Capítulo 9
Lo que quedó de mí
La mañana entró lentamente por la ventana.
Una luz gris, casi plateada, se filtró entre las cortinas y dibujó una franja sobre el suelo de la habitación.
Camila llevaba varios minutos despierta.
No se había movido.
Permanecía acostada, mirando el techo, intentando acostumbrarse a la idea de estar viva.
Porque esa era la parte que todavía no lograba comprender.
Estaba viva.
Había despertado.
Respiraba.
Podía hablar.
Podía caminar, aunque apenas.
Y, sin embargo, sentía que le faltaba algo mucho más importante que cualquier parte de su cuerpo.
Su vida.
No sabía dónde había nacido exactamente.
No recordaba su casa.
No recordaba el rostro de sus padres.
No recordaba amigos.
No recordaba escuelas.
No recordaba cumpleaños.
No recordaba su primera vez enamorándose.
No recordaba siquiera cómo era ella antes de todo aquello.
Solo sabía su nombre.
Camila Cruz.
Y ni siquiera estaba completamente segura de que ese nombre le perteneciera.
Cerró los ojos.
Intentó imaginarse a sí misma con diecinueve años.
Nada.
Una oscuridad absoluta.
Después apareció una imagen.
Un vestido blanco.
Una tarde soleada.
Una mano masculina entrelazada con la suya.
Camila abrió los ojos.
La imagen desapareció.
Se incorporó demasiado rápido.
El dolor atravesó su cabeza.
—Ah...
Se llevó una mano a la frente.
La puerta se abrió inmediatamente.
—¿Estás bien?
Era Adrián.
Camila lo miró.
Durante un instante sintió algo extraño.
No miedo.
No exactamente.
Era una sensación mucho más difícil de explicar.
Como si verlo despertara en ella una emoción que no podía identificar.
—Me duele la cabeza.
Adrián se acercó, pero se detuvo a una distancia prudente.
—No deberías levantarte tan rápido.
—No quería que me vieras dormir.
Él levantó ligeramente una ceja.
—¿Por qué?
Camila se encogió de hombros.
—No sé.
Adrián sonrió apenas.
—Entonces supongo que no preguntaré.
Ella lo observó.
Había algo en él que la desconcertaba.
No parecía un extraño cualquiera.
Pero tampoco parecía alguien conocido.
Era como mirar una fotografía de una persona que supuestamente había formado parte de su vida y no sentir absolutamente nada.
—¿Dormiste? —preguntó ella.
—Un poco.
Camila lo miró fijamente.
—¿Te quedaste aquí toda la noche?
Adrián tardó un segundo en responder.
—Sí.
—¿Por qué?
Él bajó la mirada.
—Porque quería asegurarme de que estuvieras bien.
Camila guardó silencio.
No sabía qué responder a eso.
La enfermera llegó poco después con el desayuno.
Camila miró la bandeja.
—No tengo hambre.
—Tienes que comer algo.
—No quiero.
Adrián permanecía junto a la ventana.
—Come un poco —dijo.
Camila lo miró.
—¿Siempre das órdenes?
Él sonrió.
—Casi siempre.
—No me gusta.
—Lo tendré en cuenta.
Ella tomó la cuchara.
Comió un poco.
Después dejó la bandeja.
—¿Me puedo ir de aquí?
Adrián no respondió inmediatamente.
—Todavía no.
—No quiero estar encerrada.
—No estás encerrada.
Camila lo miró con incredulidad.
—Estoy en una habitación de una clínica que no conozco, conectada a máquinas y sin saber siquiera cómo llegué aquí.
Adrián aceptó la acusación con un leve movimiento de cabeza.
—Tienes razón.
—Entonces estoy encerrada.
—Si quieres salir al jardín, puedo pedir que te lleven.
Camila lo observó.
—¿Puedo?
—Sí.
—¿Sola?
Adrián dudó.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque acabas de despertar después de una lesión importante.
—No porque quieras vigilarme.
La expresión de Adrián cambió.
Camila lo había descubierto.
Él no respondió.
—No voy a hacerte daño —dijo finalmente.
—No dije que fueras a hacerlo.
—Lo pensaste.
Camila sostuvo su mirada.
—No sé qué pensar de ti.
—Es justo.
El médico llegó cerca del mediodía.
Esta vez realizó las pruebas con más calma.
Le mostró objetos sencillos.
Un reloj.
Una llave.
Un vaso.
Una fotografía de un paisaje.
Camila identificó todo.
Después vinieron las preguntas.
—¿Qué recuerdas de ayer?
