Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 56

La luz del amanecer en Puerto Esmeralda entró por la ventana como un cuchillo desafilado, gris y cargado de partículas de polvo. Me desperté antes de que el primer sonido llegara a la puerta. No fue un golpe, sino el sutil crujido de la madera bajo un peso que intentaba ser invisible.

No dije una palabra. En un movimiento que ya era puro instinto, me deslicé de la silla y me pegué a la pared lateral, justo al lado del marco de la puerta, donde el ángulo de visión desde el pasillo era nulo. Empuñé el revólver de Julian con ambas manos, sintiendo el frío del metal contra mis palmas sudorosas.

Julian se removió en la cama, alertado por mi movimiento. Sus ojos se abrieron, inyectados en sangre, y su mano buscó desesperadamente el cuchillo bajo la almohada, pero su cuerpo le devolvió un latigazo de dolor que lo obligó a contener un grito. Le hice una señal de silencio absoluto con un dedo sobre los labios.

El pomo de la puerta giró lentamente. La cerradura, que Madame Rose juraba que era segura, cedió con un chasquido metálico casi imperceptible. La puerta se abrió apenas unos centímetros, dejando entrar una corriente de aire frío y olor a tabaco rancio.

En cuanto la silueta asomó la cabeza, le clavé el cañón del revólver justo debajo de la oreja, hundiéndolo en su carne con la fuerza suficiente para que supiera que no estaba jugando.

—Un solo movimiento en falso y decoro esta habitación con lo que tienes dentro del cráneo —susurré, mi voz tan gélida que ni siquiera parecía la mía.

Kovac se quedó petrificado. No levantó las manos de inmediato; las mantuvo a la vista, las palmas abiertas, en un gesto de calculada rendición.

—Tienes mejores reflejos de lo que Thorne me contó —dijo su voz barítona, sin una pizca de miedo, solo una curiosidad clínica—. Pero si disparas, el ruido traerá a los perros de Rose, y créeme, ellos no son tan razonables como yo.

—No me hables de razones —respondí, sin retirar el arma de su cuello—. ¿Cómo entraste?

—Rose es una mujer de negocios, Victoria. Y yo tengo mejores monedas que tú.

—Retrocede —le ordené, obligándolo a entrar en la habitación de espaldas hasta que estuvo en el centro, lejos de la puerta y bajo la luz de la bombilla desnuda.

Cerré la puerta con el pie y eché el cerrojo sin dejar de apuntarle. Kovac se giró lentamente, quitándose el impermeable empapado como si estuviéramos en una oficina de correos. Miró a Julian, que lo observaba desde la cama con una mezcla de odio y debilidad.

—No te esfuerces, Thorne —dijo Kovac, ignorando el arma que seguía fija en su pecho—. No he venido a ver cómo te desangras sobre una litera de mala muerte. He venido a hablar de negocios con la verdadera dueña de esta habitación.

Sus ojos, fríos como el mármol de un mausoleo, se clavaron en los míos. Me mantuve firme, con el dedo apoyado en el gatillo.

—Los negocios de Marcus Sterling murieron con él —dije—. Usted es un fantasma de la cárcel, Kovac. Y los fantasmas no tienen voz en este puerto.

Kovac soltó una risa corta.

—Los fantasmas son los únicos que dicen la verdad, Victoria. Julian te habrá contado historias de terror sobre mí en la Galería 4. Pero lo que no te ha dicho es que yo soy el único que sabe quiénes son los hombres que ahora mismo están volando hacia este pedazo de lodo.

—¿De qué habla? —Julian logró articular; su voz era un hilo de sangre.

—Hablo de los "socios" silenciosos de Marcus —Kovac se acercó un paso, desafiando mi puntería—. Aquellos que financiaron su imperio a cambio de que él mantuviera sus secretos bajo llave. Ahora que la llave ha desaparecido y el guardián es ceniza, esos hombres están nerviosos. Y los hombres ricos y nerviosos suelen quemar ciudades enteras para recuperar su tranquilidad. Vienen por ese chip, Victoria. Y saben que están aquí.

El revólver me pesaba, pero no bajé el brazo.

—¿Y usted qué quiere?

—Quiero sobrevivir. Yo tengo la salida. Sé dónde están los barcos que pueden sacarlos de aquí antes de que el puerto sea bloqueado. A cambio, quiero el acceso a la Galería B del dispositivo. No quiero el dinero; quiero la lista de extorsión política. Quiero el poder de hundir a los que me enviaron a la cárcel.

Miré a Julian. Estaba negando con la cabeza, una advertencia silenciosa.

—Si nos saca de la isla hoy mismo, le daré un tercio de la información —dije, bajando el arma apenas unos centímetros, pero manteniendo la tensión—. Un tercio cuando estemos en aguas internacionales. El resto, cuando estemos a salvo en tierra firme.

Kovac enarcó una ceja.

—Es una oferta valiente.

—Es la única oferta que tiene —respondí con una dureza que Marcus Sterling habría reconocido—. Porque si intenta forzarme, destruiré el chip ahora mismo. Y usted se quedará aquí, esperando a esos hombres con las manos vacías. Dígame, Kovac, ¿cuánto cree que vale su vida para ellos si no puede entregarles lo que buscan?

El silencio se volvió tan denso que el sonido de la lluvia pareció un trueno. Kovac me miró con una chispa de respeto genuino.

—Muelle cuatro. A medianoche. El barco se llama El Renegado —sentenció, poniéndose el impermeable—. Si no están allí cuando la marea suba, no me busquen. No volveré por ustedes.

Salió de la habitación con la misma frialdad con la que entró. Solo cuando escuché sus pasos perderse en el pasillo, bajé el arma. Mis manos empezaron a temblar violentamente.

—Victoria... —la voz de Julian era una advertencia—. Kovac te traicionará en cuanto pises la cubierta.

—Lo sé —respondí, sentándome al borde de su cama para limpiar el sudor de su frente—. Pero él no sabe que la clave que le daré tiene un sistema de borrado automático si no se introduce mi huella cada hora. Si me mata, pierde el mundo.

Lo miré a los ojos, y vi en ellos que finalmente entendía que la niña que él recordaba se había quedado en las llamas de La Atalaya.

—Prepárate, Julian. Tenemos doce horas para dejar de ser presas y convertirnos en cazadores.




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