"Lo que el olvido no pudo borrar"

La puerta que no debía abrirse.

Capítulo 10.

La noche avanzó lentamente.
Camila no consiguió volver a dormir después de aquel recuerdo.
Permaneció acostada, inmóvil, mirando el techo mientras intentaba comprender lo que acababa de ocurrir.
«No me dejes, Adrián.»
La frase seguía resonando dentro de su cabeza.
No sabía cuándo la había pronunciado.
No sabía dónde.
No sabía qué había sucedido después.
Pero sabía que había sido ella.
Había escuchado su propia voz.
Una voz mucho más joven.
Una voz desesperada.
Y, por primera vez desde que había despertado, Camila tuvo miedo de recordar.
Hasta entonces había deseado recuperar su pasado.
Había preguntado quién era.
Dónde había estado.
Qué le había sucedido.
Había imaginado que recuperar sus recuerdos sería como encontrar una habitación cerrada y abrir una puerta.
Ahora comprendía que quizás no era así.
Quizás detrás de aquella puerta no había una habitación.
Quizás había un incendio.
Camila se giró hacia un costado.
Intentó cerrar los ojos.
No funcionó.
La imagen volvió.
Una puerta.
Adrián alejándose.
Ella llorando.
Y aquella frase.
No me dejes.
Camila se llevó una mano al pecho.
—¿Qué pasó después?
Nadie respondió.
A las seis de la mañana, una enfermera entró para controlar sus signos.
Encontró a Camila despierta.
—¿No dormiste?
Camila negó.
—No pude.
—¿Dolor?
—No.
—¿Pesadillas?
Camila dudó.
—Algo parecido.
La enfermera revisó los monitores.
—¿Quieres que llame al médico?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
La mujer asintió.
Antes de salir, Camila la llamó.
—¿Adrián está aquí?
—Creo que sí.
—¿Siempre se queda?
—Desde que llegaste, prácticamente no se ha ido.
Camila permaneció callada.
—¿Por qué?
La enfermera sonrió ligeramente.
—Eso tendrás que preguntárselo a él.
Adrián llevaba despierto desde antes del amanecer.
Estaba sentado en su despacho, con una taza de café intacta sobre el escritorio.
Frente a él había varias carpetas.
No había abierto ninguna.
No podía concentrarse.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Camila.
La primera vez que la había visto en once años.
Inconsciente.
Herida.
Abandonada frente a su casa.
Había pensado que el pasado estaba muerto.
Había aprendido a vivir con esa idea.
Y ahora el pasado había regresado.
Pero no había regresado como una respuesta.
Había regresado como una pregunta.
Una pregunta enorme.
¿Por qué Camila?
¿Por qué después de once años?
¿Quién la había tenido?
¿Quién había conseguido mantenerla desaparecida durante tanto tiempo?
¿Y por qué, después de todo ese tiempo, habían decidido llevarla precisamente hasta él?
Adrián miró el teléfono.
Había recibido varios mensajes durante la madrugada.
No los había respondido.
Su prioridad era otra.
Camila.
Pero sabía que no podía ignorar aquello indefinidamente.
Tomó una de las carpetas.
La abrió.
No contenía información sobre ella.
Todavía.
Solo informes preliminares.
Horas.
Vehículos.
Cámaras.
Rutas.
Todo fragmentario.
Nada que explicara los once años.
Cerró la carpeta.
—Maldita sea...
Se levantó.
Necesitaba verla.
Camila estaba sentada junto a la ventana cuando Adrián entró.
Había conseguido levantarse con ayuda y ahora permanecía envuelta en una bata, observando el jardín.
Él se detuvo.
—Buenos días.
Ella no se giró.
—Buenos días.
Adrián se acercó.
—¿Cómo te sientes?
—Mejor.
—¿Dormiste?
Camila finalmente lo miró.
—No.
Él comprendió inmediatamente.
—¿Recordaste algo?
