Lo que el tiempo no borró

Prólogo

Hilary Russo Amato.

El sonido de unos pasos apresurados resonó por el corredor, seguido de dos golpecitos suaves en la puerta. Todavía no había amanecido del todo, pero no necesité abrir los ojos para saber quién estaba del otro lado. Una sonrisa se dibujó en mis labios mientras me acomodaba mejor entre las cobijas y fingía seguir dormida.

La manija giró con cuidado y la puerta se abrió apenas lo suficiente para que una pequeña figura se deslizara al interior de la habitación.

—¿Mami? —susurró una vocecita.

No respondí.

Escuché sus pasos acercarse a la cama y, segundos después, sentí sus manitas cálidas sobre mis mejillas.

—Mami... creo que ya amaneció.

Abrí un ojo lentamente y me encontré con su rostro a pocos centímetros del mío. El cabello castaño le caía desordenado sobre la frente, como si hubiera pasado la noche entera peleando con la almohada, y sus ojos brillaban con esa energía inagotable que parecía acompañarlo desde que aprendió a caminar.

—¿Ya amaneció? —pregunté con voz adormilada.

Oliver asintió con absoluta convicción.

—Sí.

—¿Y cómo lo sabes?

El niño se giró hacia la ventana y señaló las cortinas cerradas.

—Porque ya no está tan oscuro.

Guardó silencio un momento y añadió:

—Y porque tengo hambre.

No pude contener la risa.

—Ah, claro. Esa sí es una prueba difícil de discutir.

Oliver sonrió satisfecho, convencido de haber presentado un argumento irrefutable. Luego trepó a la cama sin pedir permiso y se acomodó a mi lado, abrazando con fuerza el dinosaurio de peluche que llevaba a todas partes.

—¿Todavía vamos a ir al parque?

Ahí estaba la verdadera razón por la que se había levantado tan temprano.

Le revolví el cabello con cariño.

—Sí, príncipe. Vamos a ir.

—¿De verdad?

—De verdad.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Su rostro se iluminó al instante.

—Entonces me voy a poner las botas.

Saltó de la cama tan rápido como había llegado y salió disparado de la habitación. Lo escuché correr por el pasillo mientras yo permanecía sentada entre las cobijas, observando la puerta cerrada con una mezcla de cansancio y ternura.

Habíamos llegado a Manhattan apenas el día anterior.

Después de meses de preparativos, despedidas y trámites interminables, finalmente estábamos allí. El vuelo desde Italia había sido agotador, la mudanza todavía parecía un rompecabezas sin terminar y yo apenas había dormido unas pocas horas. Oliver, en cambio, había pasado gran parte del viaje abrazado a su dinosaurio, profundamente dormido, por lo que aquella mañana estaba lleno de energía.

Me levanté despacio y me acerqué a la ventana.

Al correr la cortina, una vista completamente blanca apareció frente a mí.

La nieve cubría los edificios, los automóviles y las aceras con una delicadeza casi irreal. Por un instante permanecí inmóvil, contemplando aquella ciudad que tantas veces había imaginado desde la distancia.

Manhattan.

Nuestro nuevo hogar.

O al menos esperaba que llegara a serlo.

Apoyé una mano sobre el cristal frío y exhalé lentamente. Había apostado demasiado para llegar hasta allí: mis ahorros, mis esfuerzos, mis sueños y, sobre todo, el futuro de Oliver.

—Que todo salga bien —murmuré para mí misma.

No sabía entonces que aquella ciudad estaba a punto de cambiar nuestras vidas de una forma que jamás habría podido imaginar.




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