Capítulo 8.
Durante once años, Camila aprendió que el tiempo podía convertirse en una forma de tortura.
Al principio había contado los días.
Después, los meses.
Más tarde dejó de intentarlo.
No sabía cuánto tiempo llevaba encerrada. A veces pensaba que habían sido unos pocos años; otras, que toda su vida había transcurrido detrás de aquellas paredes.
Su memoria ya no era una línea.
Era un montón de fragmentos.
Pedazos de una vida que alguna vez había sido suya y que ahora parecían pertenecerle a otra mujer.
Sabía algunas cosas.
Sabía que era mexicana.
Sabía que su nombre era Camila.
Sabía que tenía treinta años, aunque aquella edad le resultaba extraña, casi imposible.
En su cabeza seguía existiendo una muchacha mucho más joven.
Una muchacha que corría.
Que reía.
Que tenía sueños.
Una muchacha que había amado.
Pero no conseguía recordar su rostro completo.
No conseguía recordar su casa.
No conseguía recordar a su familia.
No conseguía recordar cómo había llegado a aquel infierno.
Y había algo peor.
Cada vez que intentaba mirar hacia atrás, encontraba una puerta cerrada.
Detrás de ella había voces.
Una carretera.
Una despedida.
Lluvia.
Y un hombre cuyo rostro se negaba a aparecer.
No sabía quién era.
No sabía qué había significado para ella.
Ni siquiera sabía si realmente había existido.
Solo quedaba una sensación.
La sensación de haber amado a alguien.
Y de haberlo perdido.
Aquella tarde llovía.
Camila estaba sentada junto a la pequeña ventana de la habitación.
No podía abrirla.
No podía salir.
Pero podía ver el cielo.
Eso bastaba.
Había aprendido a encontrar consuelo en cosas pequeñas.
Una nube.
Un rayo de sol.
El sonido de la lluvia.
El olor de la tierra mojada cuando conseguía llegar hasta la habitación.
Aquellas cosas no le pertenecían a nadie.
Por eso las quería.
Apoyó la frente contra el cristal.
Una gota descendió lentamente.
Camila la siguió con la mirada.
Por alguna razón, aquel movimiento le provocó una sensación extraña.
Un recuerdo.
Muy breve.
Una mano sosteniendo la suya.
Una voz masculina.
Una carcajada.
Un automóvil detenido bajo la lluvia.
Y después...
Nada.
Camila cerró los ojos.
Intentó recuperar la imagen.
No pudo.
—¿Quién eras?
No sabía a quién se refería.
La pregunta quedó flotando en el silencio.
Después volvió a mirar la lluvia.
Ya no intentaba obligar a su memoria.
Había aprendido que cuanto más intentaba recordar, más dolor de cabeza sentía.
Y a veces, después de aquellos esfuerzos, despertaba sin saber dónde estaba.
Así que había aprendido a dejar los recuerdos tranquilos.
Si algún día querían regresar, regresarían.
La puerta se abrió.
Camila se apartó inmediatamente de la ventana.
Un hombre entró.
Dejó una bandeja sobre la mesa.
—Come.
Camila miró la comida.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer.
Ella no respondió.
El hombre permaneció unos segundos observándola.
—Esta noche te vas.
Camila levantó lentamente la mirada.
—¿Qué?
—Prepara tus cosas.
Camila miró alrededor.
Sus cosas.
La expresión casi le resultó graciosa.
No tenía nada.
—¿Adónde?
—No necesitas saberlo.
—¿Por qué?
El hombre no respondió.
Se dio vuelta y salió.
La puerta volvió a cerrarse.
Camila se quedó inmóvil.
Esta noche te vas.
Aquellas cuatro palabras se repitieron dentro de su cabeza.
Había aprendido a desconfiar de los cambios.
Los cambios siempre habían significado algo.
Un lugar nuevo.
Personas nuevas.
Más miedo.
Más incertidumbre.
Pero aquella vez había algo distinto.
No sabía explicarlo.
Una sensación profunda le decía que aquella sería la última vez que vería aquella habitación.
Camila se sentó en la cama.
Miró las paredes.
Había pasado tanto tiempo allí que conocía cada grieta.
Una pequeña mancha cerca del techo.
Una marca en la madera.
Una baldosa rota.
La sombra que proyectaba la ventana durante las mañanas.
Todo aquello formaba parte de su prisión.
Y, aun así, verla por última vez le provocó una tristeza inesperada.
No por el lugar.
Sino por la mujer que había sido allí.
La muchacha que había llegado con miedo.