Ella bajó la mirada.
—Sí.
Adrián no dijo nada.
—Pero no sé si quiero contártelo.
—No tienes que hacerlo.
Camila lo observó.
—¿No quieres saber?
—Claro que quiero.
—Entonces, ¿por qué no preguntas?
—Porque una cosa es querer saber y otra obligarte a hablar.
Camila permaneció callada.
Había algo en él que la desconcertaba.
No parecía estar intentando manipularla.
No parecía desesperado por obtener respuestas.
Al contrario.
Parecía dispuesto a esperar.
—Escuché mi voz —dijo finalmente.
Adrián la miró.
—¿Qué decía?
Camila dudó.
—Tu nombre.
Él sintió un nudo en la garganta.
—¿Adrián?
Ella asintió.
—Y después dije algo más.
—¿Qué?
Camila lo miró directamente.
—"No me dejes".
Adrián cerró los ojos durante un segundo.
Aquellas palabras le devolvieron una escena que había enterrado durante once años.
Una noche.
Una discusión.
Camila llorando.
Él alejándose.
Y la certeza de que, después de aquella noche, todo había cambiado.
Pero no podía decirle todavía.
—¿Qué pasó después? —preguntó Camila.
—No lo sé.
Ella lo miró con desconfianza.
—¿No?
—No recuerdo exactamente la conversación.
Aquello era una verdad a medias.
Recordaba demasiado.
Pero no sabía qué parte podía contarle sin destruir el poco equilibrio que Camila había recuperado.
—¿Tú también recuerdas esa noche? —preguntó ella.
Adrián se quedó quieto.
—Sí.
—¿Fue cuando terminamos?
—Sí.
Camila sintió un vacío.
—¿Por qué terminamos?
Adrián caminó hasta la ventana.
—Porque yo tomé una decisión.
—¿Cuál?
—Alejarme de ti.
—¿Por qué?
Él no respondió.
—Adrián.
—Porque creí que era lo mejor.
Camila soltó una pequeña risa amarga.
—Eso dicen todos cuando hacen algo que lastima.
Él la miró.
—Lo sé.
—¿Te arrepentiste?
Adrián tardó en contestar.
—Todos los días.
Camila no esperaba esa respuesta.
Se quedó callada.
—Entonces, ¿por qué nunca regresaste?
Adrián bajó la mirada.
—Porque cuando intenté hacerlo, ya no estabas.
Camila sintió que algo dentro de ella se quebraba.
—¿Qué significa eso?
—Que desapareciste.
—¿Cuándo?
—Poco después de nuestra separación.
Ella lo miró fijamente.
—¿Me buscaste?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
Adrián respiró profundamente.
—Mucho.
Camila se apartó de la ventana.
—¿Y nunca me encontraste?
—No.
—Hasta ahora.
—Hasta ahora.
Ella caminó lentamente hacia la cama y se sentó.
—Entonces tú también pensaste que estaba muerta.
Adrián no respondió.
No hacía falta.
Camila lo entendió.
Durante un largo rato ninguno habló.
Finalmente, Camila preguntó:
—¿Cómo era yo?
Adrián la miró.
—¿Antes?
—Sí.
Él sonrió apenas.
—Impulsiva.
Camila arqueó una ceja.
—¿Yo?
—Muchísimo.
—No parece.
—Ahora estás demasiado ocupada intentando entender qué te pasó.
Ella sonrió débilmente.
—¿Qué más?
—Tenías una forma de hablar que hacía imposible ignorarte.
—¿Eso es bueno?
—Depende del día.
Camila soltó una pequeña risa.
Era la primera vez que reía desde que había despertado.
Adrián se quedó mirándola.
Por un instante volvió a ver a la Camila de diecinueve años.
La misma sonrisa.
La misma mirada.
La misma forma de inclinar ligeramente la cabeza cuando algo le causaba curiosidad.
Y tuvo que apartar la mirada.
