(Canción para acompañar: Bless His Soul - The Jackson 5)
- Logan... - susurré, dándole un leve empujón en el hombro. No reaccionó; parecía desconectado del mundo, echado boca abajo sobre una almohada húmeda de baba.
- Despierta - repetí, moviéndolo con más fuerza.
Finalmente alzó la cabeza, entornando esos ojos achinados por el cansancio. Parecía un náufrago espacial que acababa de aterrizar en la Tierra.
- ¿Qué pasa? - balbuceó entre bostezos. Se sentó en el borde de la cama y, con total naturalidad, se limpió la boca con la manga de su polo. Yo contuve una risa. Con el cabello disparado en todas direcciones y una mueca de fastidio, era obvio lo mucho que detestaba madrugar.
- ¿No tenías que entrar a trabajar a las ocho?
El pánico lo golpeó de golpe.
- ¿Qué hora es?
- Las nueve. Vas a tener que volar - En realidad eran las siete y media, pero él no tenía por qué saberlo. Me crucé de brazos, adoptando la postura de un hermano mayor a punto de regañarlo.
- ¡Mierda! ¿Por qué no me despertaste antes? - refunfuñó. Ya estaba de pie, hurgando de forma caótica en su clóset. Se pasó una camisa blanca por los hombros y se metió al baño corriendo.
- La verdadera pregunta es por qué regresaste tan tarde anoche - le grité a la madera de la puerta.
- ¡Es mi método para ahogar las penas! - bramó desde dentro entre el ruido del agua.
Había terminado otra de sus tantas relaciones, amistades o "experiencias", como prefería definirlas. Su proceso de duelo nunca variaba, llanto, música a todo volumen, fiesta y alcohol. Algunas veces yo lo acompañaba en sus salidas, pero evitaba el alcohol a toda costa debido a una mala experiencia que habíamos tenido años atrás.
Cuando cumplimos diecinueve años, decidimos que era momento de experimentar lo que era una discoteca. Solo porque sí. Llegamos a una recién inaugurada y estaban regalando cócteles de bienvenida. Lo interpreté como una señal del universo. Una cosa llevó a la otra y, cuando el DJ puso Wanna Be Startin' Somethin' de Michael Jackson, algo en mi interior despertó. A ver, mal bailarín no soy y gran fan del Rey del Pop sí que soy; así que con los efectos del alcohol haciendo de las suyas por primera vez en mi sistema... el resultado fue catastrófico.
El señor Holt nos impuso un castigo histórico de trescientos sesenta y cinco días. Sus razones: no contestar el teléfono, que Logan decorara el interior de su auto con vómito y que yo, por motivos que la ciencia aún no logra explicar, terminara durmiendo en su propia cama.
Aunque fue una noche legendaria, nos costó la prohibición absoluta de volver a beber, o al menos no en exceso y mucho menos llegar en ese estado a casa.
- ¡Apúrate, te espero abajo! - grité.
Bajé al comedor. Susán había dejado empanadas de pollo la noche anterior, en esta casa nunca faltaba la buena comida. Guardé un par en tápers individuales para Logan y para mí. Fue ahí cuando vi el papelito doblado sobre la mesa:
Vayan con cuidado. Si van a llegar tarde, avisen. :) Logan, no te olvides de recoger el encargo de tu papá. Jeshua, pasa por la ropa a la tintorería. Besos.
Cumplir con los recados diarios era fácil de decir, pero difícil de ejecutar cuando el día te consumía vivo. Intenté solucionarlo con alarmas en el teléfono, pero mi sistema fallaba cuando olvidaba programarlas en primer lugar.
Minutos después, Logan bajó las escaleras a trompicones con su bolso al hombro. Le entregué su táper y la nota de Susán.
- No lo olvides - le advertí.
Él leyó el papel, soltó un suspiro de resignación y no dijo nada más. Salimos a toda prisa de la casa rumbo al paradero a esperar el bus.
De niño creía que los autobuses eran exclusivos para los colegiales y que los adultos se movilizaban en sus propios autos. Por ende, asumía que al crecer me tocaría comprarme uno obligatoriamente. No me desengañé de esa idea hasta que me mudé a Hackensack. El sistema de transporte aquí era enorme, con buses para todos lados e incluso un corredor exclusivo que iba más rápido que cualquier coche particular. Me prometí que, si alguna vez adquiría un vehículo, sería uno de esos gigantes de tránsito rápido. Aunque, claro, Logan siempre me recuerda que no es precisamente el tipo de auto que alguien compraría para uso personal.
- ¿Qué tal la fiesta de anoche? - pregunté, mirándolo con curiosidad mientras esperábamos en el paradero.
- Divertidísima. Te la perdiste. Es más, una chica estuvo preguntando por ti - me molestó Logan, dándome un codazo.
- Qué bueno por ella, la felicito - contesté con sarcasmo. Logan rodó los ojos.
- Más tarde te cuento los detalles. ¿Irás a la universidad o al centro hoy?
- A ambos sitios. Tengo que ir a la facultad por una observación que le hicieron a mi título - suspiré, ajustando el peso de mi mochila - Tenían que entregarme todo corregido para no tener problemas y poder dar el examen de admisión a la residencia médica sin complicaciones.
- Verás que todo saldrá bien. Acuérdate de ese curso que al principio me costó la vida y que pasé con las justas, pero pasé. ¿Te acuerdas?
- Es que no tenías opción si querías conservar la beca.
- Y si quería evitar a mi papá recordándome todas las mañanas que esto no es un juego y que, aunque fuera una beca, la plata no cae del cielo.
El señor Holt no daba tregua cuando se trataba del futuro de Logan. Su filosofía de crianza era bastante peculiar: Salta de un puente si quieres, raya paredes o ponte aretes, pero no descuides tus estudios. Y bajo ninguna circunstancia tengas un bebé ahora.
Yo tenía mi propio lema al respecto: Si no puedes mantener a un niño, no lo tengas. Estaba totalmente de acuerdo con el señor Holt en eso.
El bus se detuvo frente a nosotros con un bufido de aire comprimido. Subimos a toda prisa y nos fuimos directo a los asientos de atrás; esa zona de peligro donde cada bache del camino te hace despegar del asiento.