Hilary Russo
Han transcurrido apenas siete días desde que llegamos a Manhattan, y esta mañana me enfrento a uno de los momentos más importantes de mi carrera. Hoy tendré la primera reunión oficial con todo el personal de la Academia Lumière desde nuestra llegada a la ciudad, y aunque llevo meses preparando cada detalle, los nervios siguen instalados en mi pecho.
Lumière siempre fue más que una academia para mí. Nació como un sueño, uno que parecía imposible cuando apenas era una estudiante con demasiadas ideas y muy pocos recursos. Ahora, después de años de esfuerzo, se ha convertido en un espacio donde jóvenes artistas pueden descubrir su talento y desarrollarlo. Aceptamos músicos, bailarines y distintas expresiones artísticas, pero nuestro corazón siempre ha estado en la pintura y la escultura.
Antes de pensar en reuniones, proyectos o presupuestos, existe una tarea mucho más importante: despertar a Oliver.
Abrí con cuidado la puerta de su habitación y me apoyé en el marco mientras lo observaba dormir. La luz grisácea del invierno se filtraba por la ventana, iluminando apenas su cama con forma de nube. Durante un momento me quedé inmóvil, contemplándolo. A veces me costaba creer cuánto había crecido.
Sus pestañas descansaban sobre sus mejillas sonrosadas y uno de sus brazos rodeaba con fuerza a su dinosaurio de peluche. Dormía tan profundamente que parecía completamente ajeno al mundo.
Y quizá era mejor así.
Aún recuerdo el día en que descubrí que estaba embarazada.
Tenía veinte años y la noticia llegó como una tormenta para la que nadie me había preparado. Durante semanas viví atrapada entre el miedo, la incertidumbre y la sensación de que mi vida acababa de cambiar para siempre. Me preocupaba cómo reaccionaría mi familia, qué haría con mis estudios y, sobre todo, si sería capaz de convertirme en la madre que aquel pequeño merecía.
Pero el embarazo no fue lo único que llegó en aquel momento.
Una semana antes de descubrir que Oliver venía en camino, Liam se había marchado.
Todavía puedo recordar a mi madre entrando a mi habitación con aquella carta entre las manos. Yo estaba emocionada porque habíamos planeado pasar el día junto al lago. Pensaba que sería una tarde especial para nosotros.
Nunca imaginé que terminaría leyendo una despedida.
Durante mucho tiempo releí aquellas palabras buscando una explicación diferente, una frase escondida que demostrara que todo había sido un error. Nunca la encontré.
Liam eligió su sueño.
Yo tuve que aprender a construir el mío entre los pedazos de todo lo demás.
Con el tiempo entendí que las personas toman decisiones y viven con ellas. Algunas son correctas. Otras duelen para siempre.
Y aunque ya no lloraba por él, todavía existían días en los que aquel recuerdo aparecía sin previo aviso.
Sacudí la cabeza para alejar los pensamientos y volví a concentrarme en el presente.
Mi hijo seguía profundamente dormido.
Me acerqué a la cama y acaricié suavemente su espalda.
—Buenos días, príncipe.
Oliver emitió un sonido ininteligible y se hundió más entre las cobijas.
—Vamos, cariño. Es hora de levantarse.
—Cinco minutos más... —murmuró sin abrir los ojos.
No pude evitar sonreír.
—Eso dijiste ayer.
—Porque ayer también tenía sueño.
—Y anteayer.
Finalmente abrió un ojo.
—Es que dormir es importante.
—Eso es cierto.
—Entonces debería seguir durmiendo.
Su lógica infantil estuvo a punto de convencerme.
Casi.
Me senté a su lado y empecé a llenarle la espalda de pequeños besos.
Oliver soltó una carcajada inmediata.
—¡Mami!
—¿Sí?
—¡Para!
—¿Por qué?
—Porque me haces cosquillas.
—Ese es exactamente mi plan.
—¡Voy a hacerme pipí!
Retiré las manos de inmediato.
—Bueno, eso sí sería un problema.
Oliver se incorporó entre risas mientras apartaba las mantas.
—Sabía que eso funcionaría.
—Pequeño manipulador.
—¿Qué significa manipulador?
—Nada. Olvídalo.
Saltó de la cama y tomó a su dinosaurio.
—¿A dónde vamos hoy?
—A la academia.
—¿La de los cuadros?
—La de los cuadros.
—¿Y puedo dibujar?
—Si te portas bien.
—Entonces me portaré excelente.
—Eso quiero verlo.
Mientras preparaba su ropa para el día, observé cómo corría al baño hablando con su dinosaurio sobre quién tendría prioridad para usar la tina. Sonreí para mis adentros.
Por mucho que la vida hubiera cambiado, por mucho que todavía sintiera miedo de fracasar en esta ciudad inmensa, había algo que seguía siendo una certeza absoluta.
Oliver.
Él era la razón por la que me levantaba cada mañana y también el motivo por el que jamás me permitía rendirme.
El baño siempre terminaba convirtiéndose en una pequeña aventura.
Mientras llenaba la tina con agua tibia, Oliver permanecía de pie junto al borde observando cómo la espuma comenzaba a cubrir la superficie. Sus ojos se iluminaron en cuanto vio aparecer el patito amarillo y el pequeño submarino azul que había colocado allí antes de despertarlo.
—Hoy gana el submarino —anunció con total seguridad.
—¿Y eso por qué?
—Porque sí. El patito ganó ayer.
—No recuerdo ninguna competencia.
—Porque estabas ocupada haciendo cosas de adultos.
Negué con la cabeza mientras intentaba contener una sonrisa.
—Claro. Cómo pude olvidarlo.
Oliver se metió en la tina y enseguida comenzó a mover el submarino entre las burbujas, produciendo sonidos de explosiones y motores con una concentración digna de un ingeniero naval. Durante unos minutos lo observé jugar sin interrumpirlo. Había algo fascinante en la capacidad que tienen los niños para construir mundos enteros a partir de los objetos más simples.
—Mami.
—¿Sí?