El barco se inclinó en un ángulo suicida. El intruso del equipo táctico no esperó a que Kovac reaccionara; se lanzó hacia adelante con la precisión de una máquina, y aunque Kovac disparó, el balanceo del Renegado desvió la trayectoria y la bala solo logró arrancar astillas del marco metálico, perdiéndose en algún punto del caos que ya no tenía forma ni dirección.
Todo sucedió en una fracción de segundo, una coreografía desordenada de hierro, cuerpos y sangre.
El intruso impactó contra Kovac con una violencia seca, arrastrándolo contra la mesa de mapas, que se volcó bajo el peso de ambos, esparciendo papeles, herramientas y una lámpara que estalló contra el suelo. El barco volvió a sacudirse, más fuerte esta vez, como si el mar estuviera decidido a arrancarnos de su superficie, y por un instante todo quedó suspendido en ese movimiento imposible, donde nada terminaba de caer pero nada lograba sostenerse.
—¡Salta, Victoria! —el grito de Julian rasgó el aire, cargado con el último resto de fuerza que le quedaba.
Kovac gruñó algo ininteligible mientras forcejeaba con el atacante, intentando mantener el arma firme en medio del vaivén brutal, pero el intruso no buscaba defenderse, avanzaba, empujaba, invadía cada centímetro de espacio como si el equilibrio del barco no existiera para él. Vi el destello del cuchillo por un segundo antes de que desapareciera entre sus cuerpos enredados.
El golpe me llegó antes de que pudiera reaccionar. El codo del hombre táctico impactó contra mi brazo y el chip salió despedido de mi mano, describiendo un arco breve en el aire hasta caer junto a la bota de Julian. Todo mi cuerpo respondió a eso. Me lancé al suelo, sintiendo el metal frío bajo mis dedos apenas un instante, una promesa que no llegó a concretarse, porque una mano enguantada se cerró en mi cabello y me tiró hacia atrás con violencia, arrancándome del suelo.
—¡Déjala! —rugió Julian.
No sé de dónde sacó la fuerza, pero lo hizo. Se impulsó desde el suelo y pateó el brazo del intruso con lo que le quedaba, torpe, desordenado, pero suficiente. La presión cedió y caí hacia adelante, raspando las palmas contra el metal, recuperando ese segundo mínimo que separa la acción de la pérdida.
Pero el mar no nos dio más tiempo.
La ola llegó como un muro negro, levantándose sobre nosotros con una presencia tan absoluta que por un instante tapó toda la luz, todo el mundo, y cuando cayó, lo hizo con la violencia de algo que no negocia. El impacto contra el costado del remolcador fue brutal. El casco crujió como si se estuviera desgarrando desde adentro, como si cada remache estuviera cediendo al mismo tiempo.
El sonido no fue un golpe, fue una ruptura.
El agua entró por la escotilla abierta como una bestia liberada, arrasando todo a su paso. Sentí el impacto helado contra el pecho, el aire abandonando mis pulmones sin darme tiempo a reaccionar, y la fuerza de la corriente me arrancó del suelo como si no tuviera peso.
Intenté agarrarme de la mesa de mapas, pero el metal estaba cubierto de aceite, de sangre, de restos que hacían imposible cualquier agarre. Todo resbalaba, todo cedía. No había nada firme.
Entonces lo vi.
Julian.
Su mano estirada hacia mí, los dedos tensos, desesperados, sus ojos clavados en los míos con una intensidad que atravesó el caos, una promesa muda que se rompía en el mismo instante en que intentaba sostenerla.
—¡Julian! —grité, aunque el sonido no logró existir en medio del rugido del agua.
La corriente me arrastró hacia atrás, golpeándome contra el marco de la escotilla, y antes de poder reaccionar, ya estaba fuera, expulsada hacia la negrura. Lo último que vi fue a Kovac logrando incorporarse entre el caos y a Julian colapsando sobre el suelo de la cabina, con el intruso encima de él.
Después, no hubo más nada.
El Atlántico me tragó con un rugido.
El impacto me hundió varios metros antes de que mi cuerpo reaccionara. El agua salada me quemó la garganta cuando intenté respirar donde no había aire, y mis brazos y piernas se movieron sin dirección, guiados por puro instinto, hasta que la superficie me devolvió con una bocanada violenta que me desgarró el pecho.
La tormenta seguía ahí, intacta, ajena a todo lo que acababa de destruir. Las olas me levantaban y me dejaban caer sin ritmo, sin lógica, mientras el cielo se abría en relámpagos que iluminaban fragmentos de un mundo vacío.
El Renegado había desaparecido. No quedaba nada, ni luces, ni sombras. Solo el océano.
Mis manos chocaron contra algo flotante. Madera. Un trozo arrancado de algún punto del barco. Me aferré a él con la desesperación de quien entiende que soltarlo significa desaparecer.
El frío empezó a instalarse, pero no era lo que más pesaba.
Recordé el chip.
Con movimientos torpes, entumecidos, lo saqué de entre mi ropa. El metal estaba helado contra mi piel. Lo sostuve frente a mí, protegiéndolo del agua, como si en ese pequeño objeto todavía existiera una respuesta.
Lo encendí.
La pantalla tardó un segundo en reaccionar, parpadeando bajo la lluvia, hasta que finalmente se estabilizó. La luz azul iluminó mis manos, mi rostro, el vacío que me rodeaba.
Buscaba algo, cualquier cosa, un rastro, una prueba.
Lo que encontré fue otra cosa.
Receptor: Julian Thorne.
Monto: 100,000 USD.
Concepto: Ejecución y silencio.
Me reí.
El sonido fue seco, vacío, y el viento lo arrastró antes de que pudiera convertirse en algo más.
El frío ya no importaba.
Él no me salvó de las llamas de La Atalaya. Él fue el combustible. Mientras yo buscaba su mano en la oscuridad, él contaba los billetes que valía mi cabeza.
Miré hacia la negrura donde el barco se había perdido. No quedaba nada de él, ni de Kovac, ni del hombre que había irrumpido en nuestras vidas como una extensión del pasado. Todo había sido devorado en cuestión de segundos.