Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 54

La mención de Kovac había transformado la habitación. El aire, que antes olía a enfermedad y cansancio, ahora estaba impregnado de una paranoia eléctrica. Julian permanecía sentado en el borde de la litera, con los hombros hundidos y la mirada perdida en las sombras del rincón. El revólver descansaba sobre su muslo, una pieza de hierro que parecía demasiado pesada para sus manos febriles.

—Kovac no es un hombre, Victoria —dijo Julian, su voz apenas un roce de papel de lija—. Es un síntoma. Es el recordatorio de que cada minuto que pasé en esa celda, hubo alguien observando, esperando a que el nombre de los Sterling o los Thorne soltara una chispa de oro.

Me acerqué a él con los antibióticos y un vaso de agua turbia. Él los tomó mecánicamente, pero sus ojos no se apartaron de la puerta de madera.

—Dijo que pasaron seis años juntos —murmuré, arrodillándome frente a él para revisar el vendaje. La sangre había dejado de fluir, pero la piel alrededor de la herida estaba tensa y caliente—. ¿Qué le dijiste sobre mí, Julian? ¿Qué sabe realmente?

Él soltó una risa seca, un sonido carente de humor que le hizo contraer el torso.

—En la Galería 4, el silencio es la única moneda que no se devalúa. Pero yo hablaba en sueños, Victoria. Deliraba con el fuego, con el olor de tu pelo el día del juicio, con la forma en que tu dedo índice temblaba cuando señalaste mi pecho frente al juez. Kovac escuchaba. Él siempre escuchaba. Se convirtió en mi sombra porque sabía que Julian Thorne no era un simple pirómano de poca monta. Sabía que yo era el hilo que llevaba al ovillo de Marcus Sterling.

Aparté la tela del vendaje. La herida estaba roja, enfurecida, pero los puntos que el médico clandestino había puesto mantenían la carne unida. Al tocarlo, Julian siseó entre dientes, pero no se apartó. Su piel quemaba bajo mis dedos, una hoguera interna que se negaba a extinguirse.

—Él cree que tengo algo que pertenecía a Marcus —dije, bajando la voz—. Y tiene razón. El dispositivo de la biblioteca... es un registro de pagos, Julian. Nombres de jueces, de políticos, de socios en el extranjero. Si Kovac tiene razón y Marcus tenía aliados, este pequeño objeto es su sentencia de muerte o su salvación.

Julian me tomó de la barbilla, obligándome a mirarlo. Sus ojos inyectados en sangre buscaban algo en los míos, quizá un rastro de la niña que alguna vez fue dueña de su lealtad absoluta.

—Si Kovac sabe que lo tienes, Puerto Esmeralda ya no es un escondite. Es un matadero. Kovac no trabaja para nadie más que para Kovac. Si te ofreció protección, es porque quiere que le abras la puerta de esa caja fuerte digital antes de cortarte el cuello.

—No me va a cortar el cuello —respondí, sintiendo una dureza nueva en mi mandíbula—. Ya no soy la niña ciega que podías asustar con cuentos de lobos, Julian. He visto morir a mi padre, he visto arder mi casa y he visto a Marcus Sterling desaparecer entre las llamas. Kovac es solo un hombre. Un hombre que quiere lo que yo tengo.

Me puse de pie y caminé hacia la mesa, donde los suministros del boticario yacían desparramados. El peso del secreto de Marcus contra mi pecho se sentía como un escudo y una diana al mismo tiempo.

—Tenemos que movernos —continuó Julian, ignorando el dolor mientras intentaba ponerse de pie. Se tambaleó, y tuve que correr para evitar que cayera—. El Leticia ya se habrá ido. Necesitamos otra salida.

—No puedes ni caminar diez metros sin desmayarte —le reproché, empujándolo suavemente hacia atrás—. Esta noche nos quedamos aquí. Madame Rose ha sido pagada. Kovac no entrará a plena luz del día en un lugar que Rose protege; ella tiene sus propios perros de presa.

Julian se dejó caer sobre la almohada, derrotado por su propia anatomía. La debilidad lo enfurecía, lo convertía en una fiera enjaulada que solo podía morderse su propia cola.

—Victoria... —susurró cuando apagué la lámpara de aceite, dejando la habitación sumida en la luz azulada de la luna que se filtraba por la ventana—. ¿Por qué lo hiciste? En el juicio... ¿Marcus te puso el arma en la cabeza o simplemente querías que yo desapareciera?

El silencio que siguió a su pregunta fue tan denso que podía cortarse. Me quedé de pie junto a la ventana, mirando el callejón vacío donde Kovac había estado momentos antes.

—Marcus no necesitó un arma, Julian —respondí, sin girarme—. Me dijo que si tú ibas a la cárcel, él se encargaría de que tuvieras una celda privada, comida y seguridad. Me dijo que si te declaraban inocente, él te mataría en la puerta del tribunal y yo sería la siguiente. Elegí tu vida sobre tu libertad. Y elegí mi supervivencia sobre nuestra verdad.

Escuché el sonido de su respiración entrecortada. No hubo recriminaciones, ni gritos. Solo el rítmico traqueteo de un ventilador de techo oxidado en el pasillo.

—Elegiste una jaula para ambos —dijo él finalmente, su voz perdiéndose en el sueño inducido por la fiebre.

Me senté en el suelo, apoyada contra la puerta, con el revólver en el regazo. El pasado carcelario de Julian, la sombra de Kovac y el cadáver invisible de Marcus formaban un círculo que se estrechaba a nuestro alrededor. No sabía si llegaríamos al final de la semana, pero sabía una cosa: esta vez, si tenía que elegir entre la vida de Julian y su libertad, quemaría el mundo entero antes de volver a sentarlo frente a un juez.

A lo lejos, el mar golpeaba el muelle de Puerto Esmeralda, un recordatorio de que siempre hay una marea nueva esperando para llevarse los restos de los que no supieron nadar a tiempo




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