Las horas en la pensión de Madame Rose se dilataban como si el tiempo estuviera hecho de brea. Afuera, el puerto seguía sumido en su neblina verdosa, pero dentro de la habitación, el aire se volvía cada vez más escaso. Julian estaba sentado contra el respaldo de la cama, envuelto en una manta que no lograba quitarle el frío de la fiebre. Sus ojos estaban fijos en el reloj de pared, cuyas manecillas avanzaban con un tic-tac que sonaba como el martilleo de un arma.
—Victoria —dijo él, rompiendo un silencio que había durado casi dos horas. Su voz era apenas un roce de aire—. Acércate.
Dejé de limpiar el revólver y me senté en el borde del colchón. El calor que emanaba su cuerpo era una advertencia física de que no le quedaba mucho tiempo antes de colapsar de nuevo. Le tomé la mano; estaba áspera, llena de las cicatrices que yo misma había ayudado a crear con mi silencio.
—No tienes que decir nada, Julian. Guarda fuerzas para el muelle.
—Si no llegamos al barco... o si Kovac decide que soy un estorbo, necesito que sepas la verdad sobre el juicio —hizo una pausa, tragando saliva con dificultad—. Marcus no solo te asustó con matarme. Te hizo escuchar esa grabación en el despacho antes de declarar, ¿verdad? Esa donde yo decía que te odiaba y que el incendio era el precio que tenías que pagar por tu herencia.
Cerré los ojos y, de repente, volví a estar en ese despacho oscuro, rodeada por el olor a tabaco de Marcus y el pánico de mi reciente ceguera. Recordé el sonido de la cinta magnetofónica girando y la voz de Julian, distorsionada pero inconfundible, pronunciando palabras de un odio tan frío que me habían dejado el alma bajo cero.
—¿Cómo lo sabes? —susurré, sintiendo que el pecho se me apretaba—. Esa grabación fue lo que me convenció de que ya no quedaba nada del chico que yo conocía.
—Porque Marcus me tuvo encadenado tres días antes del juicio —dijo Julian, y su mano tembló entre las mías—. Me puso un micrófono frente a la cara y me leyó un guion. Me dijo que, si no repetía exactamente esas palabras, entraría en tu habitación esa misma noche. Dijo que te enviaría al sur, a los burdeles de "El Alacrán".
El nombre me golpeó como una descarga eléctrica. Incluso en mi encierro en Los Olmos, el nombre de "El Alacrán" se susurraba como una sentencia de muerte. Era el dueño de una red de trata que hacía desaparecer mujeres en las minas y puertos de la frontera.
—Él juró que, si yo no te convencía de odiarme para que tu declaración fuera real, te entregaría como mercancía —continuó Julian, con los ojos empañados por una rabia vieja—. Me dijo que una niña ciega y hermosa valía una fortuna en ese mercado. Escribió el guion de mi traición para salvarte de un destino mucho peor.
El vacío en mi estómago se convirtió en un abismo de náuseas. Marcus no solo me había obligado a mentir; había usado mi cuerpo y mi integridad como moneda de cambio para que Julian se destruyera a sí mismo en una cinta de audio. Nos había convertido en verdugos el uno del otro para asegurar su trono.
—Él nos usó a los dos —dije, y mi voz sonó quebrada—. Te obligó a condenarte con tu propia voz y a mí me hizo escucharte para que yo misma firmara tu sentencia. Pensé que me habías vendido, Julian. Pensé que el incendio era tu forma de liberarte de mí.
—Marcus Sterling no quería solo nuestro dinero, Victoria. Quería que estuviéramos tan rotos que solo pudiéramos depender de él. Quería que mi único alivio fuera saber que estabas "a salvo" con él, aunque eso significara pasar diez años en una celda.
Me incliné hacia adelante hasta que nuestras frentes se tocaron. Diez años de resentimiento se desmoronaron en ese instante, dejando paso a una sed de sangre que Marcus, incluso muerto, seguía alimentando.
—Lo matamos, Julian —susurré, apretando su mano hasta que los nudillos me dolieron—. Y si ese tal "Alacrán" o cualquier otro socio suyo aparece, correrá la misma suerte. Ya no hay grabaciones, ni juicios ni oscuridad. Solo estamos nosotros.
Julian esbozó una sonrisa rota.
—Entonces levántame de aquí. Prefiero morir en ese muelle peleando contigo que en esta cama esperando a que el pasado nos alcance.
Lo ayudé a ponerse de pie. Su cuerpo temblaba, pero la determinación en sus ojos era absoluta. Le puse su chaqueta y me aseguré de que el revólver estuviera cargado. Salimos al pasillo oscuro de la pensión, evitando los peldaños que crujían. Puerto Esmeralda nos esperaba abajo, pero por primera vez en una década, caminábamos con la verdad como escudo.