Lo que Él me enseñó

CAPITULO I

(Canción para acompañar: Human Nature - MJ - Extended Mix)

Me llamo Jeshua. Me encanta Michael Jackson -como habrán podido notar- y tengo 21 años, casi 22. Mis bromas suelen sonar mejor en mi cabeza que cuando las digo en voz alta. Estudio Psicología en la Universidad de Hackensack, una ciudad al sur del mundo. Hay mucho verde aquí, y eso me gusta porque me trae paz; no sé si a ustedes les pasa lo mismo, pero a mí ver árboles, césped húmedo y caminos rodeados de hojas me calma de una manera difícil de explicar.

Cuando llueve, por ejemplo, me dan ganas de sentarme cómodamente en el minisofá del balcón, con una taza de chocolate caliente entre las manos, y quedarme observando cómo las gotas caen una tras otra, como si el tiempo se volviera más lento. Es mi clima favorito. De noche, cuando vas al centro, los edificios encendidos, los carteles luminosos, las pantallas gigantes y las publicidades crean una especie de ilusión: por un momento sientes que estás en Nueva York, solo que siete veces más pequeño.

Hackensack es el lugar en el que nunca pensé vivir, pero llevo aquí aproximadamente cinco años. Al principio me costó mucho acostumbrarme, sobre todo a la multitud de gente; la mayor parte de mi niñez la viví en un pueblo pequeño, así que enfrentarme a tantas líneas de transporte, tiendas, centros comerciales y avenidas interminables fue abrumador.

Aún recuerdo la vez que tomé el bus equivocado. Quería ir solo al mall. Logan me había dicho que me subiera a la línea dos, pero mi cerebro decidió, con total seguridad, que debía ser la uno. Casi termino saliendo de Hackensack. Ese día Logan fue a salvarme, como usualmente lo hace, y regresamos a casa a las diez de la noche. Teníamos 16 años, así que ahora entendemos perfectamente el castigo que nos dieron.

¿Mencioné quién es Logan? A veces suelo olvidarme muchas cosas o repetirlas demasiado. Logan es mi mejor amigo; yo lo considero mi hermano, aunque no se lo digo. Lo conocí en la primaria. Hace años él vivía en Nínive y, casualmente, el orfanato donde yo estaba consiguió que el colegio de la zona nos acogiera para darnos una mejor educación.

Cuando vi a Logan por primera vez, fue como observar la versión opuesta de mí mismo. Él hacía amigos con facilidad, tenía un gran manejo de la palabra, era extrovertido, de cabello castaño, mucho más alto ahora que somos adultos, con pecas y una sonrisa permanente, entre otras cualidades. La profesora decidió que nos sentáramos juntos en el mismo pupitre. Todavía no entiendo por qué eligió ser mi amigo si mi rostro reflejaba un desprecio absoluto por la humanidad. Bueno, así me describió él alguna vez.

-Hola, compañero -dijo aquel pequeño hombrecito con cabello largo y desgreñado, camisa desajustada y una sonrisa enorme.

Yo me limité a mirarlo y girar el rostro hacia la pizarra, ignorando por completo la mano que había extendido. Pensé que entendería el mensaje y me dejaría en paz, pero en lugar de eso tomó mi mano y me obligó a darle un apretón. Me sobresalté y me solté de inmediato; no me gusta el contacto físico.

-¿Cómo te llamas? -preguntó, apoyándose con confianza sobre la mesa.

Yo tenía muy poca fluidez al hablar y, para empeorar las cosas, tartamudeaba. Un desastre. Le señalé el pecho, donde estaba mi fotocheck con mi nombre. Él se inclinó para leerlo.

-¿Je-SHUA o JE-shua? -preguntó, confundido.

-Co... como quieras de... decirlo -respondí al final.

Su sonrisa se ensanchó aún más.

-Yo soy Logan. Un gusto, JeSHUA -dijo, como si hubiera logrado algo importante.

Nunca fue pretencioso, y creo que eso fue lo que me llamó la atención desde el principio, su transparencia.

Con el paso de los días se fue acercando cada vez más. Me hablaba de sus superhéroes favoritos, a veces llevaba carritos de juguete y me los mostraba uno por uno, explicando cada detalle con una seriedad admirable. Los alineaba sobre el pupitre hasta que terminaba la clase, los guardaba con cuidado y al día siguiente los traía de nuevo. A veces era excesivo.

En el recreo, había pequeños salones donde repartían el refrigerio. Yo prefería quedarme solo para evitar conversaciones innecesarias, pero parecía que el Universo, o ese ser superior que mueve los hilos, se burlaba de mí y decía: "No lo creo, querido". Logan siempre encontraba la manera de sentarse a mi lado, incluso sin ser invitado. Yo lo miraba con extrañeza.

-Hoy hicieron pizza, me encanta la pizza. ¿A ti? -dijo antes de darle un enorme mordisco, confirmando que le encanta la pizza.

-No me gusta la pizza -respondí con sinceridad.

-¿Entonces qué te gusta? ¿Helado? ¿Galletas? ¿Pollo asado? -preguntó entusiasmado.

Yo me quedé observando el espacio entre sus dientes; se le había caído un canino.

-Me gusta... -pensé un momento, no tenía comida favorita- una vez pro... probé unos pancitos de queso.

Logan esperó, como si creyera que diría algo más. Cuando entendió que yo era de pocas palabras, asumió con naturalidad que le tocaba seguir hablando a él. Aunque al principio su compañía me resultaba molesta, poco a poco inconscientemente empecé a disfrutar escuchar sus historias, ver cómo todos le prestaban atención, oír sus chistes y notar lo mal que jugaba fútbol. En eso nos parecemos bastante; somos un desastre con la pelota. También me agradaba su sensibilidad. A veces, entre lágrimas, me contaba que por las noches extrañaba mucho a su mamá, que había fallecido hacía un año, cuando él tenía ocho. Me decía que su papá casi no hablaba del tema y que quien realmente le daba amor era su abuelo, el señor Thomás. Aún lo recuerdo; era un gran hombre.

Fue entonces cuando, por primera vez, percibí con claridad el aura de una persona. Una luz dorada rodeaba a Logan, brillante, viva. Me asusté; por un segundo pensé que se estaba incendiando. Lo miré de pies a cabeza, tratando de encontrar una explicación lógica, pero no era una ilusión. Podía ver su energía y, de alguna forma, sentirla me daba paz, como cuando estaba en medio de la naturaleza.




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