La calma del comedor duró poco. El Renegado empezó a inclinarse con un ángulo preocupante y el sonido del motor cambió, pasando de un rugido constante a un quejido metálico que hacía vibrar hasta mis dientes.
—Algo no va bien —murmuró Julian, intentando ponerse de pie de nuevo, esta vez con una mano presionando su herida—. Ese motor está forzado.
Salimos al pasillo justo cuando Kovac bajaba a toda prisa desde el puente de mando. Su rostro ya no tenía rastro de la suficiencia de antes. Estaba pálido y sus ojos buscaban a Julian con una urgencia eléctrica.
—Thorne, necesito que subas. Ahora —rugió Kovac, ignorando la debilidad de Julian.
—¿Qué pasa? —pregunté, interponiéndome.
—Radar —escupió Kovac—. Hay una patrullera rápida acercándose desde el noreste. No tiene bandera, pero se mueve demasiado rápido para ser la ley. Y, por el otro flanco, el clima se está cerrando. Si no entramos en la tormenta para perderlos, nos alcanzarán en veinte minutos.
Julian miró a Kovac y luego a mí. El dilema era mortal: la tormenta podía hundir el barco oxidado, pero lo que venía en esa patrullera probablemente era el destino del que Julian me había hablado en la pensión.
—Tú no sabes navegar en tormenta con este motor, ¿verdad, Kovac? —dijo Julian, su voz recuperando una autoridad fría—. Sabes dar órdenes y cortar cuellos, pero no sabes mantener un remolcador a flote cuando el mar decide reclamarlo.
Kovac apretó los dientes, pero no lo negó.
—Si nos alcanzan, Victoria es peso muerto para ellos y tú eres un cabo suelto. Muévete, Julian. O morimos todos aquí mismo.
Julian me miró. Era la primera vez que íbamos a estar separados desde que escapamos de las ruinas de la mansión.
—Quédate en la cabina. Pase lo que pase, no sueltes el dispositivo. Si el barco se va abajo... —hizo una pausa, tomándome del rostro con una mano trémula—, asegúrate de que el chip se hunda contigo. Que nadie lo tenga nunca.
Lo vi subir hacia el puente, apoyándose en las paredes, mientras Kovac lo seguía como un perro hambriento que depende de su amo para comer. Me quedé sola en el pasillo, sintiendo cómo la primera gran ola golpeaba el casco, haciendo que el mundo entero se tambaleara.
Entré en la cabina y cerré el cerrojo. Saqué el dispositivo y me senté en el suelo, abrazando mis rodillas. El rugido del viento afuera empezó a ahogar el sonido del motor. Estábamos en aguas de nadie, atrapados entre una tormenta que quería devorarnos y un pasado que se negaba a dejarnos ir.