Capítulo 3.
Once años atrás, Camila todavía creía que el futuro podía construirse.
Tenía diecinueve años.
Y tenía planes.
No eran grandes.
No necesitaba una vida extraordinaria.
Quería estudiar.
Viajar.
Tener una casa.
Una familia.
Y, sobre todo, quería que Adrián formara parte de todo aquello.
Él había entrado en su vida de una manera inesperada.
Adrián era reservado con casi todo el mundo.
Con ella era distinto.
Camila conseguía hacerlo sonreír.
Y cuando él sonreía, ella sentía que había ganado algo que nadie más podía tener.
Durante meses vivieron una felicidad que ninguno de los dos cuestionó.
Hasta que Adrián comenzó a cambiar.
Las llamadas disminuyeron.
Las visitas se hicieron menos frecuentes.
A veces desaparecía durante días.
Cuando Camila preguntaba, él decía:
—Problemas.
—¿Qué problemas?
—Nada que puedas solucionar.
—Entonces déjame ayudarte.
—No.
—¿Por qué?
Adrián no respondía.
Una tarde, Camila lo enfrentó.
—Estás intentando alejarme.
—No.
—Sí.
—Camila...
—Mírame.
Él lo hizo.
—¿Ya no me quieres?
Adrián sintió que aquella pregunta podía destruirlo.
—No hagas esto.
—Respóndeme.
Silencio.
—Adrián.
—Te quiero.
Ella respiró.
—Entonces quédate.
Él apartó la mirada.
—No puedo.
La última noche llovía.
Camila tenía los ojos llenos de lágrimas.
—No entiendo.
—Es mejor así.
—¿Para quién?
Adrián no respondió.
—¿Para ti?
—Para los dos.
—No decidas por mí.
Él quiso acercarse.
Camila dio un paso atrás.
—Si te vas ahora, no vuelvas.
Adrián se quedó inmóvil.
Sabía que debía quedarse.
Pero también creía que alejarla era la única manera de mantenerla viva.
Se marchó.
Nunca supo que, menos de cuarenta y ocho horas después, Camila desaparecería.
Nunca supo que estaba embarazada.
Y nunca imaginó que su decisión terminaría costándole once años de vida.