—¿Qué más? —insistió ella.
—Te gustaba caminar descalza.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y qué más?
—Odiabas que te mintieran.
Camila dejó de sonreír.
—Eso sigue igual.
—Sí.
La conversación continuó durante casi una hora.
Adrián le contó cosas pequeñas.
Que le gustaba la música.
Que podía pasar horas leyendo.
Que odiaba las tormentas, aunque siempre terminaba mirando por la ventana cuando llovía.
Que tenía una costumbre extraña de dejar las cosas en cualquier lugar y luego olvidar dónde las había puesto.
Camila escuchaba fascinada.
Era extraño conocer su propia personalidad a través de otra persona.
—¿Tenía amigos?
—Sí.
—¿Muchos?
—Algunos.
—¿Dónde están?
Adrián guardó silencio.
—No lo sé.
Camila lo observó.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Han pasado once años.
—Pero tú investigaste.
—Sí.
—¿Y no encontraste a nadie?
Adrián negó.
—No quiero mentirte.
Camila sintió nuevamente aquel vacío.
Once años.
Una vida entera.
Personas que quizás la habían esperado.
Personas que quizás habían dejado de hacerlo.
Personas que podían pensar que estaba muerta.
—Quiero saber quiénes eran.
—Los encontraremos.
—¿Prometes?
Adrián la miró.
—Sí.
Después del desayuno, Camila recibió permiso para salir nuevamente al jardín.
Esta vez caminó sola.
Adrián la observaba desde cierta distancia.
No quería que ella sintiera que estaba vigilándola.
Pero tampoco podía evitarlo.
Camila se acercó a una fuente.
Había algo familiar en aquel sonido.
El agua cayendo.
El viento.
Las hojas.
Cerró los ojos.
Y apareció otra imagen.
Una fuente diferente.
Ella sentada en el borde.
Adrián junto a ella.
Ambos jóvenes.
Él le estaba diciendo algo.
Camila no podía escuchar.
Pero veía su propia sonrisa.
Después, la imagen cambió.
Una discusión.
Una puerta.
Una noche.
Camila abrió los ojos.
Respiraba agitadamente.
Adrián se acercó.
—¿Qué pasó?
—Creo que estuvimos aquí.
—¿Aquí?
—No exactamente.
Miró la fuente.
—En un lugar parecido.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Recuerdas algo más?
—No.
—No te esfuerces.
—¿Por qué siempre me dices eso?
—Porque cada vez que intentas recordar demasiado te duele.
Camila lo miró.
—Tal vez el dolor sea la única manera de recuperar mi vida.
Adrián negó.
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tu vida no debería tener que dolerte para volver a ser tuya.
Camila no respondió.
Aquella frase se quedó con ella.
Más tarde, Adrián tuvo que salir de la clínica.
No quería hacerlo.
Pero tenía asuntos que atender.
Antes de marcharse, fue a verla.
Camila estaba leyendo.
—¿Te vas?
—Unas horas.
—¿Vas a volver?
—Sí.
—¿Lo prometes?
Adrián la miró.
Aquella palabra.
Promesa.
Le resultaba dolorosa.
—Sí.
Camila volvió al libro.
—Está bien.
Adrián se quedó en la puerta.
—Camila.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—No tienes que confiar en mí.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué?
—Solo quería que lo supieras.
—¿Por qué dices eso?
—Porque no quiero que sientas que me debes algo.
Camila lo observó.
—No te debo nada.
Adrián sonrió.
—Exactamente.
Y se marchó.
Cuando Adrián llegó a su despacho, uno de sus hombres lo esperaba.
—Tenemos novedades.
Adrián dejó el teléfono sobre el escritorio.
—¿Qué encontraron?
—La propiedad que mencionamos.
—¿Qué tiene?
—Nada aparentemente.
—¿Aparentemente?
—Está abandonada.
Adrián frunció el ceño.