Camila pensó.
—Lluvia.
—¿Algo más?
—Un automóvil.
—¿Quién conducía?
—No lo sé.
—¿Cuántas personas había?
Camila cerró los ojos.
—Dos.
El médico anotó algo.
—¿Recuerdas sus rostros?
—No.
—¿Qué ocurrió después?
Camila respiró profundamente.
—Me sacaron del automóvil.
Su voz se volvió más baja.
—Después me golpearon.
Adrián permanecía en silencio.
—¿Dónde ocurrió?
—No sé.
—¿Recuerdas haber llegado a la mansión?
Camila negó.
—Solo recuerdo estar afuera.
—¿Recuerdas quién te encontró?
Camila miró a Adrián.
—Él.
El médico asintió.
—Bien.
Camila volvió a mirar al médico.
—¿Mi pérdida de memoria es permanente?
—No necesariamente.
—¿Puede volver?
—Sí.
—¿Toda?
El médico dudó.
—No puedo garantizarlo.
Camila bajó la mirada.
Aquella respuesta era suficiente para hacerle sentir que estaba cayendo.
—¿Y si no vuelve?
—Entonces aprenderemos a trabajar con lo que recuerdes.
Camila apretó los labios.
—Yo quiero saber quién era.
Adrián la observó.
El médico cerró la carpeta.
—Y probablemente lo sabrás.
—¿Cómo?
—Los recuerdos no siempre regresan como una película. A veces aparecen pequeñas cosas: un olor, una canción, una persona, un lugar, una palabra.
Camila pensó en Adrián.
Una persona.
Un nombre.
Pero no sabía si él era realmente un recuerdo.
O simplemente alguien que su presente había colocado en su cabeza.
Después del examen, Camila pidió salir al jardín.
Esta vez Adrián caminó con ella.
No demasiado cerca.
Apenas unos pasos detrás.
El jardín era enorme.
Camila caminó lentamente.
El aire fresco le hizo bien.
Por primera vez desde que despertara, sintió que podía respirar.
Había árboles.
Flores.
Una fuente.
Un camino de piedra.
Se detuvo frente a una rosa.
La tocó.
Y entonces ocurrió.
Una imagen.
Ella era pequeña.
Una mujer le acomodaba el cabello.
—No la toques, te vas a pinchar.
Camila retiró la mano.
La imagen desapareció.
—¿Qué pasa? —preguntó Adrián.
—Nada.
—Te quedaste quieta.
—Recordé una mujer.
Adrián sintió tensión en el pecho.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Cómo era?
Camila cerró los ojos.
—No puedo verla.
—¿Pero recuerdas su voz?
—Un poco.
—¿Qué decía?
Camila abrió los ojos.
—Que no tocara la rosa.
Adrián sonrió levemente.
—Entonces quizás era alguien que te quería.
Camila lo miró.
—¿Mi madre?
—Podría ser.
La palabra quedó suspendida.
Madre.
Camila sintió algo profundo.
No un recuerdo.
Un vacío.
—No sé si tengo madre.
Adrián bajó la mirada.
—La tenías.
Camila lo miró rápidamente.
—¿La conociste?
Él se quedó callado.
—Adrián.
—No.
Camila frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque hay cosas que no quiero decirte hasta estar seguro.
—¿De qué?
—De que sean ciertas.
Ella continuó observándolo.
—No me gusta que todos sepan cosas de mí menos yo.
Adrián asintió.
—Lo sé.
—Es horrible.
—Sí.
—Siento que todos están leyendo un libro que me pertenece.
Adrián la miró.
—Entonces iremos página por página.
Camila bajó la mirada.
Aquella frase le produjo una sensación extraña.
Como si ya se la hubiera dicho antes.
Por la tarde, Camila volvió a dormir.
Esta vez soñó con una casa.
No sabía dónde estaba.
Había música.
Personas.
Una mesa.
Velas.
Ella llevaba un vestido oscuro.
Alguien estaba sentado frente a ella.
No veía su rostro.
Pero reconocía sus ojos.
Eran los ojos de Adrián.
Camila despertó sobresaltada.
Se sentó.
Respiraba rápidamente.
Miró alrededor.
La habitación estaba vacía.
Se llevó una mano al pecho.
—No...
La puerta se abrió.
Adrián apareció.
—¿Qué ocurrió?
Camila lo miró.
—Soñé contigo.
Él se quedó quieto.
—¿Otra vez?
—Sí.
—¿Qué viste?
—Una casa.
—¿Esta?
—No.
