Lo que el tiempo no borró

Capítulo 4

Hilary Russo

La mañana de la reunión llegó mucho antes de lo que esperaba.

Durante toda la semana había estado tan concentrada organizando el departamento, revisando documentos y resolviendo asuntos pendientes relacionados con Lumière que apenas había tenido tiempo de detenerme a pensar en lo que realmente significaba aquel encuentro. Sin embargo, mientras terminaba de arreglarme frente al espejo de mi habitación, la realidad comenzó a instalarse lentamente en mi cabeza.

En menos de una hora estaría sentada frente a Eduardo Vargas.

No era nerviosismo exactamente. Después de tantos años dirigiendo la academia, negociando proyectos y reuniéndome con personas importantes dentro del mundo artístico, había aprendido a controlar ese tipo de emociones. Lo que sentía era algo diferente. Una mezcla de expectativa y curiosidad que llevaba varios días acompañándome cada vez que pensaba en aquella reunión.

Había escuchado hablar de Eduardo durante años.

Cualquier persona vinculada al arte conocía su nombre. Su museo se había convertido en una referencia dentro y fuera de Nueva York, no solamente por la calidad de sus exposiciones, sino por la visión que existía detrás de cada proyecto. Muchas instituciones se limitaban a exhibir obras; otras intentaban seguir tendencias. El museo de Eduardo parecía perseguir algo distinto: descubrir talento, impulsarlo y ofrecerle espacio para crecer.

Quizás por eso la propuesta me había interesado desde el primer momento.

Porque, de alguna manera, aquella filosofía se parecía mucho a la de Lumière.

Mientras terminaba de colocar unos pendientes discretos, escuché unos pasos acercándose por el pasillo.

Levanté la vista justo cuando Oliver apareció en la puerta de mi habitación.

—Buongiorno, mamma.

Una sonrisa apareció inmediatamente en mis labios.

—Buongiorno, amore mio.

Todavía llevaba puesto el pijama y el cabello castaño se le levantaba en varias direcciones, como si hubiera peleado durante toda la noche contra la almohada. Aun así, caminó hacia mí con la misma dignidad que si estuviera entrando a una reunión de negocios.

—¿Ya te vas?

—Todavía no.

Oliver observó mi ropa durante unos segundos.

—Te arreglaste mucho.

—Gracias.

—Eso significa que estás nerviosa.

Solté una risa.

—¿Y desde cuándo eres experto en esas cosas?

—Desde siempre.

Su respuesta fue tan seria que me hizo reír todavía más.

—No estoy nerviosa.

—Un poco sí.

Me observó con atención antes de añadir:

—Pero no como cuando discutiste con el señor del banco.

—Eso fue diferente.

—Mucho diferente.

Me acerqué para acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja.

—¿Y cuál es tu diagnóstico, dottore?

Oliver sonrió inmediatamente.

—Que necesitas suerte.

—¿Ah, sí?

—Mucha.

—¿Y dónde consigo tanta suerte?

Mi hijo rodeó mi cuello con sus brazos y depositó un beso en mi mejilla.

—Yo te doy un poco de la mía.

Sentí cómo algo cálido se instalaba en mi pecho.

A veces olvidaba lo sencillo que podía ser el mundo para él. Mientras yo analizaba contratos, presupuestos y posibles escenarios futuros, Oliver solucionaba los problemas importantes repartiendo suerte y abrazos.

Y, sinceramente, su método parecía bastante efectivo.

—Grazie, amore.

—Prego.

Después salió corriendo hacia la cocina, probablemente en busca del desayuno, dejándome sola nuevamente.

Negué con la cabeza mientras tomaba mi bolso.

Definitivamente estaba salvada.

Mi teléfono vibró justo cuando me disponía a salir de la habitación.

Sonreí apenas vi el nombre en la pantalla.

Enzo.

Abrí el mensaje.

Enzo: Buongiorno, rompiscatole.

Una carcajada escapó de mis labios.

Hillary: Son las ocho de la mañana y ya me estás insultando.

Enzo: No es un insulto.

Es una descripción.

Hillary: Voy a cancelar tu habitación.

Enzo: Mentira.

Ya compré el boleto.

Me apoyé contra la cómoda.

Hillary: ¿Y recién me avisas?

Enzo: Te estoy avisando.

Hillary: La definición de avisar implica hacerlo antes de comprarlo.

Enzo: Detalles sin importancia.

Hillary: ¿Cuándo llegas?

Enzo: El sábado.

Hillary: Eso ya lo sabía.

Enzo: Perfecto. Entonces estamos progresando.

Era imposible discutir con él.

Lo había intentado durante años.

Nunca había funcionado.

Hillary: Hora. Necesito la hora.

Enzo: Relájate.

Hillary: Enzo.

Enzo: Estoy buscándola.

Hillary: ¿Cómo compras un vuelo sin mirar la hora?

Enzo: Con confianza.

Hillary: Eso explica demasiadas cosas.

La respuesta tardó casi un minuto.

Enzo: Encontré el correo.

Hillary: Milagro.

Enzo: Sábado. 18:05.

Hillary: Perfecto, te recogeré.

Enzo: No hace falta, soy un adulto funcional.

Hillary: Jamás he visto evidencia de eso.




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