Salí del museo más de dos horas después de haber entrado y permanecí unos segundos inmóvil en lo alto de la escalinata, observando el movimiento constante de la ciudad. La reunión había sido un éxito desde cualquier punto de vista razonable. La colaboración entre Lumière y el museo estaba prácticamente cerrada, los aspectos más importantes del proyecto habían quedado definidos y, por primera vez desde mi llegada a Nueva York, tenía la sensación de que una pieza importante de mi nueva vida acababa de encontrar su lugar. Debería haber sido eso lo que ocupara mis pensamientos mientras descendía hacia la avenida. Debería haber estado calculando presupuestos, organizando reuniones futuras o imaginando las oportunidades que aquella exposición supondría para mis alumnos. Sin embargo, ninguna de esas cosas conseguía imponerse sobre una frase que continuaba resonando con una claridad casi irritante en mi memoria.
Quiero que exponga.
Era absurdo.
Había dirigido negociaciones mucho más importantes. Había tomado decisiones capaces de afectar el futuro de cientos de estudiantes. Había construido una academia desde cero mientras intentaba mantener el equilibrio entre mi vida profesional y mi vida personal. Sin embargo, aquellas cuatro palabras habían logrado algo que ninguna reunión, ningún contrato y ningún reconocimiento profesional habían conseguido en años: obligarme a mirar directamente una parte de mí misma que llevaba demasiado tiempo evitando.
Comencé a caminar sin una dirección concreta, mezclándome con el flujo constante de personas que recorrían las calles de Manhattan. La tarde estaba perdiendo lentamente intensidad y la ciudad parecía entrar en una especie de tregua temporal entre el caos de la jornada laboral y el bullicio de la noche. A mi alrededor había ejecutivos abandonando oficinas, turistas fotografiando edificios que probablemente habían visto cientos de veces en películas y parejas ocupando las terrazas de los cafés. Todos parecían tener un destino claro. Yo, en cambio, me encontraba avanzando sin prestar demasiada atención al camino, demasiado ocupada intentando ordenar mis pensamientos.
Durante años me había acostumbrado a responder preguntas sobre Lumière. Podía hablar durante horas sobre programas académicos, metodologías de enseñanza, exposiciones o proyectos culturales. Podía explicar exactamente qué quería construir con la academia y por qué seguía creyendo en ello después de tanto tiempo. Lo que nunca había sabido explicar con la misma facilidad era qué había ocurrido con la mujer que, mucho antes de convertirse en directora, había querido dedicarse exclusivamente a pintar.
No era una pregunta que me hiciera a menudo.
De hecho, llevaba años evitando formularla.
Siempre existía algo más urgente que atender. Cuando Lumière comenzó a crecer, la academia absorbió prácticamente toda mi energía. Después llegaron nuevas sedes, nuevos profesores, nuevos alumnos y una lista interminable de responsabilidades que parecían multiplicarse por sí solas. Más tarde llegó Oliver, transformando por completo mis prioridades de una forma tan maravillosa como inevitable. Entre unas cosas y otras, el tiempo fue pasando y terminé aceptando una realidad que, hasta aquel momento, jamás había cuestionado demasiado.
Simplemente había asumido que esa etapa de mi vida había quedado atrás.
Lo extraño era que nunca sentí que estuviera renunciando a nada.
Amaba Lumière.
Amaba enseñar.
Amaba ver cómo mis alumnos encontraban una voz propia y comenzaban a construir carreras que, en muchos casos, superaban cualquier expectativa inicial. Verlos crecer siempre me había producido una satisfacción profunda y genuina. Por eso resultaba tan incómodo descubrir que, detrás de toda aquella convicción, todavía existía una pequeña parte de mí que no estaba tan segura de haber cerrado aquella puerta como había querido creer.
Cuando abrí la puerta del departamento, el sonido de unas risas llegó desde la sala antes incluso de que pudiera dejar el bolso sobre el recibidor.
—¡No vale! —escuché protestar a Oliver entre carcajadas—. ¡Hiciste trampa!
—Eso se llama estrategia, pequeño —respondió Adrián con una tranquilidad casi irritante—. Algún día entenderás la diferencia.
Negué con la cabeza mientras aparecía en la sala.
—¿Ya empezaron otra guerra?
Oliver levantó la vista de inmediato.
—¡Mamma!
Corrió hacia mí y se lanzó a mis brazos con el mismo entusiasmo de siempre.
Lo abracé con fuerza, besando su cabello antes de levantar la vista hacia Adrián, que permanecía sentado en el suelo rodeado de bloques de construcción y varios dinosaurios de plástico.
—Gracias por venir a cuidarlo.
—No tienes que agradecerme cada vez —respondió mientras comenzaba a recoger algunos juguetes—. Además, creo que el único que ha trabajado aquí he sido yo. Tu hijo es un jefe bastante exigente.
Oliver cruzó los brazos con toda la dignidad posible.
—Los dinosaurios necesitan disciplina.
No pude evitar reír.
—¿Y cómo sobreviviste?
—Todavía estoy evaluándolo.
Nos dirigimos hacia la cocina mientras Oliver continuaba explicándome un elaborado plan para construir un museo de dinosaurios con piezas de construcción.
Adrián aprovechó el momento para servirse un vaso de agua antes de apoyarse ligeramente sobre la encimera.
—¿Y bien? ¿Cómo salió la reunión?
Suspiré despacio.
—Mejor de lo que esperaba.
—Eso suena prometedor.
Asentí mientras dejaba las llaves sobre la barra.
—Prácticamente cerramos la colaboración entre Lumière y el museo. Quieren organizar una exposición con los mejores alumnos de la academia y desarrollar varios proyectos conjuntos durante el próximo año.
Una sonrisa sincera apareció en el rostro de Adrián.
—Sabía que era una buena oportunidad, pero no imaginaba que avanzaría tan rápido. Felicidades, Hilary. Te lo mereces.