Hilary Russo
Ya era jueves, y habían pasado diez días desde que me mudé por completo al departamento.
Diez días.
A veces me parecía increíble lo rápido que podía cambiar una vida.
Dos meses atrás todavía caminaba por las calles de Florencia con la seguridad de quien conoce cada rincón de la ciudad. Sabía dónde tomar el mejor café, qué ruta elegir para evitar el tráfico de turistas y cuáles eran los parques favoritos de Oliver para pasar las tardes después de clases.
Ahora vivía en Manhattan.
Todavía me costaba decirlo sin sentir una mezcla extraña de emoción y vértigo.
Nueva York siempre había representado oportunidades para mí. Era una ciudad vibrante, llena de arte, cultura y posibilidades profesionales. Sin embargo, mudarme no había sido una decisión sencilla.
Nunca lo son cuando ya no piensas únicamente en ti.
Cada decisión que tomaba desde que Oliver llegó al mundo pasaba primero por él.
Su bienestar.
Su estabilidad.
Su felicidad.
Y aunque estaba convencida de que había hecho lo correcto, no podía evitar preguntarme algunas noches si realmente lograría construir aquí un hogar tan cálido como el que habíamos dejado atrás.
Afortunadamente, Oliver parecía haberse adaptado mucho mejor que yo.
Para él todo era una aventura.
Un edificio nuevo.
Una habitación nueva.
Una ciudad nueva.
Incluso las cajas apiladas por toda la casa parecían formar parte de algún enorme juego diseñado especialmente para entretenerlo.
Yo, en cambio, seguía intentando encontrar orden en medio del caos.
Durante los primeros días había pasado por la academia para resolver algunos asuntos urgentes, reunirme con parte del equipo y asegurarme de que todo estuviera funcionando correctamente. Sin embargo, desde entonces apenas había puesto un pie fuera del departamento.
Necesitaba terminar de instalarme.
No soportaba vivir rodeada de cajas abiertas, muebles fuera de lugar o documentos desperdigados por todas partes.
Y mucho menos teniendo a Oliver correteando constantemente de una habitación a otra.
Por esa razón había decidido dedicar aquel día exclusivamente a poner todo en orden.
Una vez terminara, podría concentrarme por completo en Lumière.
Y, sinceramente, estaba deseando hacerlo.
Mientras observaba las cajas que aún quedaban por abrir, no pude evitar sonreír al recordar la primera vez que visité aquel departamento.
Había sido amor a primera vista.
El agente inmobiliario apenas había terminado de abrir la puerta cuando supe que quería vivir allí.
Era más grande de lo que realmente necesitábamos.
Mucho más.
Pero precisamente por eso me había conquistado.
Por primera vez desde que decidí expandir Lumière a Nueva York, podía imaginar un espacio donde mi vida profesional y mi vida personal coexistieran sin estorbarse mutuamente.
La planta baja estaba destinada casi por completo a mi trabajo.
Había convertido una de las habitaciones en oficina, donde podría preparar clases, organizar proyectos y gestionar la academia cuando necesitara trabajar desde casa.
La otra se transformaría en mi estudio.
Mi refugio.
El lugar donde volvería a pintar por placer y no únicamente por trabajo.
Todavía faltaban algunas cosas por acomodar, pero ya podía imaginar los caballetes junto a las ventanas, los lienzos apoyados contra las paredes y las estanterías llenas de materiales.
Solo pensarlo me llenaba de energía.
Hacía demasiado tiempo que no tenía un espacio creativo exclusivamente mío.
La segunda planta era diferente.
Más íntima.
Más nuestra.
La habitación de Oliver fue la primera que terminé de decorar.
No porque fuera la más sencilla.
Todo lo contrario.
Pero necesitaba que él sintiera que aquel lugar también le pertenecía.
Habíamos elegido juntos la ropa de cama, acomodado sus libros favoritos y organizado sus juguetes durante una tarde entera que terminó con ambos exhaustos y rodeados de piezas de construcción.
La sonrisa que había puesto al verla terminada hizo que todo el esfuerzo valiera la pena.
Mi habitación seguía necesitando algunos detalles, aunque los enormes ventanales compensaban cualquier imperfección dejando entrar una luz preciosa cada mañana.
También estaba el cuarto de invitados.
Sonreí al pensar en él.
Porque, técnicamente, sería un cuarto de invitados.
Pero durante unas semanas pertenecería a Enzo.
Mi mejor amigo llegaría el sábado y se quedaría conmigo mientras terminaba algunos asuntos relacionados con su propio apartamento en Brooklyn.
Aunque jamás lo admitiría en voz alta, estaba bastante segura de que una parte de su decisión había sido motivada por nosotros.
Por Oliver.
Por mí.
Por la tranquilidad de saber que no estábamos completamente solos en una ciudad nueva.
Y, honestamente, agradecía más de lo que era capaz de expresar.
Aquella mañana me encontraba precisamente en ese futuro estudio de arte, rodeada de cajas abiertas, papel de embalaje y marcos apoyados contra las paredes. La habitación todavía estaba lejos de parecer el espacio que había imaginado cuando firmé el contrato del departamento, pero comenzaba a mostrar señales de vida. Algunos estantes ya estaban instalados, las cortinas habían sido colocadas unos días antes y una de las paredes empezaba a llenarse con bocetos, fotografías y notas que había ido acumulando durante los últimos meses.
Me gustaba observar el proceso.
La mayoría de las personas disfrutaban del resultado final, pero yo siempre había encontrado cierta belleza en las etapas intermedias. Tal vez porque el arte me había enseñado que las cosas importantes rara vez aparecen terminadas de inmediato. Un cuadro comenzaba siendo apenas una idea. Una academia empezaba con un pequeño grupo de alumnos. Incluso una vida nueva necesitaba tiempo para tomar forma.