"Lo que el olvido no pudo borrar"

Donde termina la memoria.

CAPÍTULO 1
La puerta
La lluvia había comenzado poco después de las ocho.
A las diez de la noche, el camino que conducía a la mansión Valdés era apenas una cinta negra entre los árboles. Las luces exteriores iluminaban parcialmente la entrada, pero el agua convertía todo lo demás en sombras.
Adrián llevaba más de una hora encerrado en su despacho.
Sobre el escritorio se acumulaban documentos que no estaba leyendo.
Tenía la costumbre de trabajar hasta tarde cuando quería evitar pensar.
Y aquella noche necesitaba no pensar.
Habían pasado once años.
Once años desde que una mujer había desaparecido de su vida sin dejar más que preguntas.
Once años desde la última vez que había escuchado su voz.
Once años desde aquella noche de lluvia en que él mismo había decidido terminar con todo.
Adrián había aprendido a convivir con la culpa.
No a perdonarse.
Eso era diferente.
Un ruido seco interrumpió sus pensamientos.
Levantó la cabeza.
Silencio.
Miró hacia la puerta.
—¿Escuchaste eso? —preguntó.
Uno de sus hombres apareció en el umbral.
—No, señor.
Adrián esperó.
Entonces escuchó algo nuevamente.
Un automóvil.
Se levantó.
—Ve a revisar la entrada.
El hombre salió.
Adrián caminó hasta la ventana.
Las luces de un vehículo aparecieron entre la lluvia.
No era uno de los automóviles de la casa.
El vehículo avanzó lentamente por el camino.
Se detuvo.
Adrián frunció el ceño.
La puerta del acompañante se abrió.
Algo cayó al suelo.
El automóvil arrancó.
—¡Deténganlo!
Los guardias corrieron.
Pero el vehículo ya había desaparecido entre la lluvia.
Adrián bajó las escaleras.
Al abrir la puerta principal, el aire helado le golpeó el rostro.
Uno de los hombres estaba arrodillado junto a la figura.
—Está viva.
Adrián se acercó.
Era una mujer.
Parecía joven.
Estaba empapada, descalza y cubierta de heridas antiguas y recientes.
Tenía el rostro demasiado pálido.
Adrián se agachó.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Apartó lentamente el cabello que cubría su rostro.
Y se quedó inmóvil.
No.
No podía ser.
Había imaginado aquel rostro tantas veces que, durante años, había dejado de confiar en sus propios recuerdos.
Pero aquella pequeña cicatriz junto a la ceja...
Aquellos ojos...
Incluso después de once años, los reconocería en cualquier lugar.
—Camila.
La palabra salió de su boca como un suspiro.
Uno de los hombres lo miró.
—¿La conoce?
Adrián no contestó.
La mujer abrió los ojos.
Por un instante, sus miradas se encontraron.
Adrián sintió que el tiempo retrocedía.
Pero ella no sonrió.
No pronunció su nombre.
No lloró.
Solo lo observó con un miedo profundo.
—Camila...
Adrián estiró una mano.
Ella se estremeció violentamente y trató de alejarse.
—No.
Adrián se detuvo.
—Está bien.
Ella respiraba con dificultad.
—No me toque.
Él bajó la mano.
—No voy a hacerlo.
Los médicos llegaron corriendo.
Camila cerró los ojos.
Antes de perder nuevamente la conciencia, murmuró:
—¿Dónde estoy?
Adrián tragó saliva.
—En casa.
Ella volvió a abrir los ojos.
—¿Quién es usted?
Aquella pregunta fue peor que cualquier otra cosa.
Adrián sintió que algo se rompía dentro de él.
—Adrián.
Ella negó débilmente.
—No lo conozco.
Después se desmayó.
Los médicos se la llevaron.
Adrián permaneció bajo la lluvia.
No sintió el frío.
No sintió el agua.
Solo podía pensar en una cosa.
Camila estaba viva.
Y no lo recordaba.




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