"Lo que el olvido no pudo borrar"

Una vida que ella nunca conoció.

Capítulo 7.

Camila había dejado de contar los años.
Al principio había contado los días.
Después, los meses.
Finalmente, dejó de contar.
El tiempo había perdido su forma.
Ya no sabía si tenía veinte, veintidós o veinticinco años. No sabía en qué estación estaba. No sabía cuánto llevaba en aquel lugar ni cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había visto el sol sin barrotes, sin una ventana pequeña o sin alguien vigilándola.
Su vida se había convertido en una sucesión de despertares.
Abría los ojos.
Una habitación.
Una cama.
Una luz blanca.
Una voz.
Después oscuridad.
Y nuevamente despertar.
A veces conseguía recordar algo durante unos minutos.
Un nombre.
Una calle.
Una canción.
El rostro de una mujer que creía haber sido su madre.
Después todo volvía a desvanecerse.
Era como intentar sostener agua entre las manos.
Cuanto más fuerte apretaba, más rápido desaparecía.
Y, sin que Camila pudiera saberlo, durante aquellos meses estaba ocurriendo algo dentro de ella que cambiaría para siempre su vida.
Algo que jamás llegaría a recordar de la manera en que debería.
La primera señal fue el cansancio.
Camila dormía más de lo habitual.
Pero nadie se sorprendió.
La mantenían sedada con frecuencia y su cuerpo estaba acostumbrado al agotamiento.
Una mañana se despertó con una sensación extraña.
Tenía náuseas.
Se incorporó lentamente.
El movimiento hizo que el mundo comenzara a girar.
Volvió a acostarse.
—¿Qué me pasa?
No hubo respuesta.
Una mujer entró poco después y dejó un vaso de agua sobre la mesa.
Camila lo miró.
—Tengo sed.
La mujer se lo entregó.
Camila bebió.
—¿Estoy enferma?
—No.
—Entonces, ¿por qué me siento así?
La mujer la observó unos segundos.
—Es por los medicamentos.
Camila aceptó la explicación.
No tenía motivos para desconfiar.
En aquel lugar, los medicamentos explicaban casi todo.
El cansancio.
Los mareos.
Las horas perdidas.
Los sueños extraños.
Las lagunas de memoria.
Así que cuando su cuerpo comenzó a cambiar, Camila no sospechó nada.
No podía imaginar que estaba embarazada.
Mucho menos que aquellos cambios tenían relación con una vida creciendo dentro de ella.
Las semanas siguientes se volvieron aún más confusas.
Camila comenzó a dormir durante períodos cada vez más largos.
Había momentos en los que despertaba sin saber dónde estaba.
En ocasiones abría los ojos y encontraba una habitación diferente.
Una cama diferente.
Un techo diferente.
Un olor diferente.
—¿Dónde estoy?
—En otro lugar.
—¿Por qué?
—Porque nos estamos trasladando.
Era siempre la misma respuesta.
No preguntaba más.
Había aprendido que algunas preguntas solo provocaban problemas.
Durante aquellos días, su memoria se volvió todavía más frágil.
Un día recordó a Adrián.
No su rostro completo.
Solo sus manos.
Las recordaba sosteniendo las suyas.
La imagen apareció de repente.
Tan clara que Camila se quedó inmóvil.
Él estaba frente a ella.
Sonreía.
Ella también.
Había sol.
Había árboles.
Y una sensación de felicidad que no sabía explicar.
Después apareció otra imagen.
Adrián alejándose.
Ella llorando.
Una puerta cerrándose.
Camila abrió los ojos.
—Adrián...
La palabra salió de sus labios.
Era extraño.
No recordaba haberlo pronunciado en mucho tiempo.
Se tocó el pecho.
Dolía.
No sabía por qué.
Mientras tanto, quienes la mantenían cautiva sabían perfectamente lo que estaba sucediendo.
Lo supieron antes que ella.
La observaron.
Esperaron.
Y decidieron que Camila no debía enterarse.
No porque les importara su bienestar.
Todo lo contrario.
La ignorancia era otra forma de control.
Y ella ya vivía bajo control absoluto.
Nadie le explicó lo que estaba pasando.
Nadie le habló del embarazo.
Nadie le permitió comprender por qué su cuerpo cambiaba.
La sedación continuó.
Los días se volvieron noches.
Las noches se volvieron semanas.
Y Camila siguió viviendo dentro de una niebla.
Una tarde despertó con lágrimas en los ojos.
No sabía por qué estaba llorando.
Se incorporó lentamente.
La habitación estaba en silencio.
Se miró las manos.
—¿Qué me pasa?
Nadie respondió.
Camila se llevó una mano al pecho.
Sentía una tristeza inexplicable.
No era miedo.