—¿Desde cuándo?
—Según los registros, varios años.
—¿Y el vehículo?
—Las cámaras muestran que entró allí.
—¿Salió?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo después?
—Una hora y cincuenta y siete minutos.
Adrián permaneció pensativo.
—¿Qué hay dentro?
—Nada.
—¿Nada?
—Habitaciones vacías. Algunos muebles viejos. No encontramos personas.
—¿Señales de que alguien haya estado recientemente?
—Sí.
Adrián levantó la mirada.
—¿Qué tipo de señales?
—Comida reciente.
—¿Cuánta?
—Para varias personas.
Adrián se quedó inmóvil.
—¿Y no encontraron a nadie?
—No.
—Entonces llegaron tarde.
—Probablemente.
Adrián caminó hacia la ventana.
—Revisen cada centímetro.
—Ya lo hicimos.
—Háganlo otra vez.
Mientras tanto, Camila estaba sola.
Había comenzado a sentirse cansada.
Dejó el libro sobre la mesa.
Miró la habitación.
Todo estaba demasiado ordenado.
Demasiado limpio.
No había fotografías.
No había objetos personales.
No había nada que pudiera ayudarla a descubrir quién era.
Entonces vio algo sobre la mesa.
Una pequeña caja.
No recordaba haberla visto antes.
La tomó.
Era de madera.
Pequeña.
Sin cerradura.
Camila la abrió.
Dentro había una fotografía.
Su respiración se detuvo.
Era ella.
Pero mucho más joven.
Camila tomó la fotografía con manos temblorosas.
Tenía diecinueve años.
Estaba sonriendo.
Y junto a ella...
Adrián.
Los dos estaban juntos.
Ella tenía la cabeza apoyada sobre su hombro.
Adrián sonreía de una manera que Camila jamás había visto.
Una sonrisa completamente distinta a la que conocía.
Una sonrisa de felicidad.
Camila sintió un dolor repentino en la cabeza.
La fotografía cayó al suelo.
Una imagen apareció.
Ella abrazándolo.
Él diciéndole algo al oído.
Ella riendo.
Después un beso.
Después oscuridad.
Camila se llevó las manos a la cabeza.
—No...
La puerta se abrió.
La enfermera entró.
—¿Qué ocurre?
Camila señaló la fotografía.
—¿De dónde salió?
La enfermera se agachó.
—No lo sé.
—¿Quién la dejó?
—No lo sé.
Camila respiraba rápidamente.
—Quiero ver a Adrián.
Adrián regresó menos de una hora después.
Cuando entró en la habitación, encontró a Camila sentada en la cama.
La fotografía estaba sobre la mesa.
Él se detuvo.
No necesitó preguntar.
—¿La encontraste?
Camila levantó la mirada.
—¿Era tuya?
—Sí.
—¿Por qué estaba aquí?
—La traje.
—¿Cuándo?
—Antes de que despertaras.
Camila tomó la fotografía.
—¿Por qué?
Adrián se acercó.
—Porque pensé que quizás algún día querrías verla.
—¿Algún día?
—No sabía cuándo.
Camila miró nuevamente la imagen.
—Éramos felices.
—Sí.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces ¿qué pasó?
Adrián se quedó en silencio.
—¿Por qué me dejaste?
Él cerró los ojos.
—Porque pensé que alejándome podía protegerte.
Camila lo miró.
—¿De qué?
Adrián no respondió.
—¿De quién?
Silencio.
—Adrián.
—De mí.
Camila frunció el ceño.
—No entiendo.
—No tienes que hacerlo todavía.
Ella se levantó.
—Estoy cansada de escuchar eso.
—Lo sé.
—Quiero respuestas.
—Las tendrás.
—¿Cuándo?
—Cuando estés preparada.
Camila soltó una risa amarga.
—¿Y quién decide cuándo estoy preparada?
Adrián la miró.
—Tú.
Aquella respuesta la desarmó.