La mujer que había pasado años aprendiendo a sobrevivir.
La persona que había llorado hasta quedarse sin lágrimas.
La que había dejado de gritar.
La que había dejado de pedir ayuda.
La que, a pesar de todo, seguía respirando.
Camila se tocó el pecho.
—Todavía estoy aquí.
Lo dijo en voz baja.
Era una frase que repetía desde hacía años.
Todavía estoy aquí.
Como si necesitara recordárselo a alguien.
Como si necesitara recordárselo a ella misma.
Pasaron varias horas.
Nadie volvió a entrar.
Camila no comió.
La lluvia continuaba.
La noche cayó lentamente.
Y cuando finalmente escuchó pasos en el pasillo, supo que había llegado el momento.
La puerta se abrió.
Dos hombres entraron.
Uno de ellos llevaba una chaqueta oscura.
El otro miró alrededor.
—Vamos.
Camila no se movió.
—¿Adónde?
—Vamos.
—Quiero saber.
El hombre la observó.
—No hagas esto difícil.
Camila sintió miedo.
Pero se levantó.
No tenía elección.
Uno de ellos le colocó un abrigo sobre los hombros.
Camila miró una última vez la habitación.
No sabía por qué, pero sintió que debía memorizarla.
La puerta.
La cama.
La ventana.
La pequeña grieta en la pared.
Todo.
Después salió.
El pasillo estaba casi vacío.
Camila caminó entre los dos hombres.
Sus piernas estaban débiles.
Había perdido mucha fuerza con los años.
Al llegar a las escaleras tuvo que detenerse.
Uno de ellos la sujetó del brazo.
Camila se tensó.
—Puedo sola.
El hombre la soltó.
Bajó lentamente.
Uno.
Dos.
Tres escalones.
Al llegar al último, respiró profundamente.
Era extraño.
No sabía qué había al otro lado de aquella puerta.
Pero por primera vez en mucho tiempo, estaba saliendo.
Aunque no sabía si aquello significaba libertad.
Afuera hacía frío.
La lluvia caía con fuerza.
Camila levantó el rostro.
Las gotas golpearon su piel.
Cerró los ojos.
Durante unos segundos se quedó quieta.
La sensación le resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Una imagen apareció.
Ella era joven.
Estaba bajo la lluvia.
Un hombre estaba frente a ella.
Ella lloraba.
—No te vayas.
La imagen desapareció.
Camila abrió los ojos.
Se llevó una mano a la cabeza.
—¿Qué...?
Uno de los hombres la miró.
—Sube.
Camila obedeció.
El automóvil olía a humedad y cuero.
Se sentó en el asiento trasero.
La puerta se cerró.
El vehículo comenzó a moverse.
Camila miró por la ventana.
La casa desapareció poco a poco.
No sintió alegría.
Tampoco alivio.
Solo una extraña sensación de vacío.
Como si una parte de ella supiera que estaba dejando atrás once años de su vida.
Aunque no pudiera recordar casi ninguno.
El trayecto fue largo.
Camila permaneció despierta todo lo que pudo.
Observó las luces de la carretera.
Intentó reconocer lugares.
No consiguió nada.
A veces aparecía una imagen.
Una plaza.
Una casa.
Un vestido.
Un hombre.
Después desaparecía.
Intentó concentrarse en una de ellas.
No pudo.
Su cabeza comenzó a doler.
Se llevó los dedos a las sienes.
—¿Cuánto falta?
Nadie respondió.
Camila miró hacia adelante.
Los hombres hablaban entre ellos.
No conseguía escuchar.
Entonces el vehículo tomó una carretera diferente.
Más oscura.
Más tranquila.
Camila sintió que algo no estaba bien.
—¿Dónde vamos?
Silencio.
—¿Dónde me llevan?
Uno de los hombres giró ligeramente la cabeza.
—Ya falta poco.
No explicó nada más.
La lluvia se intensificó.
El vehículo continuó avanzando.
Camila empezó a sentirse mareada.
No sabía si era el cansancio o algo más.
Parpadeó varias veces.
El paisaje comenzó a volverse borroso.
Apoyó la cabeza contra la ventana.
Intentó mantenerse despierta.
No quería dormir.
Había aprendido a temer el sueño.
Cada vez que despertaba después de haber sido sedada, había perdido horas.
A veces días.
No quería perder más.
Miró las luces.
Una.
Dos.
Tres.
Después todo comenzó a mezclarse.
Cerró los ojos.
Los abrió.
El automóvil seguía avanzando.
Mucho después, algo la despertó.
