Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 58

Cruzar Puerto Esmeralda a medianoche era como caminar por las arterias de un animal enfermo. La niebla se había vuelto tan espesa que apenas podía ver mis propios pies, y el olor a salitre se mezclaba con el de la herrumbre. Julian caminaba apoyado en mí, con su respiración sonando como un fuelle roto, pero manteniendo la mano derecha oculta en el bolsillo de su abrigo.

—Faltan dos manzanas —susurré, escaneando las sombras de los depósitos de pescado—. El muelle cuatro debería estar tras ese tinglado de chapa.

—Mantén el arma lista, Victoria —murmuró Julian, y sentí cómo sus dedos se enterraban en mi hombro por un espasmo de dolor—. Kovac no es de los que espera sentado. Estará midiendo cuánto tardamos, cuánto nos cuesta respirar. Para él, nuestra debilidad es su margen de ganancia.

Doblamos la esquina y el panorama cambió. El muelle cuatro era una lengua de madera podrida que se adentraba en el agua negra. Allí, meciéndose con una pesadez fantasmal, estaba El Renegado. No era un barco de lujo, sino un remolcador reforzado, pintado de un gris ceniza que lo hacía casi invisible en la bruma.

Kovac estaba de pie junto a la pasarela, fumando un cigarrillo que brillaba como un ojo rojo en la oscuridad. A su lado, dos hombres corpulentos vigilaban los alrededores con la indiferencia de quienes están acostumbrados a cobrar por matar.

—Llegan tarde —dijo Kovac, arrojando la colilla al agua. Su voz retumbó en el vacío del muelle—. Empezaba a pensar que Thorne se había rendido finalmente a la fiebre.

—Thorne no se rinde —respondí, ayudando a Julian a dar un paso al frente. Lo solté lo suficiente para que pudiera mantenerse por sí solo, aunque vi cómo apretaba los dientes para no tambalearse—. Aquí estamos. Ahora cumple tu parte.

Kovac hizo una señal a sus hombres. Uno de ellos subió al barco mientras el otro permanecía en el muelle, bloqueando nuestro camino hacia la pasarela.

—Primero, lo acordado —sentenció Kovac, extendiendo una mano enguantada—. El primer tercio de la Galería B. Quiero ver los nombres de los jueces que Marcus tenía en nómina. Si la información es real, suben. Si no, pueden probar suerte nadando hasta la siguiente isla.

Saqué el dispositivo de mi bolsillo. El metal estaba tibio por el calor de mi cuerpo. Julian se tensó a mi lado; sabía que este era el momento en que todo podía estallar. Si Kovac decidía que ya no nos necesitaba una vez que tuviera los nombres, este muelle sería nuestra tumba.

—Acércate, Victoria —dijo Kovac, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. No muerdo. Al menos, no a los socios potenciales.

Caminé hacia él, sintiendo la mirada de Julian clavada en mi nuca. Cuando estuve a un metro de Kovac, encendí la pequeña pantalla del dispositivo. La luz azulada iluminó mi rostro y los ojos codiciosos del carnicero de la Galería 4. Deslicé el archivo cifrado y dejé que viera solo la primera columna: nombres, fechas y montos.

Kovac se inclinó; su respiración olía a tabaco y café frío. Sus ojos recorrieron la lista con una rapidez eléctrica.

—Vaya, vaya... —susurró—. Marcus era más meticuloso de lo que imaginaba. Con esto podría comprar media capital.

—Es solo el principio —dije, apagando la pantalla de golpe—. El resto de la clave se activará cuando estemos en aguas internacionales. Ni antes ni después.

Kovac me miró, y por un segundo vi el cálculo en su mente: matarnos ahora y tratar de romper el cifrado por su cuenta, o llevarnos con él y asegurar el botín. El silencio fue interrumpido por el sonido de un motor acercándose por el callejón que acabábamos de dejar atrás. Luces de faros cortaron la niebla, barriendo el muelle.

—Parece que no son los únicos que saben navegar de noche —dijo Kovac, recuperando su frialdad profesional—. Suban. Ahora.

Julian no necesitó que lo ayudara esta vez. La adrenalina de la persecución le inyectó una fuerza artificial. Subimos la pasarela justo cuando un vehículo frenaba en seco al final del muelle. Las puertas se abrieron y varias sombras descendieron, pero Kovac ya estaba gritando órdenes.

—¡Suelten amarras! —rugió.

El motor de El Renegado cobró vida con un bramido gutural. El barco se separó del muelle justo cuando las primeras detonaciones rasgaron el aire. Vi los destellos de los disparos impactar en la madera del muelle y en el casco de acero del barco.

Me agaché junto a Julian en la cubierta, sintiendo la vibración del metal bajo mi cuerpo. Puerto Esmeralda empezaba a alejarse, convirtiéndose en un conjunto de luces borrosas en la niebla. Estábamos en el barco de un traidor, huyendo de enemigos que no conocíamos, pero por primera vez en diez años, el horizonte no tenía muros.

—Estamos fuera —susurró Julian, apoyando su cabeza contra mi hombro, con la mano todavía apretando el revólver.

—No, Julian —respondí, mirando a Kovac, que nos observaba desde el puente de mando con una expresión indescifrable—. Solo hemos cambiado de celda.




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