(Narrado por Kovac)
La primera vez que vi a Julian Thorne, no parecía un hombre. Parecía un animal apaleado al que le habían arrancado la lengua, pero le habían dejado los dientes. Lo arrojaron a la Galería 4 como se arroja un trozo de carne a una fosa de perros; los guardias se rieron, el cerrojo de acero tronó y el silencio que siguió fue el tipo de silencio que precede a una ejecución.
Yo era el dueño de esa galería. El carnicero, me llamaban. Había aprendido que en prisión no sobrevives por lo que haces, sino por lo que escuchas. Y Thorne era una mina de oro muda.
Se sentó en el rincón de su celda, la misma que compartía conmigo por un error —o un favor— de la administración. No pidió nada. No miró a nadie. Sus ojos tenían ese brillo opaco de quien ya ha visto el infierno y ha decidido que el calor no es para tanto. Tenía las manos quemadas, una maraña de cicatrices que le subían por los brazos como enredaderas de carbón.
—¿Por qué estás aquí, chico? —le pregunté la tercera noche, mientras el humo de mi cigarrillo barato bailaba bajo la luz mortecina del pasillo.
Él no respondió. Estaba tumbado en la litera superior, mirando el techo como si fuera el mapa de un tesoro que ya no existía.
—Dicen que quemaste una mansión con gente dentro —insistí, solo para ver si respiraba—. Dicen que una niña rica, sobrina de Sterling, te señaló con el dedo y te mandó directo a este agujero sin parpadear. Tiene que doler. Que la persona por la que cruzas el fuego sea la que te pone la soga al cuello.
Thorne se giró lentamente. Por primera vez, sentí el peso de su mirada. No había odio, solo una fatiga infinita.
—Ella no me puso la soga —dijo, y su voz sonó como si estuviera llena de ceniza—. Ella solo firmó el contrato que Marcus escribió.
Ese fue el momento. El nombre de Marcus Sterling cayó en la celda como una moneda de platino. Yo conocía a Sterling, o al menos conocía su rastro en los bajos fondos. Sabía que sus manos llegaban a lugares donde la luz del sol nunca se atrevía a entrar. Y este chico, este Julian Thorne que todos daban por muerto o por loco, era el único que sabía dónde Marcus guardaba la llave de su reino.
Durante los seis años siguientes, me convertí en su sombra. Aprendí a leer sus silencios. Escuchaba sus delirios cuando la fiebre de la celda lo atacaba; hablaba de "ojos que no ven", de una "atalaya" en el norte y de un dispositivo que guardaba el alma de un imperio. Julian creía que yo lo protegía en el patio porque éramos camaradas. Pobre idiota. Lo protegía porque era mi salida.
Cuando salió de prisión, desapareció. Pero yo sabía que un hombre como él no huye para esconderse; huye para regresar al lugar del crimen. Lo seguí hasta el norte, vi cómo se convertía en "Elías" con una facilidad aterradora, y lo vi entrar en esa mansión que ahora es un montón de piedras humeantes.
Ahora estoy aquí, en Puerto Esmeralda, respirando este aire podrido que huele a oportunidad. He visto a la chica. Victoria. Ya no tiene los ojos muertos de las fotos que Julian guardaba en su mente. Tiene los ojos de alguien que ha aprendido a matar sin mancharse las manos.
He caminado por el callejón de Madame Rose y he sentido el olor a sangre y antiséptico que emana de su ventana. Julian está herido. Marcus es ceniza. Y ella tiene el dispositivo. El pequeño chip que contiene los nombres que pueden hundir o salvar a medio continente.
—El pasado no se quema, Julian —susurré para mí mismo mientras me apoyaba en la pared húmeda de la pensión, viendo cómo la luz de su habitación se apagaba—. Solo se transforma en una deuda que yo voy a cobrar.
Saqué mi navaja y recorrí el filo con el pulgar. No quiero la cabeza de Julian, todavía no. Lo quiero vivo para que me abra las puertas que solo él conoce. Pero la chica... la chica es el problema. No es la víctima que Julian me describió en la Galería 4. Es una Sterling, y los Sterling siempre tienen un as bajo la manga, incluso cuando están bañados en sangre.
Mañana subiré esas escaleras. No como un amigo, ni como un enemigo, sino como el hombre que viene a recoger los intereses de diez años de espera. Si Julian es el arma y ella es el cerebro, yo seré la mano que apriete el gatillo.
Puerto Esmeralda cree que ha visto violencia. No tienen idea de lo que sucede cuando tres fantasmas se encuentran en la misma habitación para decidir quién tiene derecho a seguir vivo.