Lo que Él me enseñó

CAPITULO IV

(Canción para acompañar: Mind is The Magic - Michael Jackson)

- Creo que necesitaremos más frazadas, hay luna llena así que hará frío - dijo el señor Isidoro, y sin añadir nada más se dio la vuelta para ir a buscarlas.

La carpa ya estaba lista en el patio. Logan y yo estábamos inclinados sobre el colchón inflable, concentrados en terminar de llenarlo. La noche se acercaba con calma; el sol se quedaba detenido en esa franja del cielo donde todo adquiría un tono anaranjado, y el aire comenzaba a enfriarse lo suficiente como para sentirse en la piel. Los pájaros cantaban con más insistencia, como si reconocieran ese momento del día, y el viento pasaba entre las plantas del jardín, moviéndolas con suavidad, generando un sonido constante que me ayudaba a mantenerme tranquilo.

Logan subía y bajaba el inflador con esfuerzo, usando todo su peso en cada movimiento, mientras yo sostenía la boquilla para que no se soltara. Cuando se concentraba demasiado, dejaba escapar la punta de la lengua hacia un costado, un gesto involuntario que lo hacía ver más pequeño. Me quedé mirándolo un instante, sin decir nada, hasta que decidí intervenir.

- Ya falta poco - le dije.

Se detuvo apenas un segundo, tomó aire y continuó con más fuerza. Él mismo se había ofrecido a hacerlo, así que no intenté ayudarlo más allá de sostener el colchón.

- Será emocionante, ya verás. El abuelo me enseñó todo esto. Una vez dormimos aquí afuera... fue horrible - comentó.

Giré de inmediato hacia él, atento, con el cuerpo tensándose sin querer, esperando algo que no quería escuchar.

- Mi abuelo ronca demasiado, creo que ese día me volví sordo del lado derecho -añadió riéndose.

Solté el aire despacio y bajé la mirada, aliviado.

- Creo que a esa edad es habitual - respondí.

- Tú también roncas, solo que no te escuchas, chiquito - intervino el señor Isidoro desde atrás, tomándonos desprevenidos.

- ¡Uy! Entonces hoy lo sufrirá el tímpano de Jeshua - dijo Logan riéndose, completamente ajeno a que quien realmente lo dejaría "sordo" sería yo; en ese entonces mi ronquido era fuerte, mucho más de lo que ahora estoy dispuesto a admitir. Sin embargo, el se movía demasiado, como si nunca encontrara una posición cómoda.

- Aquí están las colchas, muchachos. ¿Cómo va ese colchón? - preguntó el señor Isidoro mientras las dejaba en el suelo. Luego se acercó, se hincó, presionó la superficie con la mano y asintió - Listo, sí los aguantará.

Antes de meter el colchón, acomodamos bien algunas sábanas sobre el suelo para evitar el frío. Luego lo colocamos encima y terminamos de preparar el interior con las frazadas y las almohadas.

- Bien hecho, chicos - dijo el abuelo, levantando ambas manos.

Logan chocó los cinco con una de ellas sin dudar. La otra quedó frente a mí. Dudé un momento antes de corresponder, pero lo hice. Él me sonrió con naturalidad, en ese instante noté algo que no había reconocido hasta entonces: el miedo que había traído conmigo hasta ese lugar se había reducido lo suficiente como para dejarme estar.

- Falta el recipiente para hacer la fogata - exclamó Logan, y salió corriendo de inmediato a buscarlo.

Exhalé, dejando que mis hombros se relajaran. No quiero sonar grosero, pero entiéndanme, poco a poco me estaba acostumbrando a la energía inagotable de Logan, así que tener un momento a solas tampoco me venía mal.

- ¡Hey, Jeshua! Ayúdame a traer un poco de madera - me llamó el señor Isidoro, haciéndome una seña.

Lo seguí hasta un pequeño cuarto de madera donde guardaban herramientas de jardinería. Abrió la puerta y comenzó a pasarme trozos de leña, uno tras otro.

- Ponlos a un costado de la carpa, pequeño - indicó.

Asentí y llevé la madera hasta el lugar indicado, acomodándola con cuidado. Él siguió sacando algunos más, los suficientes para darnos calor y para preparar los malvaviscos más tarde.

Cuando terminamos, se acercó a la carpa y dejó caer los últimos trozos. Luego se sacudió las manos y me miró con atención.

- ¿Cómo te estás sintiendo, pequeño? - preguntó - ¿Te has sentido cómodo?

Me quedé en silencio unos segundos. No era que no tuviera una respuesta, sino que no sabía cómo decirla sin que sonara extraña.

- Sí... - respondí en voz baja - Es... divertido.

La palabra salió con cierta dificultad, acompañada de esa tartamudez que aún no lograba controlar, pero esta vez no era mentira.

- Me alegra, Jeshua. Siempre serás bienvenido a esta casa - dijo el señor Isidoro.

Pude sentir la sinceridad en sus palabras; no era solo una frase amable, había algo más en la forma en que lo dijo, algo que alcanzó a tocarme por dentro. Le devolví la sonrisa con timidez, sin saber muy bien cómo reaccionar ante algo así.

En ese momento se escucharon pasos acercándose. Era Logan, cargando el recipiente junto con su soporte. Venía haciendo esfuerzo; se notaba en la forma en que apretaba los labios y en cómo intentaba sostener el peso sin dejarlo caer. Me acerqué de inmediato y tomé una parte, ayudándolo con lo más pesado.

Entre los dos logramos llevarlo hasta el jardín. Lo colocamos a una distancia prudente de la carpa, acomodamos la madera dentro, añadimos un poco de alcohol y el abuelo se encargó de encenderlo. La llama apareció con rapidez, extendiéndose entre los trozos de leña hasta estabilizarse.

- Mientras tanto, vayan a colocarse sus pijamas - nos indicó.

Subimos con entusiasmo. Nos cambiamos rápido, cada uno respetando su espacio. Logan apareció con una pijama acolchonada y sus pantuflas de carritos, que hacían un pequeño sonido al caminar. Yo, en cambio, solo había llevado una.

- Toma esto - dijo de pronto.

Abrió uno de los cajones de su ropero y sacó una chompa de algodón verde, con pequeños dibujos de animales. Me la entregó sin dudar. Me la puse enseguida; era un poco grande, pero abrigaba lo suficiente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.