No era dolor.
Era otra cosa.
Una ausencia.
Algo que no podía nombrar.
Se levantó y caminó hasta el espejo.
Miró su reflejo.
Su rostro había cambiado.
Era más delgado.
Más pálido.
Sus ojos parecían mayores que ella.
Camila apoyó una mano sobre el cristal.
—¿Quién soy?
El reflejo no respondió.
—¿Quién soy?
Cerró los ojos.
Y, por un instante, escuchó una risa.
Una risa infantil.
Muy breve.
Camila abrió los ojos.
No había nadie.
Miró hacia la puerta.
Nada.
Se llevó una mano a la cabeza.
—Estoy imaginando cosas.
Eso fue lo que se dijo.
No sabía que aquel sonido no era un recuerdo de algo ocurrido.
Era una emoción sin imagen.
Un instinto.
Una sensación que su mente todavía no sabía traducir.
El embarazo avanzó mientras Camila permanecía en aquel estado de confusión.
Su cuerpo hacía lo que podía.
Su mente no entendía.
Había días en que se sentía extrañamente protegida por una sensación que no podía explicar.
A veces colocaba las manos sobre su abdomen.
No sabía por qué.
Simplemente lo hacía.
Y, durante unos segundos, sentía calma.
Era una de las pocas cosas que conseguían tranquilizarla.
Una noche se quedó dormida con ambas manos apoyadas allí.
Soñó con una casa.
Una casa que no reconocía.
Había una cuna.
Una ventana abierta.
Una manta blanca.
Y una voz.
—Mamá.
Camila despertó de golpe.
Respiraba rápidamente.
La habitación estaba vacía.
—¿Mamá?
La palabra le produjo un escalofrío.
No entendía por qué.
Se sentó en la cama.
Miró hacia la oscuridad.
—Yo no soy mamá.
Lo dijo en voz alta.
Como si necesitara convencerse.
Y después volvió a dormir.
El nacimiento llegó sin que Camila comprendiera lo que estaba sucediendo.
Todo ocurrió dentro de una bruma.
Dolor.
Luces.
Voces.
Pasos.
Personas entrando y saliendo.
Camila intentaba entender.
—¿Qué pasa?
Nadie le respondía claramente.
—¿Qué me pasa?
Una voz le dijo que respirara.
Otra le pidió que se tranquilizara.
Camila cerró los ojos.
Por un momento sintió miedo.
Un miedo profundo.
Instintivo.
Como si alguna parte de ella supiera que estaba a punto de perder algo.
—No...
No sabía qué estaba negando.
Solo sabía que no quería quedarse sola.
Después todo se volvió borroso.
Cuando volvió a abrir los ojos, el mundo estaba en silencio.
Camila estaba exhausta.
Intentó incorporarse.
Una mujer apareció junto a ella.
—Descansa.
Camila miró alrededor.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Por qué me siento así?
—Necesitas dormir.
Camila frunció el ceño.
Había algo que no encajaba.
Algo faltaba.
Pero no podía descubrir qué.
Miró hacia la puerta.
—¿Dónde está...?
Se detuvo.
No sabía qué iba a preguntar.
—¿Dónde está quién?
Camila permaneció callada.
No lo sabía.
Había una palabra que quería pronunciar.
Pero no encontraba cuál.
Finalmente negó con la cabeza.
—Nada.
La mujer salió.
Camila volvió a cerrar los ojos.
No sabía que, en otra habitación, alguien sostenía por primera vez a un recién nacido.
No sabía que aquel niño llevaba su sangre.
No sabía que tenía sus ojos.
No sabía que acababa de convertirse en madre.
El bebé fue separado de ella antes de que pudiera saber que había existido.
No hubo despedida.
No hubo última mirada.
No hubo una fotografía para guardar.
No hubo nombre elegido por Camila.
No hubo una mano materna que pudiera tocar aquella pequeña cabeza y memorizarla.
Para ella, simplemente había un vacío.
Un vacío que no sabía explicar.
Para el niño, en cambio, comenzaba una nueva vida.
Una familia lo esperaba.
Una familia que no sabía nada.
No conocían a Camila.
No conocían a Adrián.
No conocían el origen del niño.
No sabían que su madre estaba viva.
Tampoco sabían que había sido víctima de un crimen.
No recibieron una historia.
Recibieron un bebé.
Y lo amaron.
Desde el primer momento.
Para ellos no era un secreto.
Era su hijo.
Camila despertó nuevamente varios días después.
La habitación estaba vacía.
Se sentó.
Sintió una presión extraña en el abdomen.
Miró su cuerpo.
Algo había cambiado.
Pero no sabía qué.
Durante unos segundos creyó que debía recordar algo.
Esperó.
Nada.
