Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 62

Kovac se detuvo en seco al borde de la escalera metálica. El dilema en su rostro era evidente: bajar a matar al intruso o quedarse arriba para defender su propiedad.

—¡Vargo, ve abajo! —rugió por el intercomunicador de pared, golpeando el aparato con el puño—. ¡Tenemos una rata en los camarotes!

El aparato respondió con un estallido de estática que se mezcló con el rugido del viento y el golpeteo brutal del mar contra el casco. Durante un instante no hubo respuesta, solo ese vacío eléctrico que hacía que todo pareciera aún más frágil. Entonces, finalmente, llegó una voz, deformada y entrecortada.

—Estoy… lo tengo… se movió hacia—

El sonido se cortó de golpe, sustituido por un golpe seco y un arrastre metálico que hizo que algo en mi estómago se contrajera. Después, nada. Ni una respiración. Ni un intento de volver a comunicarse.

Julian alzó la vista apenas un segundo, lo suficiente para entender lo mismo que yo: lo que estaba abajo ya no era un problema controlado.

—¡Kovac, el motor no va a aguantar otro impacto! —gritó Julian, con las manos temblando sobre la rueda del timón mientras el color desaparecía de sus labios—. Si no entramos en el núcleo de la tormenta ahora, nos hundirán antes de que podamos verles la cara.

El barco respondió como si confirmara sus palabras. Un bandazo violento hacia estribor nos obligó a sujetarnos de lo que encontráramos a mano, y una ola impactó contra el puente con tanta fuerza que el cristal vibró como si fuera a estallar, cubriéndonos por un segundo en una masa oscura de agua y sal.

Me acerqué a Julian y coloqué mis manos sobre las suyas en el timón, sintiendo el calor anormal que desprendía su piel. La fiebre había regresado, más silenciosa pero igual de peligrosa, y aun así se mantenía en pie, sostenido únicamente por la tensión del momento.

—Lo haremos juntos —le susurré cerca del oído, obligándome a mantener la voz firme—. Solo mantén el rumbo.

Noté cómo sus dedos se aferraban con más fuerza, como si ese contacto fuera lo único que impedía que se desplomara.

Kovac, por su parte, no se movió. Se quedó en la parte trasera de la cabina, con el arma apuntando directamente hacia la escotilla por la que yo había subido, inmóvil, atento, como un depredador que ya ha elegido dónde va a atacar. No miraba el mar ni la tormenta; escuchaba. Esperaba.

El intercomunicador volvió a crepitar, escupiendo otra ráfaga de estática, y por un momento pensé que no volveríamos a oír nada. Pero entonces una respiración agitada se filtró entre el ruido.

—No… está… —la voz de Vargo apenas era reconocible—. No está solo…

Un disparo resonó desde las entrañas del barco, seco y contenido, seguido por un silencio aún más pesado que el anterior.

Kovac apretó la mandíbula, pero no se movió hacia la escalera. Su decisión era clara: el puente era lo único que no podía permitirse perder.

—Si salimos de esta, Victoria —dijo sin apartar la vista de la entrada—, voy a cobrarte cada bala que gaste esta noche.

—Si salimos de esta, Kovac —respondí, sin dejar de mirar hacia el exterior, donde la tormenta empezaba a cerrarse como una boca—, tendrás suerte si te dejo el barco.

No hubo tiempo para más. Un nuevo proyectil impactó en la estructura superior del remolcador, y esta vez el sonido no fue un estallido limpio, sino un crujido profundo, como si el metal mismo estuviera cediendo bajo la presión. Uno de los remaches salió despedido y rebotó dentro de la cabina como una bala perdida, mientras una corriente de aire helado se colaba por las juntas abiertas, seguida por agua de mar que empezó a acumularse en el suelo.

El barco se inclinó de nuevo, más violentamente que antes, y por un instante el timón se desvió. Julian apretó los dientes, conteniendo un gemido, y corrigió el rumbo con un esfuerzo que parecía arrancarle la vida.

—No lo sueltes —murmuré, reforzando la presión junto a él.

Fue entonces cuando lo escuchamos. No venía del intercomunicador, ni del exterior. Venía de la escalera.

Un sonido lento, arrastrado, casi deliberado, como si quien subiera no tuviera prisa alguna y supiera que, hiciera lo que hiciera, ya era demasiado tarde para nosotros.

El arma de Kovac se alzó apenas unos centímetros más, su dedo tensándose sobre el gatillo.

Nadie habló.

El mar rugía, el metal crujía y el agua seguía filtrándose bajo nuestros pies, pero en medio de todo eso, ese sonido —ese avance controlado hacia nosotros— se convirtió en lo único real.

Un nuevo proyectil impactó en la estructura superior del remolcador. El sonido no fue un estallido de cristales, sino un crujido ensordecedor de metal retorciéndose sobre nuestras cabezas. El remache de una plancha de acero salió disparado como una bala, rebotando contra las paredes de la cabina. El viento y el agua de mar empezaron a colarse por las juntas de la estructura dañada, inundando el suelo donde Julian intentaba mantenerse en pie.

Estábamos en el centro del caos, y la verdadera batalla por el chip de Marcus Sterling acababa de empezar.




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