Lo que el tiempo no borró

Capítulo 6

El sonido de mi alarma apenas alcanzó a sonar un par de veces antes de que estirara la mano para apagarla. En realidad, llevaba varios minutos despierta, observando distraídamente el techo de mi habitación mientras los primeros rayos de sol comenzaban a colarse entre las cortinas. Hacía mucho que no me despertaba antes del despertador, pero aquella mañana tenía demasiadas razones para no poder seguir durmiendo.

La principal era bastante sencilla.

Enzo llegaba esa noche.

Solo pensar en volver a verlo después de tantos meses conseguía dibujar una sonrisa involuntaria en mi rostro. Desde que decidí abrir la nueva sede de Lumière en Nueva York, él había insistido una y otra vez en venir a ayudarme, aunque fuera durante unas semanas. Siempre decía que yo era demasiado orgullosa para pedir ayuda y que, si esperaba a que lo hiciera, probablemente tendríamos noventa años cuando finalmente recibiera mi llamada.

Al final había tenido razón.

Fui yo quien terminó llamándolo.

Y él aceptó antes siquiera de que terminara de explicarle la idea.

Sin embargo, por mucho que quisiera convencerme de que aquella era la única razón por la que me había despertado tan temprano, sabía que no era del todo cierto.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar la misma frase.

"Quiero que exponga."

Era increíble cómo cuatro palabras podían instalarse con tanta facilidad en la cabeza de una persona.

Intenté apartarlas mientras me incorporaba en la cama. No tenía sentido seguir dándoles vueltas. Ya habría tiempo para pensar en ello después. Hoy quería concentrarme en otra cosa, en algo mucho más importante.

Enzo venía a casa.

Me levanté, me recogí el cabello en un moño improvisado y bajé descalza hasta la cocina. Apenas crucé el umbral, encontré a Oliver sentado sobre una de las sillas de la barra, todavía en pijama, balanceando las piernas mientras intentaba servirse cereal él solo.

—Buongiorno, principe —saludé acercándome para besarle la cabeza.

Él levantó la vista inmediatamente.

—Buongiorno, mamma!

—¿Desde cuándo te despiertas antes que yo?

—Desde que hoy llega el zio Enzo.

Solté una pequeña risa mientras tomaba el cartón de leche de sus manos antes de que terminara derramándolo por toda la encimera.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Cuántas horas faltan?

Miré el reloj de la cocina.

—Demasiadas para que vuelvas a preguntármelo dentro de cinco minutos.

Infló ligeramente las mejillas.

—Solo quería saber.

—Lo sé, amore.

Serví la leche en su tazón y me preparé una taza de café antes de sentarme frente a él. Oliver ya tenía esa expresión de quien llevaba toda la mañana organizando un plan en su cabeza.

—¿Crees que el zio quiera dormir conmigo hoy?

—Creo que el zio acaba de hacer un vuelo de casi ocho horas y probablemente quiera dormir una semana entera.

Oliver negó con absoluta seguridad.

—No. Primero va a jugar conmigo.

—¿Ah, sí?

—Sí. Me lo prometió por videollamada.

—Entonces supongo que no tendrá otra opción.

Su sonrisa fue tan grande que no pude evitar contagiarme.

Mientras desayunábamos, me contó por tercera vez el recorrido completo que pensaba hacer con Enzo durante la semana. Quería enseñarle el parque donde practicaba con la patineta, llevarlo a la heladería que habíamos descubierto cerca del departamento y, según él, presentarle a "todos los dinosaurios importantes" que vivían en su habitación. Escucharlo hablar con tanta ilusión hacía que la casa pareciera todavía más luminosa.

Cuando terminamos de desayunar, recogí los platos y me giré hacia él con una sonrisa.

—Bueno, signor Oliver Russo.

—¿Sí?

—Tenemos una misión muy importante.

Sus ojos brillaron inmediatamente.

—¿Una misión de superhéroes?

—Muchísimo más difícil.

Me miró con evidente curiosidad.

—Tenemos que dejar esta casa impecable antes de que llegue Enzo.

Su entusiasmo desapareció en cuestión de segundos.

—Ah...

No pude contener la risa.

—¿Qué pasó con el superhéroe?

—Los superhéroes no limpian.

—Claro que sí.

—No.

—Estoy casi segura de que sí.

Oliver cruzó los brazos y me observó durante unos segundos con una expresión muy seria.

—Creo que Batman tiene personas que limpian por él.

Reí con ganas.

—Puede ser... pero nosotros no somos Batman.

Suspiró de manera exagerada, levantándose de la silla con una resignación tan dramática que parecía estar a punto de marchar a una guerra.

—Va bene... pero solo porque llega el zio.

Le revolví el cabello al pasar junto a él.

—Eso quería escuchar.

Durante la siguiente hora el departamento se llenó de música italiana, risas y pequeñas discusiones sobre cuál era la forma correcta de acomodar los cojines del sofá. Oliver insistía en que estaban "más bonitos" si los dejaba tirados en el piso porque así podía construir fortalezas con ellos. Yo, por supuesto, sostenía exactamente la teoría contraria.

Al final ninguno ganó realmente.

Cinco minutos después, los cojines ya volvían a estar en el suelo.

Y, curiosamente, la fortaleza de Oliver era bastante impresionante.

La improvisada fortaleza ocupaba casi toda la sala. Había cojines sobre la alfombra, mantas extendidas entre las sillas del comedor y un dinosaurio de plástico haciendo guardia en la entrada como si realmente protegiera aquel reino imaginario. Crucé los brazos y observé el desastre durante unos segundos, intentando convencerme de que todavía era posible tener el departamento presentable antes de ir al aeropuerto.

—Creo que acabo de descubrir por qué nunca termino de limpiar esta casa —comenté, arqueando una ceja.

Oliver salió arrastrándose desde debajo de una manta y levantó la cabeza con una expresión completamente inocente.

—¿Por qué?

—Porque vivo con un pequeño arquitecto que destruye todo más rápido de lo que yo puedo ordenar.




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