Lo que el tiempo no borró

Capítulo 7

Enzo tomó nuevamente la maleta y los tres comenzamos a caminar hacia el estacionamiento. Oliver iba unos pasos delante de nosotros, incapaz de contener la emoción. Hablaba tan rápido que apenas dejaba espacio para respirar, señalando todo a su alrededor mientras intentaba resumirle a Enzo las últimas semanas de nuestra vida en Nueva York.

—¡Zio! Tengo una habitación enorme, y mamma tiene un estudio para pintar. También encontramos una heladería buenísima cerca de la casa y hay un parque donde puedo andar en patineta. Ah, y construí una fortaleza gigante en la sala... aunque después tuvimos que recogerla porque mamma dijo que no podías llegar y pensar que vivimos entre cojines.

Enzo giró lentamente la cabeza hacia mí con una sonrisa divertida.

—¿Tú preocupándote por el orden? Eso sí que no me lo esperaba.

Solté una risa y le di un pequeño golpe con el dorso de la mano en el brazo.

—No empieces.

—¿Qué? Si todavía ni siquiera hemos salido del aeropuerto y ya me estás agrediendo.

—Te lo tienes bien merecido.

Oliver comenzó a reír con tanta fuerza que terminó abrazándose al brazo de Enzo.

—¡Mamma siempre dice eso!

—¿Ves? Ya hasta me conoce las excusas —respondió él con fingida resignación.

Aquel intercambio tan simple consiguió hacerme sentir una ligereza que no experimentaba desde hacía tiempo. Había algo en la presencia de Enzo que convertía cualquier conversación cotidiana en un momento agradable. Nunca necesitábamos esforzarnos para romper el hielo. Era como si los meses de distancia desaparecieran apenas nos volvíamos a encontrar.

Cuando llegamos al automóvil, Enzo acomodó la maleta en la cajuela mientras Oliver se apresuraba a subir a su asiento. Yo ocupé mi lugar frente al volante y, apenas salimos del estacionamiento, el movimiento constante de la ciudad volvió a envolvernos. A esa hora las calles estaban llenas de personas regresando a casa después del trabajo, los semáforos parecían eternos y el tráfico avanzaba con esa paciencia obligatoria que uno termina aprendiendo cuando vive en Nueva York.

Enzo observaba todo con evidente curiosidad. Giraba la cabeza de un lado a otro, contemplando los edificios, las avenidas y el ir y venir de la gente como si intentara absorber cada detalle de la ciudad.

—Debo admitir que la imaginaba mucho más caótica.

No pude evitar sonreír.

—Espera unos minutos antes de sacar conclusiones.

Como si la ciudad hubiera decidido demostrar mi punto, un taxi cambió bruscamente de carril delante de nosotros sin encender la direccional. Tuve que frenar con cuidado mientras el conductor continuaba su camino como si nada hubiera ocurrido.

Enzo soltó una carcajada.

—Está bien. Retiro completamente lo que dije.

Negué divertida mientras volvía a incorporarme al tráfico.

—Los primeros días fueron horribles. Sentía que cada vez que tomaba el coche estaba participando en una competencia donde nadie conocía las reglas.

—¿Y ahora?

—Ahora simplemente aprendí que aquí todos sobreviven improvisando.

Durante algunos minutos permanecimos en silencio. Oliver iba completamente distraído observando los edificios por la ventana, mientras yo disfrutaba de esa tranquilidad que pocas veces encontraba durante la semana. Era una de esas compañías que no exigían conversación constante; bastaba con saber que la otra persona estaba allí.

Fue Enzo quien terminó rompiendo el silencio.

—¿Y cómo va Lumière?

Sentí una pequeña sonrisa antes incluso de responder.

—Mucho mejor de lo que esperaba. Ha sido agotador, no voy a mentirte. Abrir una academia desde cero en una ciudad como esta ha significado trabajar prácticamente todos los días, pero cada vez que entro a un aula y veo a los alumnos pintar con tanta ilusión, recuerdo por qué valió la pena todo el esfuerzo.

Hice una breve pausa antes de continuar.

—Cada semana llegan estudiantes nuevos. Algunos apenas han tomado un pincel en su vida y otros tienen un talento impresionante. Me emociona ver cómo empiezan a descubrir su propio estilo. Creo que eso es lo que más disfruto de enseñar.

Enzo sonrió con ese orgullo silencioso que siempre aparecía cuando hablábamos de la academia.

—Nunca tuve dudas de que lo conseguirías.

Lo miré apenas un segundo antes de volver la vista al camino.

—Gracias.

Su expresión cambió ligeramente.

—La última vez que hablamos por teléfono me dijiste que había surgido una oportunidad importante. No quisiste contarme mucho porque decías que preferías hacerlo en persona.

Respiré hondo.

Sabía que tarde o temprano llegaríamos a esa conversación.

—Hace unos días recibí una llamada de Eduardo Vargas, el propietario del Museo Central de Nueva York.

Enzo giró el rostro hacia mí con evidente sorpresa.

—¿El Museo Central?

Asentí lentamente.

—Quiere trabajar con Lumière. La idea es organizar una exposición con las mejores obras de nuestros alumnos y desarrollar distintos proyectos entre la academia y el museo durante el próximo año.

Durante unos segundos permaneció completamente callado, asimilando la noticia.

—Hil... eso es enorme.

—Lo sé.

Su siguiente pregunta llegó con total naturalidad.

—Entonces... ¿por qué siento que todavía hay algo más?

Sonreí con cierta resignación.

Sabía que con Enzo nunca había servido intentar ocultar nada.

—Porque la reunión no terminó ahí.

Mis dedos se aferraron un poco más al volante.

—Antes de despedirnos, Eduardo me pidió que también expusiera algunas de mis pinturas.

El silencio que siguió fue breve, pero suficiente para que el peso de aquellas palabras volviera a instalarse dentro de mí.

Finalmente, Enzo sonrió con una serenidad que me desarmó por completo.

—Ya era hora.

Lo miré de reojo, incrédula.

—¿Así de simple?

Él asintió sin perder la sonrisa.




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