Lo que el tiempo no borró

Capítulo 2

Liam García

Pasado

Junio, seis años atrás

Hace apenas unos días envié mi solicitud a una de las academias de cocina más prestigiosas de España.

No estaba convencido de que me aceptaran.

De hecho, durante semanas me repetí que era una locura siquiera intentarlo.

La competencia era brutal, los cupos limitados y las probabilidades estaban lejos de estar a mi favor. Aun así, envié la solicitud porque sabía que, si no lo hacía, terminaría arrepintiéndome durante el resto de mi vida.

La cocina no era simplemente un trabajo para mí.

Era el sueño que me había acompañado desde niño.

La razón por la que podía pasar horas viendo a mi madre preparar la cena o quedarme observando a los chefs detrás de los ventanales de los restaurantes. Era lo único que había logrado entusiasmarme lo suficiente como para imaginar un futuro completo.

Y aun así, mientras esperaba una respuesta, descubrí algo que nunca había considerado.

Que cumplir ese sueño tendría un precio.

Porque cada vez que pensaba en España, inevitablemente terminaba pensando en todo lo que tendría que dejar atrás.

Mi familia.

Mis amigos.

Mi vida.

Y, sobre todo, Hilary.

La sola idea de alejarme de ella me producía una sensación extraña en el pecho.

Habíamos construido una rutina que se había vuelto parte de mí. Los mensajes al despertar. Las llamadas interminables. Los planes para el futuro que parecían tan reales que a veces olvidaba que todavía no habían ocurrido.

Por eso intenté convencerme de que encontraríamos una solución.

Todavía no sabía cuál.

Pero estaba seguro de que debía existir alguna.

Porque no podía imaginar un futuro donde tuviera que elegir entre mis sueños y la persona que amaba.

En ese momento todavía creía que podía tener ambas cosas.

Qué equivocado estaba.

Septiembre, seis años atrás

“Felicitaciones, Liam. Nos complace informarte que has sido seleccionado para formar parte de nuestro programa.”

Leí aquellas palabras una y otra vez, incapaz de apartar la vista de la pantalla. Durante meses había esperado una respuesta que parecía no llegar nunca, imaginando toda clase de escenarios posibles, preparándome incluso para el rechazo. Sin embargo, allí estaba. Había sido aceptado.

Durante años había soñado con una oportunidad como aquella. No era solo una academia; era la posibilidad de aprender de algunos de los mejores profesionales del sector, de crecer como cocinero y de acercarme a la vida que siempre había imaginado para mí. Debería haber sentido una felicidad absoluta. Debería haber salido corriendo a contarle la noticia a mis padres, a Bastian o incluso a Hilary.

Pero la euforia apenas duró unos segundos.

Porque junto a ella apareció una realidad imposible de ignorar.

España estaba a cientos de kilómetros de la vida que conocía. En pocas semanas tendría que dejar Francia, abandonar mi trabajo, despedirme de mi familia y empezar desde cero en un lugar completamente distinto. Era un cambio enorme, uno que había deseado durante años, y aun así descubrí que lo que más me aterraba no era partir.

Era Hilary.

Apoyé el teléfono sobre la cama y me quedé observando el techo de mi habitación mientras intentaba ordenar mis pensamientos. Desde que envié aquella solicitud había evitado enfrentarme a la pregunta que ahora se imponía con una claridad insoportable.

¿Qué iba a pasar con nosotros?

La distancia entre Francia y Florencia ya había sido un desafío en ocasiones. Habíamos aprendido a aprovechar cada visita, cada llamada y cada momento juntos, pero España era otra historia. Los horarios serían distintos. Las exigencias del programa también. Y por más que intentara convencerme de que encontraríamos la manera de hacerlo funcionar, una parte de mí comenzaba a preguntarse si estaba siendo egoísta.

Hilary tenía sus propios sueños, sus propios planes, una vida que apenas comenzaba a tomar forma. La amaba demasiado para pedirle que construyera su futuro alrededor de las decisiones que yo estaba tomando para el mío.

Durante los días siguientes intenté encontrar una solución distinta. Me repetí que las relaciones a distancia podían funcionar. Que nosotros éramos diferentes. Que encontraríamos la forma de superar cualquier obstáculo.

Pero cada vez que imaginaba el futuro, terminaba viendo la misma imagen.

Hilary esperando.

Posponiendo cosas.

Adaptándose a una vida que yo no podía garantizarle.

Y cuanto más lo pensaba, más convencido estaba de que no tenía derecho a pedirle semejante sacrificio.

Por eso, pocos días después, reservé un vuelo a Florencia.

Necesitaba verla.

Necesitaba despedirme.

Aunque todavía no tuviera el valor de decirle cómo.

Al llegar a Florencia, me refugié en mi departamento. Durante horas caminé de un lado a otro sin encontrar paz, incapaz de concentrarme en nada que no fuera la decisión que tenía delante. Había imaginado aquella conversación decenas de veces durante el viaje desde Francia. Me había repetido que sería honesto, que la buscaría y le explicaría todo mirándola a los ojos.

Pero conforme avanzaba la noche, comprendí una verdad que me avergonzaba admitir.

No tenía el valor para hacerlo.

Cada vez que imaginaba a Hilary frente a mí, escuchando mis palabras, veía también el dolor que provocaría. Y sabía que, si la tenía delante, si veía sus ojos llenarse de lágrimas o escuchaba su voz quebrarse, terminaría quedándome.

Por eso acabé sentado en el balcón de mi departamento, con una hoja en blanco sobre las piernas y una ciudad dormida extendiéndose frente a mí.

Por eso terminé escribiendo.

"Hola mon soleil, no sabía cómo decirte todo esto. Mi plan era que, cuando estuviéramos en el lago, te lo diría todo… y seguro te estarás preguntando, ¿decirme qué? Bueno, esa es la parte difícil, así que no le pienso dar más vueltas a esto..."




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