"Lo que el olvido no pudo borrar"

Aprender a desaparecer.

Capítulo 6.

Había una habitación que Camila recordaba mejor que ninguna otra.
No porque fuera especial.
Sino porque no tenía ventanas.
Las paredes eran blancas.
La puerta gris.
Una lámpara en el techo.
Nada más.
Cuando la llevaban allí, sabía que debía tener miedo.
Pero ya no sabía exactamente de qué.
Se sentaba en el suelo y miraba la pared.
A veces contaba las pequeñas imperfecciones de la pintura.
Una.
Dos.
Tres.
Veinte.
Cuarenta.
Era mejor contar que pensar.
Porque pensar significaba recordar.
Y recordar dolía.
Con el tiempo, Camila descubrió una manera de escapar sin moverse.
Simplemente dejaba de estar allí.
Escuchaba las voces.
Veía las sombras.
Sentía su propio cuerpo.
Pero dentro de su cabeza imaginaba otro lugar.
Un campo.
Una playa.
Una habitación llena de luz.
No sabía si aquellos lugares habían existido.
Tal vez eran recuerdos.
Tal vez sueños.
Tal vez eran inventados.
Pero allí estaba a salvo.
Durante esos momentos, no era una mujer cautiva.
Era Camila.
La de antes.
La muchacha que reía.
La que discutía por tonterías.
La que tenía planes.
La que amaba.
La que todavía no sabía que el mundo podía destruir una vida en un instante.
Con los años, aquella capacidad de desconectarse se hizo automática.
Cuando algo resultaba demasiado insoportable, su mente se alejaba.
Después regresaba.
Pero nunca completamente.
Era como vivir detrás de un vidrio.
Veía el mundo.
Podía tocarlo.
Pero algo la separaba de él.
Los médicos que ocasionalmente la atendían hablaban entre ellos.
—Tiene episodios disociativos.
—La memoria está muy afectada.
—El trauma es prolongado.
Camila no comprendía aquellas palabras.
Solo sabía que olvidaba.
Y que olvidar podía ser aterrador.
Una mañana despertó y no supo cuántos años tenía.
Miró sus manos.
Ya no eran las manos de una muchacha.
Habían cambiado.
Su rostro también.
Se acercó a un espejo.
Durante unos segundos no se reconoció.
—¿Quién eres?
La mujer del espejo no respondió.
Camila apoyó una mano sobre el cristal.
—¿Quién eres?
Nada.
Después apareció un nombre.
No sabía de dónde.
Camila.
Eso era todo.
Camila.
No apellido.
No familia.
No pasado.
Solo un nombre.
Una noche apareció nuevamente Adrián.
No físicamente.
En un sueño.
Estaba bajo la lluvia.
Como la última noche que lo había visto.
Él la miraba.
Ella lloraba.
—No te vayas.
Él no respondía.
—No me dejes.
Entonces Adrián se alejaba.
Camila despertó gritando.
—¡Adrián!
Los hombres de la habitación entraron.
—¿Qué dijiste?
Ella los miró aterrorizada.
No sabía por qué había dicho aquel nombre.
Pero, por primera vez en años, había recordado algo.
No un rostro.
No una historia.
Solo una sensación.
Había amado a alguien.
Y alguien la había abandonado.
Camila se llevó las manos al pecho.
No sabía si aquel recuerdo era real.
Pero había dolido como si lo fuera.




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