Lo que Él me enseñó

CAPITULO III

(Canción para acompañar: Michael Jackson - Another Part of Me)

- ¿Cómo te has sentido este tiempo en el orfanato, Jeshua? - preguntó la psicóloga.

La oficina era mediana. Las paredes estaban pintadas de un color claro que hacía que cualquier sonido rebotara un poco, produciendo un eco leve. El tic tac del reloj colgado en la pared marcaba cada segundo con una precisión incómoda. En ese silencio se podían distinguir dos respiraciones: la mía y la de ella.

Al no recibir respuesta, dejó escapar un suspiro.

- ¿Te parece si lo dibujas? - intentó de nuevo, inclinándose apenas hacia adelante - ¿Sería más fácil para ti?

Levanté la mirada por un momento y la observé. Luego volví a bajarla hacia mis manos. Ya había venido a esas sesiones varias veces. Las odiaba. Siempre eran las mismas preguntas, formuladas de distintas maneras, esperando una respuesta que yo no pensaba dar.

- Jeshua, escúchame - continuó con el mismo tono calmado- Quizá esto sea complicado... o muy aburrido para ti.

Su voz no era agresiva. Eso hacía que la sensación dentro de mi pecho fuera menos pesada, pero no lo suficiente como para querer hablar.

- Pero es necesario que me contestes -añadió- ¿Podrías ayudarme con eso?

Me acomodé en la silla. Enderecé la espalda, apoyando bien los pies en el suelo. Ella tomó el bolígrafo, lista para continuar con otra pregunta pero hablé antes de que pudiera formularla.

- No quiero más sesiones - Lo dije sin levantar mucho la voz, pero con una firmeza que me sorprendió incluso a mí.

La psicóloga alzó ligeramente las cejas. No parecía molesta, solo sorprendida. Entrelazó los dedos sobre el escritorio y me observó con atención.

- ¿Qué es lo que te incomoda de ellas? - preguntó con tranquilidad.

- Las preguntas.

Hubo un silencio que se volvió pesado en la habitación. Tan espeso que por un momento tuve la sensación de que ni siquiera ella sabía cómo romperlo. El tic tac del reloj seguía marcando el paso de los segundos con una precisión casi cruel. La psicóloga no insistió. Simplemente tomó el bolígrafo y escribió algo en su cuaderno, con movimientos pausados, como si quisiera darse tiempo para pensar.

Luego comenzó a leer lo que había anotado, recorriendo las líneas con la yema del dedo. Se detuvo en un párrafo. Levantó la mirada hacia mí.

-Escuché por ahí que hiciste un amigo en el colegio -dijo finalmente. Intentó regalarme una pequeña sonrisa, cautelosa.

- Va a sonar un poco pesado, pero... ¿puedo preguntarte sobre él?

Mis hombros se tensaron de inmediato. El gesto fue involuntario, pero imposible de ocultar. Sabía que ella solo intentaba hacer su trabajo, lo entendía perfectamente... aun así, no estaba seguro de que eso nos llevara a algún avance.

Yo ya había tomado una decisión, no iba a hablar. Me lo había prometido a mí mismo. No quería que nadie volviera a escarbar dentro de mí, ni que me observaran como si estuvieran intentando armar un rompecabezas con mis pedazos. Además, mi cabeza ya estaba lo suficientemente llena con todo lo que estaba cambiando por la edad. A veces sentía que el mundo entero se me venía encima sin avisar.

Y no era la primera vez que me hacían preguntas.

Psicólogos en la policía, el médico legista que evité a toda costa y la defensoría del niño.

Siempre lo mismo. Preguntas, preguntas, preguntas. Yo solo quería que me dejaran en paz.

Solté el aire lentamente. Cuando levanté la mirada, vi en su rostro algo que no esperaba encontrar, una expresión de súplica silenciosa, como si realmente quisiera entender. No sé por qué, pero eso me hizo ceder un poco.

-¿Qué desea saber sobre él? -pregunté.

La psicóloga sonrió, y por un segundo pareció casi triunfante, aunque trató de disimularlo.

-¿Qué es lo que hace diferente a Logan de los demás? -preguntó con cuidado- Es el único niño al que te has acercado... o más bien, el único a quien has permitido que se acerque a ti.

La pregunta me movió algo por dentro. Sabía que tenía razón, pero encontrar una respuesta inmediata no era tan sencillo. En realidad había muchas razones, demasiadas ¿cómo reducir todo eso a una sola palabra?

Me quedé pensando un momento, mirando mis propias manos. Finalmente hablé.

- Él no me cuestiona.

La respuesta salió firme, casi cortante.

La psicóloga alzó ligeramente las cejas. Estaba a punto de responder, pero la interrumpí antes.

- A él le interesa conocer al Jeshua de ahora -añadí- Y para mí... eso está bien.

Ella anotó algo más en su cuaderno, moviendo el bolígrafo con rapidez.

- ¿Logan te ha contado cómo era cuando era bebé? ¿Sobre su infancia o sobre su familia? - Asentí con la cabeza - ¿No crees que a él también le interesaría saber sobre ti?

Me quedé pensando en eso. Creo que a Logan le encantaba que yo lo escuchara. Y creo que hasta hoy sigo pensando lo mismo.

Guardé silencio unos segundos más antes de levantar la vista.

- ¿Puedo hacerle una pregunta? - La psicóloga abrió los ojos con una sorpresa evidente, pero enseguida asintió, dándome permiso.

- Claro.

- ¿De qué manera esto me ayuda?- El silencio regresó a la habitación.

Esta vez fue ella quien lo sostuvo por unos segundos. Se quitó las gafas con calma y las dejó sobre la mesa. Luego entrelazó los dedos, pensativa, como si buscara la forma correcta de responder.

- Me gusta que te cuestiones las cosas, Jeshua -dijo finalmente - Y te lo explicaré así. A veces nosotros mismos no entendemos todo lo que ronda dentro de nuestra cabecita. O simplemente preferimos ignorar de dónde vienen ciertas cosas porque sabemos que podrían doler.

Se levantó de la silla y caminó hacia una pequeña pizarra colgada en la pared. Tomó un plumón.

-Pero cuando evitamos algo durante mucho tiempo -continuó- no desaparece. Es como una herida.

Dibujó un pequeño círculo en el centro de la pizarra. Dentro comenzó a marcar varias pequeñas X.




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