Camila volvió a sentarse.
La fotografía seguía entre sus manos.
—¿Me querías de verdad?
Adrián no dudó.
—Sí.
—¿Todavía?
Él se quedó completamente inmóvil.
Camila comprendió que había hecho una pregunta demasiado personal.
—No tienes que responder.
Adrián la miró.
—Sí.
Camila sintió un nudo en el estómago.
—Pero no me conoces ahora.
—Te estoy conociendo otra vez.
Ella bajó la mirada.
—Yo no te recuerdo.
—Lo sé.
—Entonces debe ser extraño para ti.
—Lo es.
—¿Duele?
Adrián respondió con honestidad.
—Mucho.
Camila levantó los ojos.
No supo por qué, pero aquella respuesta le provocó lágrimas.
No sabía si lloraba por él.
Por ella.
Por la muchacha de la fotografía.
O por los once años que no podía recuperar.
Quizás por todo.
Aquella noche, Camila volvió a soñar.
Esta vez el sueño fue diferente.
No había violencia.
No había oscuridad.
Solo una habitación.
Ella estaba sentada frente a Adrián.
Tenía diecinueve años.
—¿Me prometes que nunca vas a olvidarme? —preguntaba.
Él sonreía.
—Nunca.
Camila despertó llorando.
Se incorporó.
La habitación estaba oscura.
Miró hacia la puerta.
—Nunca...
Repitió la palabra.
Y entonces apareció otra imagen.
Una despedida.
Pero esta vez vio algo que antes no había visto.
Adrián no se marchaba por voluntad propia.
Alguien lo había llamado.
Una amenaza.
Una voz desconocida.
Una advertencia.
Después la imagen desapareció.
Camila se quedó paralizada.
No sabía si era un recuerdo real.
No sabía si su mente estaba inventándolo.
Pero había algo diferente.
Por primera vez había aparecido una pieza que no encajaba con la historia que Adrián le había contado.
Él había dicho que la abandonó.
Pero el recuerdo parecía decir otra cosa.
Camila se levantó lentamente.
Miró su reflejo en el espejo.
—¿Qué te pasó?
No sabía si se lo preguntaba a sí misma...
o a la muchacha de diecinueve años que todavía vivía dentro de ella.
Al día siguiente, Adrián volvió temprano.
Camila estaba despierta.
—Necesito preguntarte algo.
Él dejó el café sobre la mesa.
—Pregunta.
—Cuando terminamos...
Adrián se quedó quieto.
—¿Tú querías dejarme?
La pregunta lo golpeó.
—No.
Camila lo observó.
—Entonces ¿por qué lo hiciste?
Adrián tardó en responder.
—Porque había cosas que no podía contarte.
—¿Qué cosas?
—Cosas que creía que podían ponerte en peligro.
—¿Me estabas protegiendo?
—Eso intentaba.
—¿Y funcionó?
Adrián bajó la mirada.
—No.
Camila sintió un escalofrío.
—¿Qué pasó después de que me dejaste?
Adrián cerró los ojos.
La verdad estaba allí.
A un paso.
Pero todavía no podía entregársela.
—Desapareciste.
—Eso ya me lo dijiste.
—Y te busqué.
—También me lo dijiste.
—Pero nunca te encontré.
Camila apretó los dedos.
—¿Hasta dónde llegaste?
Adrián la miró.
—A todas partes.
—¿Preguntaste por mí?
—Sí.
—¿A mi familia?
—Sí.
—¿A mis amigos?
—Sí.
—¿A la policía?
La expresión de Adrián cambió.
—Sí.
Camila se quedó inmóvil.
Aquello significaba que había existido una búsqueda.
Había personas que sabían que ella había desaparecido.
Y, sin embargo, durante once años nadie la había encontrado.
—Entonces alguien hizo un trabajo muy bueno ocultándome.
Adrián no respondió.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Y piensas encontrarlo?