Se llevó una mano a la frente.
Entonces una imagen apareció.
Una pequeña mano.
Diminuta.
Sus dedos cerrándose alrededor de algo.
Camila.
Ella misma.
Pero la imagen desapareció antes de que pudiera comprenderla.
—¿Qué fue eso?
Se levantó.
Caminó hasta el espejo.
—¿Qué me están haciendo?
Nadie respondió.
Camila empezó a llorar.
No sabía por qué.
Pero el llanto no se detenía.
Había una tristeza en su interior que parecía no pertenecerle.
Una tristeza que no tenía historia.
No sabía que estaba llorando por alguien a quien jamás había conocido.
Pasaron los meses.
El recuerdo del nacimiento se convirtió en una zona completamente negra.
Camila no recordaba haber estado embarazada.
No recordaba haber dado a luz.
No recordaba un bebé.
Pero algo quedó.
Una sensación.
Una ausencia.
Una necesidad inexplicable de proteger algo.
A veces soñaba con una voz.
Otras, con una pequeña mano.
Nunca veía un rostro.
Nunca escuchaba un nombre.
Solo despertaba con lágrimas.
Una mañana encontró un pedazo de papel bajo la cama.
No recordaba haberlo escrito.
Había una sola palabra.
Hijo.
Camila lo miró durante varios minutos.
Sintió miedo.
Lo rompió.
Pero después se arrepintió.
Buscó los pedazos.
Los juntó.
Los volvió a mirar.
—¿Por qué escribí esto?
No había respuesta.
Y como tantas otras veces, terminó creyendo que era simplemente otro fragmento de una mente rota.
Mientras Camila continuaba encerrada, el niño crecía lejos de ella.
Sus primeros pasos ocurrieron en otra casa.
Su primera palabra fue escuchada por otras personas.
Su primera fiebre fue cuidada por otros brazos.
Sus cumpleaños fueron celebrados por otra familia.
Sus fotografías llenaron álbumes que nunca llegarían a las manos de Camila.
Sus padres adoptivos lo amaron con una intensidad que jamás cuestionaron.
Y él creció creyendo que aquella familia era su principio y su final.
No sabía que existía otra mujer.
No sabía que alguien lo había llevado en su vientre.
No sabía que alguien había pasado once años sin saber que él existía.
No sabía que algún día la verdad llegaría.
Adrián tampoco sabía nada.
Para él, Camila seguía siendo la mujer que había perdido once años atrás.
La mujer que creyó muerta.
La mujer cuya fotografía todavía conservaba escondida.
Nunca imaginó que durante aquellos años había existido un niño.
Nunca supo que Camila había estado embarazada.
Nunca tuvo una pista.
Ningún documento.
Ningún nombre.
Nada.
Mientras tanto, su hijo crecía sin saber que su padre lo estaba buscando sin siquiera saber que debía buscarlo.
Mucho tiempo después, cuando Camila intentaba recordar su vida anterior, había una pregunta que siempre regresaba.
No sabía de dónde venía.
No sabía quién se la había enseñado.
Pero aparecía en sus sueños.
¿Dónde está?
Camila despertaba angustiada.
—¿Dónde está quién?
Nunca encontraba respuesta.
Una noche se levantó y caminó hasta la ventana.
La lluvia golpeaba el cristal.
Aquella lluvia le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Cerró los ojos.
Y entonces vio algo.
Un hombre.
Adrián.
Mucho más joven.
Él estaba frente a ella.
Camila lloraba.
—No me dejes.
La imagen cambió.
Una puerta.
Un automóvil.
Oscuridad.
Después una segunda imagen.
Una manta blanca.
Una pequeña mano.
Camila abrió los ojos.
El corazón le latía con fuerza.
—¿Quién eres?
No sabía a quién se lo preguntaba.
A Adrián.
Al niño.
A sí misma.
Quizás a los tres.
Se abrazó.
Por primera vez, una idea imposible atravesó su mente.
Tal vez había una parte de su vida que no solamente había olvidado.
Tal vez alguien se había asegurado de que la olvidara.
Y si eso era cierto, entonces detrás de aquel vacío había una historia.
Una historia que alguien había pasado once años intentando esconder.
Camila todavía no sabía que había sido madre.
No sabía que tenía un hijo.
No sabía que algún día descubriría su existencia.
Y mucho menos sabía que aquel niño crecería hasta convertirse en la pieza que faltaba para reconstruir toda la verdad.
Porque el pasado todavía estaba allí.
Esperando.
Y algún día, cuando Camila recuperara la memoria suficiente para mirar hacia atrás, descubriría que durante aquellos once años no le habían robado solamente su libertad.
Le habían robado la posibilidad de saber que alguien la había llamado mamá.




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