me soltó el brazo con una brusquedad que me hizo trastabillar.

—Dígale a Thorne que el pasado siempre encuentra una forma de cobrar sus intereses —añadió, antes de salir de la botica y perderse en la niebla como si nunca hubiera existido.

Salí de la tienda con las piernas temblando. Puerto Esmeralda ya no era un refugio; era una jaula más grande. Regresé a la pensión casi corriendo, subiendo las escaleras de dos en dos hasta llegar a nuestra habitación.

Al entrar, encontré a Julian despierto. Estaba sentado en el borde de la cama, pálido como un cadáver, sujetando el revólver con manos trémulas. Sus ojos se clavaron en los míos, buscando la amenaza.

—Alguien nos busca, Julian —dije, dejando las medicinas sobre la mesa—. Alguien llamado Kovac. Dice que te conoce de la cárcel.

El nombre pareció golpearlo con más fuerza que la bala de Marcus. Julian bajó el arma y cerró los ojos, soltando una risotada amarga que terminó en un acceso de tos.

—Kovac... —susurró, limpiándose un rastro de sangre de la comisura de los labios—. El carnicero de la Galería 4. Si él está aquí, Victoria, significa que la cacería no ha hecho más que empezar. Y esta vez, no hay muros que nos protejan.

Me acerqué a él y le tomé el rostro entre las manos. Estaba helado. La "calma" del desembarco se había terminado. Estábamos en una orilla extraña, rodeados de fantasmas que reclamaban su parte, y la única moneda que nos quedaba para pagar era nuestra propia supervivencia.

—Que vengan —dije, sintiendo una oscuridad nueva nacer en mi pecho—. Ya aprendí a mentir, a robar y a ver en la oscuridad. Si quieren lo que tengo, tendrán que pasar por encima de mis restos.

Julian me miró, y por primera vez, no vi al protector ni al sicario. Vi a un hombre que se daba cuenta de que la niña que lo envió a prisión se había convertido en algo mucho más peligroso que él.




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