El Renegado se quejaba. Cada vez que una ola impactaba contra el acero, el barco entero vibraba como una campana golpeada por un mazo. En la oscuridad de la cabina, me resultaba imposible distinguir si el sudor que me corría por la nuca era por el calor asfixiante o por el terror de estar atrapada en una caja de metal en medio de la nada.
De repente, un sonido diferente al de la tormenta me hizo contener la respiración.
Fue un rasguño. Un roce metálico justo al otro lado de la puerta de mi cabina. No eran los pasos pesados de Vargo ni las zancadas autoritarias de Kovac. Era alguien que conocía el arte de moverse sin ser detectado.
Agarré el revólver, sintiendo cómo el frío del acero me devolvía un poco de lucidez. Me puse de pie con cuidado, evitando que mis botas hicieran ruido sobre el suelo de rejilla. El barco dio un bandazo violento hacia la izquierda, y escuché un quejido sordo afuera. Alguien se había golpeado contra el mamparo.
—Sé que estás ahí —susurré, apuntando al centro de la puerta.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el rugir del motor que Julian intentaba mantener con vida. Entonces, una voz desconocida, suave y cargada de una cortesía venenosa, atravesó la madera.
—No vengo a hacerte daño, Victoria. Solo vengo a recuperar lo que Marcus dejó a medio terminar.
Mi sangre se convirtió en hielo. No era Kovac. No era nadie del muelle.
—¿Quién eres? —pregunté, acercándome un centímetro más a la puerta.
—Llámanos el seguro de vida de los socios de tu tío. Kovac cometió el error de creer que era el único que sabía rastrear una frecuencia. Abre la puerta y quizá te permita elegir en qué orilla desembarcar.
No esperé a que terminara. Disparé.
El estruendo dentro de la pequeña cabina fue ensordecedor. La bala atravesó la madera, astillándola. No me detuve a comprobar si le había dado; me pegué a la esquina opuesta mientras la puerta saltaba de sus bisagras bajo un golpe brutal.
Un hombre vestido con equipo táctico oscuro irrumpió en el espacio. Tenía un rasguño sangriento en la mejilla, pero sus ojos estaban fijos en el dispositivo que yo apretaba contra mi pecho. Antes de que pudiera apretar el gatillo de nuevo, se lanzó sobre mí.
Luchamos en el suelo mientras el barco se inclinaba en un ángulo imposible. El revólver salió volando por debajo de la litera. Sentí sus manos cerrándose sobre mi garganta.
—El chip, Victoria —gruñó él.
En ese momento, un golpe de mar sacudió el barco. El intruso perdió el equilibrio y mi mano encontró la lámpara de aceite de repuesto sobre la mesa de noche. Se la estampé en la cabeza con todas mis fuerzas. El vidrio se rompió y el hombre cayó al suelo, aturdido y sangrando.
Salí de la cabina al pasillo inundado, con el chip en una mano y los pulmones ardiendo. Tenía que subir al puente de mando. Julian estaba allí arriba, lidiando con el timón y la tormenta, sin saber que el enemigo ya estaba dentro de sus muros de acero.
Subí las escaleras metálicas a trompicones, golpeándome contra los pasamanos mientras el barco subía y bajaba por olas que parecían edificios. Cuando irrumpí en el puente, la escena era de puro caos.
Julian estaba aferrado al timón, con el rostro desencajado por el esfuerzo y el vendaje de su costado empapado en sangre nueva. Kovac gritaba órdenes por la radio mientras intentaba observar por los cristales cubiertos de salitre y lluvia.
—¡Julian! —grité para hacerme oír sobre el trueno—. ¡Hay alguien abajo! ¡Un intruso!
Julian giró la cabeza lo justo para verme, y el terror en sus ojos fue más fuerte que el dolor de su herida.
—¿Qué? —rugió Kovac, desenfundando su arma—. ¡Imposible!
—Está en la zona de cabinas —dije, señalando hacia abajo mientras me sujetaba de la mesa de mapas para no caer—. Dijo que era el “seguro de vida” de los socios de Marcus.
Kovac maldijo y se lanzó hacia las escaleras, pero antes de que pudiera bajar, un impacto seco sacudió el casco. No fue una ola. Fue un impacto de bala de gran calibre.
—¡Nos están disparando! —gritó Julian, luchando por enderezar el barco—. ¡La patrullera está encima!
Miré por el cristal. A través de la cortina de agua, vi los destellos de una torreta. Estábamos atrapados entre un asesino en el pasillo y un buque de guerra en el horizonte, y el Renegado se estaba desmoronando bajo los pies de Julian.