No sabía cuánto tiempo había dormido.
Miró por la ventana.
Había árboles a ambos lados del camino.
Una propiedad enorme apareció entre la oscuridad.
Camila se incorporó ligeramente.
Frunció el ceño.
Algo en aquel lugar le resultaba extraño.
No exactamente conocido.
Era más profundo.
Como una sensación corporal.
Una especie de eco.
Miró la mansión.
Era enorme.
Elegante.
Las luces exteriores iluminaban la entrada.
Camila sintió un escalofrío.
Intentó recordar.
Una puerta.
Un jardín.
Una voz.
Nada.
Solo un vacío.
El automóvil se detuvo.
Camila miró hacia adelante.
Nadie hablaba.
—¿Ya llegamos?
No recibió respuesta.
Uno de los hombres bajó.
El otro también.
Camila permaneció sentada.
Esperó.
La puerta del conductor se cerró.
Después escuchó pasos.
El hombre que estaba junto a ella salió del automóvil.
Camila sintió miedo.
—¿Qué pasa?
Nadie contestó.
La puerta delantera, del lado del copiloto, se abrió.
El hombre se acercó desde allí.
Camila apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Una mano la sujetó.
Intentó resistirse.
—¡No!
Pero estaba demasiado débil.
La sacaron del vehículo.
Sus pies tocaron el suelo.
La lluvia la golpeó.
Camila intentó aferrarse a algo.
No encontró nada.
Entonces recibió un golpe.
Fuerte.
Seco.
El dolor atravesó su cabeza.
El mundo se inclinó.
Las luces de la mansión se volvieron borrosas.
Camila quiso gritar.
No pudo.
Su cuerpo dejó de responder.
La oscuridad cayó sobre ella.
No supo que la arrastraron hasta la entrada.
No supo que la dejaron sobre los escalones.
No supo que uno de los hombres miró hacia la mansión antes de regresar al automóvil.
No supo que la puerta se cerró.
No supo que el vehículo se alejó.
No supo que quedó sola bajo la lluvia.
Camila estaba inconsciente.
Su cuerpo apenas se movía con la respiración.
El agua recorría su rostro.
La sangre de una pequeña herida se mezclaba con la lluvia.
Y nadie sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Dentro de la mansión, Adrián estaba despierto.
Había pasado años construyendo una vida en la que nada pudiera sorprenderlo.
Había aprendido a desconfiar de todo.
De las personas.
De las llamadas inesperadas.
De los vehículos que aparecían sin aviso.
De los silencios.
Aquella noche estaba revisando unos documentos cuando escuchó un ruido afuera.
No le dio importancia inmediatamente.
Después escuchó voces.
Se levantó.
—¿Qué ocurre?
Uno de sus hombres apareció en la puerta.
—Hay algo afuera.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué?
—No lo sé.
Adrián caminó hacia la entrada.
Abrió la puerta.
El aire frío entró de golpe.
La lluvia golpeaba los escalones.
—¿Dónde?
El hombre señaló.
Adrián bajó.
Unos metros más adelante había una figura.
Una mujer.
Tirada en el suelo.
Inmóvil.
Adrián se detuvo.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Se acercó.
Primero vio el cabello mojado.
Después el rostro parcialmente oculto.
Luego las manos.
Y finalmente los rasgos.
Adrián dejó de respirar.
No.
No podía ser.
Se arrodilló.
Apartó lentamente el cabello del rostro de la mujer.
Y entonces la reconoció.
No necesitó más.
No necesitó una fotografía.
No necesitó una identificación.
No necesitó escuchar su voz.
La había amado demasiado tiempo como para no reconocerla.
Aunque hubieran pasado once años.
Aunque su rostro hubiera cambiado.
Aunque estuviera inconsciente.
Aunque estuviera herida.
Aunque pareciera una sombra de la muchacha que recordaba.
Era ella.
—Camila...
El nombre salió quebrado.
Uno de sus hombres lo miró.
—¿La conoce?
Adrián no respondió.
No podía.
Su mirada permanecía fija en ella.
Once años.
Once años pensando que quizás estaba muerta.
Once años intentando enterrar una historia que jamás había conseguido olvidar.
Y ahora estaba allí.
Frente a él.
Viva.
Pero inconsciente.
Adrián extendió una mano.
Le temblaron los dedos.
No llegó a tocarla.
Por primera vez en muchos años, el hombre al que todos temían parecía completamente perdido.
—Dios mío...
Se inclinó un poco.
La observó.
Camila no se movió.
—Es ella.
—¿Quién?
