Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 59

El Renegado cortaba las olas con una violencia sorda, un recordatorio constante de que estábamos moviéndonos sobre un abismo. El interior del barco olía a grasa, salitre y a esa humedad rancia que se impregna en el metal tras décadas de servicio. Julian estaba tendido en un camastro de la cabina de popa, un espacio tan reducido que mis rodillas chocaban con la pared cada vez que me movía para cambiarle las compresas.

La fiebre había empezado a remitir, dejando tras de sí un rastro de palidez extrema y un agotamiento que parecía haberle vaciado los huesos. Sin embargo, sus ojos estaban abiertos, fijos en la pequeña claraboya por la que solo se veía la negrura del océano.

—Victoria —dijo él; su voz era un hilo más firme que ayer—. Tienes que comer algo. El olor de este lugar te va a enfermar antes que la bala a mí.

—Comeré cuando estemos lo suficientemente lejos como para no ver las luces de la costa —respondí, ajustando el vendaje de mi hombro. El dolor era ahora una molestia sorda, un eco del incendio de La Atalaya.

—Kovac no va a esperar a que desembarquemos para pedir el resto —advirtió Julian, intentando incorporarse. Esta vez no lo detuve; necesitaba que recuperara la sensación de control—. Los hombres que nos dispararon en el muelle... no eran aficionados. Si Kovac cree que lo están siguiendo por nuestra culpa, nos arrojará por la borda en cuanto consiga lo que quiere.

Un golpe metálico en la puerta nos interrumpió. No era Kovac, sino uno de sus hombres, un tipo llamado Vargo, con una cicatriz que le dividía el labio superior.

—El jefe dice que bajen al comedor. No quiere que el "invitado" se muera de hambre en su barco. Trae mala suerte —dijo Vargo con una sonrisa torcida.

Ayudé a Julian a ponerse de pie y, apoyado en mi hombro, caminamos por el pasillo vibrante hasta el comedor. Kovac estaba sentado en la cabecera, frente a un plato de estofado aceitoso. Se limpió la boca con un trapo sucio al vernos entrar.

—He estado pensando, Victoria —comenzó Kovac, apoyando los codos en la mesa—. Un tercio de la información es un buen comienzo, pero el mercado es volátil. Los registros de las cuentas en las Islas Caimán... eso es lo que realmente compra la libertad.

—Lo que acordamos fue en aguas internacionales —respondí, manteniendo la mirada—. Y todavía falta una hora para llegar a ese punto.

Kovac se inclinó hacia adelante. La luz cenital marcaba las sombras de su rostro. —Las aguas internacionales son una línea imaginaria, preciosa. En este barco, la única frontera que importa es la que yo decida trazar con mi cuchillo.

Julian intentó hablar, pero un acceso de tos lo obligó a agachar la cabeza. Vargo dio un paso hacia él, pero yo puse mi mano sobre la mesa, justo encima del cuchillo de pan, con una rapidez que hizo que Kovac enarcara una ceja.

—Si nos pasa algo, Kovac, no solo perderás la información —dije, bajando la voz hasta que fue un susurro letal—. Perderás el barco. He programado el dispositivo para que envíe una señal de socorro con nuestra ubicación exacta a la Guardia Costera y a los "socios" de Marcus si no introduzco un código de seguridad cada noventa minutos. ¿Quieres saber quién llega primero?

Kovac mantuvo la mirada, midiendo el nivel de mi mentira. Yo no parpadeé. Había pasado diez años fingiendo ser ciega frente al hombre más peligroso del continente; engañar a un carnicero de cárcel era un juego de niños.

Tras unos segundos, Kovac soltó una carcajada estruendosa. —¡Lo ves, Thorne! Te lo dije. Es una Sterling de pura cepa. Pero tiene un fuego que Marcus nunca pudo controlar.

Kovac se levantó, haciendo un gesto a sus hombres para que se retiraran. —Tienen su hora, Victoria. Disfruten del estofado. Pero recuerden que el mar es muy grande.

Cuando se marcharon, Julian se desplomó un poco sobre el banco, respirando con dificultad. Me miró y, por primera vez, vi un rastro de asombro mezclado con un miedo sutil. No por lo que Kovac pudiera hacernos, sino por lo que yo estaba demostrando ser capaz de hacer.

—¿Realmente programaste eso? —susurró.

—No —respondí, tomando una cuchara y empezando a comer con una frialdad que me sorprendió a mí misma—. Pero él necesita creerlo.

Julian se quedó en silencio, observándome. En la penumbra del comedor, entendí la magnitud de lo que estaba pasando. Marcus Sterling había pasado años intentando moldearme para ser su pequeña sombra dócil, una figura decorativa que nunca cuestionara sus órdenes. Se habría horrorizado al verme ahora. Irónicamente, al intentar destruirme, me había dado las herramientas para convertirme en su mayor pesadilla: una mujer que usaba su propia crueldad para reclamar una libertad que él nunca quiso que tuviera.




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