—Sí.
Camila lo miró.
—¿Por mí?
Adrián negó.
—Por los dos.
Ella no entendió.
—¿Por los dos?
—Porque también quiero saber qué pasó.
Ese mismo día, Camila salió nuevamente al jardín.
Esta vez había algo diferente.
Ya no caminaba como una mujer que acababa de despertar.
Caminaba como alguien que había comenzado a sospechar que su pasado seguía vivo.
Se detuvo junto a la fuente.
Cerró los ojos.
Esperó.
Nada.
Después escuchó agua.
Una risa.
Un hombre diciendo su nombre.
Adrián.
Abrió los ojos.
Lo vio acercarse.
No al Adrián actual.
Al joven.
El de la fotografía.
Y esta vez escuchó claramente su propia voz:
—Si algún día me pierdes, búscame.
La imagen desapareció.
Camila quedó inmóvil.
Adrián llegó junto a ella.
—¿Qué pasó?
Ella lo miró.
—Creo que te dije algo una vez.
—¿Qué?
—Que si algún día me perdías, tenías que buscarme.
Adrián sintió que el corazón se le detenía.
—Sí.
Camila abrió mucho los ojos.
—¿Te lo dije?
Él asintió lentamente.
—Sí.
—¿Y me buscaste?
—Sí.
Camila respiró profundamente.
—Entonces...
Lo miró.
—¿Por qué nunca me encontraste?
Adrián no respondió.
Porque esa era precisamente la pregunta que llevaba once años intentando contestar.
Y por primera vez, ambos comprendieron que quizá el verdadero misterio no era dónde había estado Camila.
El verdadero misterio era quién se había asegurado de que nadie pudiera encontrarla.
Aquella noche, Adrián permaneció solo en su despacho.
Frente a él estaba la fotografía de Camila a los diecinueve años.
La misma que ella había encontrado.
La tomó.
Durante unos segundos recordó aquella época.
Recordó su voz.
Su risa.
La manera en que lo miraba.
Y recordó la última noche.
La noche en que había decidido alejarse.
Había creído que con eso terminaba todo.
Había creído que perderla era el precio que debía pagar para mantenerla a salvo.
No sabía que, apenas unos días después, Camila desaparecería.
No sabía que aquella despedida sería la última vez que la vería durante once años.
No sabía que alguien convertiría su vida en una pesadilla.
Y mucho menos sabía que, once años después, esa misma mujer aparecería inconsciente frente a su puerta.
Adrián dejó la fotografía sobre el escritorio.
Entonces su teléfono vibró.
Un mensaje.
Lo abrió.
Era breve.
«Encontramos algo más en la propiedad.»
Adrián respondió inmediatamente.
«¿Qué?»
La respuesta tardó unos segundos.
«Un cuarto cerrado.»
Adrián se quedó mirando la pantalla.
Llegó otro mensaje.
«Y creemos que alguien estuvo allí recientemente.»
Adrián levantó lentamente la cabeza.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Después tomó las llaves.
Pero antes de salir, miró nuevamente la fotografía.
—Te voy a encontrar todas las respuestas, Camila.
No sabía todavía que algunas respuestas podían ser más terribles que el silencio.
No sabía que la historia que estaba buscando no comenzaba con aquella noche.
Comenzaba mucho antes.
Y tampoco sabía que, mientras él intentaba reconstruir los once años perdidos, Camila comenzaba a recuperar pequeñas piezas de su pasado.
Piezas que, una por una, iban a conducirla nuevamente hacia él.
Hacia aquella última noche.
Hacia el motivo por el que Adrián la había abandonado.
Y hacia una verdad que ninguno de los dos estaba preparado para descubrir.
Porque el olvido podía esconder los recuerdos.
Pero no había conseguido destruirlos.
Solo los había enterrado.
Y algunas cosas enterradas durante demasiado tiempo terminan encontrando la manera de volver a la superficie.




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