Adrián levantó la mirada.
—Camila Cruz.
El silencio fue absoluto.
—Llama a la clínica.
—¿Ahora?
—Ahora.
Su voz recuperó la firmeza.
—Que preparen quirófano, terapia intensiva y todo lo necesario.
—Sí, señor.
—Y quiero al mejor médico disponible.
El hombre asintió y se alejó.
Adrián volvió a mirar a Camila.
Tenía demasiadas preguntas.
¿Dónde había estado?
¿Quién la había tenido?
¿Quién le había hecho aquello?
¿Por qué la habían llevado hasta su casa?
¿Por qué después de once años?
Y la pregunta que más miedo le provocaba:
¿qué quedaba de la Camila que él había conocido?
No podía responder ninguna.
Todavía.
Los médicos llegaron pocos minutos después.
La examinaron allí mismo.
—Está inconsciente.
—Ya lo veo —respondió Adrián.
—Tiene signos de haber recibido un traumatismo importante. Está muy débil y presenta múltiples lesiones antiguas.
Adrián apretó la mandíbula.
—¿Puede sobrevivir?
El médico lo miró.
—Necesitamos trasladarla inmediatamente.
—Entonces muévanla.
Prepararon la camilla.
Adrián se apartó para permitirles trabajar.
Cuando levantaron a Camila, su rostro quedó completamente iluminado.
Adrián volvió a verla.
La misma mujer.
La misma persona.
Pero también alguien que ya no conocía.
La muchacha que había amado había desaparecido once años atrás.
La mujer que ahora estaba allí llevaba las marcas de algo que él todavía no comprendía.
Y esa incertidumbre le provocó una furia silenciosa.
No contra ella.
Nunca contra ella.
Contra quien hubiera sido capaz de hacerle aquello.
La camilla comenzó a alejarse.
Adrián la siguió.
Uno de sus hombres se acercó.
—¿Quiere que averigüemos quién la trajo?
Adrián lo miró.
Sus ojos habían cambiado.
—Quiero saberlo todo.
—Sí, señor.
—De dónde salió ese automóvil.
—Sí.
—Quién lo conducía.
—Sí.
—Quién la tuvo durante estos años.
El hombre dudó.
—¿Estos años?
Adrián lo miró fijamente.
—Once.
El otro quedó en silencio.
—Quiero nombres. Lugares. Fechas. Todo.
—Lo haré.
Adrián volvió la mirada hacia Camila.
—Y nadie se acerca a ella sin mi autorización.
El vehículo partió hacia la clínica.
Adrián permaneció unos segundos bajo la lluvia.
Solo.
Miró el lugar donde había estado Camila.
Todavía podía ver una pequeña marca de agua sobre los escalones.
Once años.
Había esperado once años.
Y ahora la tenía de vuelta.
Pero aquella no era la clase de regreso que había imaginado.
No había palabras.
No había reconocimiento.
No había explicaciones.
Solo una mujer inconsciente que no sabía que acababa de regresar al lugar donde había amado por última vez.
Adrián cerró los ojos.
Por un instante volvió a verla como era entonces.
Joven.
Feliz.
Enamorada.
Después abrió los ojos.
La imagen desapareció.
Ahora solo podía pensar en la mujer que acababan de llevar a su clínica.
Y en una pregunta que todavía no podía responder:
¿Qué le habían hecho durante todos aquellos años?
Horas después, Camila seguía inconsciente.
Los médicos trabajaban alrededor de ella.
Adrián esperaba detrás del cristal.
No se había marchado.
No pensaba hacerlo.
No sabía cuánto tiempo permanecería así.
No sabía si despertaría.
No sabía si lo reconocería.
Y todavía no sabía que, cuando finalmente abriera los ojos, aquella sería apenas la primera de muchas cosas que tendría que descubrir.
Porque Camila no recordaría a Adrián.
No recordaría su historia.
No recordaría por qué alguna vez lo amó.
Ni por qué lo perdió.
Para ella, cuando despertara, él sería solamente un hombre desconocido.
Un extraño que afirmaba conocerla.
Y quizás eso fuera lo más doloroso de todo.
Adrián apoyó una mano contra el cristal.
Del otro lado, Camila permanecía inmóvil.
—Volviste —susurró.
Ella no podía escucharlo.
No podía responder.
No podía recordar.
Y, por el momento, eso era todo lo que Adrián tenía.
La certeza de que estaba viva.
La certeza de que era ella.
Y once años de preguntas esperando respuestas.
Pero ninguna de esas respuestas llegaría aquella noche.