—¿La conocías?
—No sé.
Adrián se acercó.
—¿Yo estaba allí?
—Sí.
—¿Qué hacía?
—Me mirabas.
Él permaneció en silencio.
—¿Y yo?
Camila dudó.
—Yo estaba feliz.
Adrián cerró los ojos un instante.
Aquello dolía más de lo que esperaba.
Porque él recordaba esa felicidad.
Recordaba perfectamente cómo era Camila antes de perderla.
Y ahora ella solo podía verla en sueños.
—¿Qué más? —preguntó.
Camila negó.
—Nada.
—Está bien.
—¿Por qué no me preguntas si recuerdo algo más?
Adrián la miró.
—Porque no quiero presionarte.
—¿Y si necesito que me presiones?
—Entonces me lo dirás.
Camila sonrió débilmente.
—Eres raro.
—Eso me han dicho.
Esa noche, Adrián recibió una llamada.
Salió de la habitación antes de contestar.
—Habla.
—Tenemos algo.
Adrián miró hacia la puerta cerrada.
—¿Qué?
—Una de las cámaras captó parcialmente el vehículo.
—¿La matrícula?
—No completa.
—Entonces no tenemos nada.
—Hay algo más.
Adrián esperó.
—El automóvil pasó por una zona donde había una cámara privada.
—¿Y?
—La grabación muestra el vehículo entrando a una propiedad.
—¿Cuál?
El hombre le dio la dirección.
Adrián permaneció inmóvil.
No reconocía el lugar.
Pero había algo más.
—¿Cuánto tiempo estuvo allí?
—Casi dos horas.
Adrián apretó la mandíbula.
—Quiero saber qué hay en esa propiedad.
—Ya estamos averiguándolo.
—No entren todavía.
—¿Por qué?
—Porque si alguien sabe que encontramos el vehículo, puede desaparecer.
—Entendido.
Adrián terminó la llamada.
No sabía si la respuesta estaba allí.
Pero por primera vez tenía un punto concreto donde comenzar.
Al regresar a la habitación, encontró a Camila despierta.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí.
Ella lo observó.
—¿Era importante?
—Sí.
—¿Sobre mí?
Adrián dudó.
—Estamos intentando averiguar qué ocurrió.
Camila asintió.
—¿Y si no encuentran nada?
—Encontraremos algo.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Adrián se acercó.
—Porque no voy a dejar de buscar.
Camila sostuvo su mirada.
—¿Por qué?
La pregunta quedó suspendida.
Adrián no pudo responder inmediatamente.
Porque había demasiadas respuestas.
Porque la amaba.
Porque la había perdido.
Porque durante once años había pensado que estaba muerta.
Porque todavía cargaba con la culpa de aquella despedida.
Porque verla allí había despertado todo lo que había intentado enterrar.
Pero no podía decirle ninguna de esas cosas.
Todavía no.
—Porque alguien te hizo daño —respondió finalmente—. Y mereces saber quién fue.
Camila asintió.
—Gracias.
Adrián bajó la mirada.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
—Porque todavía no hemos encontrado las respuestas.
Antes de dormir, Camila volvió a mirar la ventana.
La lluvia había regresado.
Las gotas golpeaban suavemente el cristal.
Y entonces recordó algo.
Una voz.
La suya.
Mucho más joven.
—Adrián...
Se quedó inmóvil.
Por primera vez, el nombre no apareció como una palabra aislada.
Apareció acompañado de una emoción.
Amor.
Camila sintió que el pecho se le apretaba.
Después apareció otra cosa.
Dolor.
Y finalmente una despedida.
Una puerta cerrándose.
Ella llorando.
Él alejándose.
Camila abrió los ojos.
No sabía qué había sucedido.
Pero ahora estaba segura de algo.
Adrián no era simplemente un hombre que había conocido.
Había sido alguien importante.
Muy importante.
Camila se acostó lentamente.
No le contó a nadie lo que había recordado.
Ni siquiera a Adrián.
Todavía no.
Porque tenía miedo.
Miedo de recordar demasiado.
Miedo de descubrir que aquel hombre había sido el amor de su vida.
Y miedo, sobre todo, de descubrir por qué había desaparecido de ella.
Afuera, la lluvia continuó cayendo.
Y mientras Camila cerraba los ojos, una frase olvidada comenzó lentamente a regresar desde algún rincón de su memoria:
"No me dejes, Adrián."
Pero todavía no sabía si aquellas palabras habían sido una súplica...
o el principio de la tragedia que había cambiado su vida para siempre.