"Lo que el olvido no pudo borrar"

Los años sin nombre.

Capítulo 5.

El tiempo dejó de tener significado mucho antes de que Camila dejara de recordar su nombre.
Al principio había contado los días.
Era lo primero que había intentado hacer.
Cada mañana, cuando despertaba, buscaba alguna referencia: una ventana, una fecha, una conversación, cualquier cosa que pudiera decirle cuánto tiempo llevaba allí.
Pero las ventanas eran escasas.
Los relojes desaparecían.
Las habitaciones cambiaban.
Y las personas que la vigilaban jamás respondían cuando preguntaba.
—¿Qué día es?
Silencio.
—¿Dónde estoy?
Silencio.
—¿Cuánto tiempo llevo aquí?
La respuesta siempre era la misma.
—No necesitas saberlo.
Durante los primeros meses, Camila todavía tenía fuerzas para protestar.
Golpeaba las puertas.
Gritaba.
Preguntaba por su familia.
Amenazaba con denunciarlos.
Intentaba escapar.
La primera vez que consiguió llegar hasta una puerta exterior, creyó que lo había logrado.
Había esperado durante horas.
Había memorizado los movimientos de los hombres que la vigilaban.
Había contado los pasos.
Había esperado el momento adecuado.
Cuando finalmente cruzó aquella puerta, sintió el aire de la noche sobre el rostro y comprendió que podía correr.
Corrió.
No supo cuánto.
Solo sabía que debía alejarse.
Pero no llegó demasiado lejos.
La encontraron.
Después de aquella noche, Camila comprendió algo que tardaría años en aceptar:
su libertad no dependía solamente de que pudiera abrir una puerta.
También dependía de que existiera un lugar al que pudiera escapar.
Y ella no sabía dónde estaba.
No sabía en qué ciudad.
No sabía a quién acudir.
No sabía qué nombres dar.
No sabía siquiera si alguien seguía buscándola.
Aquella última pregunta fue la que terminó destruyéndola.
Una noche, sentada en el suelo de una habitación, abrazó sus rodillas.
—¿Me están buscando?
Nadie respondió.
—Mi familia debe estar buscándome.
Silencio.
—Él debe estar buscándome.
Uno de los hombres se detuvo frente a la puerta.
—¿Quién?
Camila levantó la mirada.
—Adrián.
El hombre sonrió.
No dijo nada.
Pero aquella sonrisa fue suficiente para hacerle comprender que conocía el nombre.
Y eso significaba que no la habían elegido al azar.
Aquella noche Camila no durmió.
Por primera vez comprendió que su desaparición podía tener relación con alguien más.
Con él.
Con Adrián.
Con la vida que había tenido antes.
Con algo que ella todavía no entendía.
Los años comenzaron a confundirse.
Camila fue trasladada de un lugar a otro.
A veces permanecía semanas en una casa.
Otras veces solo unos días.
Nunca le permitían acostumbrarse.
Nunca le daban tiempo para establecer vínculos.
La explotación se convirtió en una rutina cruel y repetitiva.
Había noches que terminaban en silencio.
Otras en lágrimas.
Otras en miedo.
Camila aprendió a no mirar los rostros.
Aprendió a mantener los ojos bajos.
Aprendió que preguntar demasiado podía ser peligroso.
Aprendió a esconder pequeñas cosas.
Un lápiz.
Un papel.
Una cinta para el cabello.
Cualquier objeto que pudiera recordarle que todavía era una persona.
Una vez consiguió conservar una fotografía.
Era vieja.
Estaba doblada.
En ella aparecía una muchacha de diecinueve años sonriendo junto a un hombre.
Camila sabía quiénes eran.
O creía saberlo.
Ella y Adrián.
La escondió durante meses.
Hasta que una noche la encontraron.
—¿Quién es?
Camila no respondió.
El hombre volvió a preguntar.
—¿Quién es?
—Nadie.
La fotografía fue destruida delante de ella.
Camila no lloró.
Eso fue lo que más miedo le dio.
Porque comprendió que algo dentro de ella estaba empezando a morir.
La sedación hizo el resto.
No siempre la mantenían dormida.
A veces eran dosis que simplemente la dejaban confusa.
El mundo se volvía lento.
Las voces parecían venir desde muy lejos.
Los días se mezclaban.
Despertaba sin saber cuándo había cerrado los ojos.
Comía sin saber qué hora era.
Dormía sin saber si era de día o de noche.
Poco a poco, su memoria comenzó a fallar.
Primero olvidó detalles.
Después acontecimientos.
Una conversación desaparecía.
Una habitación dejaba de tener nombre.
Un rostro se convertía en una sombra.
Hasta que un día intentó recordar el rostro de su madre.
No pudo.
Camila se quedó sentada en silencio durante horas.
—Mamá...
La palabra salió de sus labios.
Pero el rostro no apareció.
Lloró hasta quedarse dormida.
Al despertar, tampoco recordó por qué había llorado.
Ese fue el comienzo del verdadero vacío.
No estaban destruyendo solamente sus recuerdos.
Estaban destruyendo la historia que los unía.
Y Camila empezó a desaparecer de sí misma.




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