Lo que el fuego se negó a quemar

Capítulo 63

El Renegado dio un bandazo tan violento que Julian perdió el agarre del timón. Lo vi desplomarse hacia un lado, con la mano presionando inútilmente la herida de su costado, que ahora manaba un rojo brillante que se mezclaba con el agua salada del suelo.

—¡Julian! —grité, soltando el timón para sostenerlo antes de que su cabeza golpeara el panel de instrumentos.

—No... no me sueltes... —balbuceó, pero sus ojos ya estaban empezando a ponerse en blanco. El esfuerzo de pilotar entre las olas había agotado su última reserva de energía.

Kovac maldijo y se acercó, pero no para ayudar, sino para agarrar el timón antes de que el barco se pusiera de costado y zozobrara.

—¡Llévalo al rincón! —me ordenó Kovac, luchando con la rueda que giraba loca—. ¡Y reza para que Vargo haya matado a ese tipo, porque si entra aquí ahora, estamos muertos!

Arrastré a Julian hacia la esquina más seca de la cabina. Su respiración era corta, superficial. Le abrí la chaqueta y vi que el parche de emergencia que le había puesto estaba totalmente empapado. Estaba perdiendo demasiada sangre.

—Mírame, Julian —le pedí, golpeando suavemente su mejilla—. No puedes irte ahora. No después de todo lo que pasamos para salir de esa casa.

Él esbozó una sonrisa trágica, con los dientes manchados de sangre.

—Victoria... el chip... —logró susurrar—. Si el motor se para... salta. No esperes a Kovac.

En ese momento, el motor soltó un estruendo agónico, como si miles de cadenas se rompieran a la vez en la bodega. El barco se quedó en un silencio aterrador, solo roto por el rugido de la tormenta y el impacto de las olas contra el casco muerto. Nos habíamos quedado sin propulsión. Éramos un trozo de metal a la deriva en medio de una cacería.

Kovac soltó el timón, que ya no servía de nada, y sacó su segunda arma.

—Se acabó el tiempo. Victoria, dame el dispositivo. Ahora.

Lo miré desde el suelo, abrazando a Julian.

—¿Para qué lo quieres? Ni siquiera tenemos motor.

—Si me rindo y les entrego el chip a los de la patrullera, quizá me dejen conservar mi cabeza —dijo Kovac, avanzando hacia nosotros con el arma levantada—. Tú ya no eres una socia, eres el pago de mi rescate.

Me puse de pie lentamente, dejando que Julian descansara contra el mamparo. Metí la mano en el bolsillo y saqué el chip. Kovac dio un paso más, con la avaricia brillando en sus ojos, pero antes de que pudiera alcanzarlo, un golpe seco sonó en la escotilla trasera.

Vargo no había regresado. La sombra que apareció en la entrada de la cabina era el hombre del equipo táctico, con la cabeza vendada y un cuchillo de combate en la mano.

Éramos tres depredadores y una presa en una cabina que se hundía, y el mar no iba a esperar a que decidiéramos quién se quedaba con el botín.




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