Aquellas tres palabras cambiaron algo dentro de mí.
Quiere un papá.
No importaba cuántas veces las repitiera en mi cabeza; seguían doliendo igual. Era increíble cómo una frase tan corta podía tener el poder de derrumbar años enteros de esfuerzo. Durante todo este tiempo había hecho hasta lo imposible para que Oliver nunca sintiera la ausencia de nadie. Me había convencido de que el amor de mis padres, el de Enzo y el mío serían suficientes para llenar cualquier vacío que pudiera existir en su vida. Había trabajado hasta el cansancio para construir un hogar donde nunca faltaran las risas, los abrazos y el cariño. Creí, ingenuamente, que si le daba todo eso, nunca tendría motivos para preguntarse por aquello que no tenía.
Qué equivocada estaba.
Aquella noche apenas pude dormir. Permanecí durante horas acostada con la mirada perdida en el techo de mi habitación, mientras la nieve seguía cayendo al otro lado de la ventana, cubriendo Manhattan con un manto blanco que parecía envolver la ciudad en un silencio absoluto. Sin embargo, dentro de mí no existía esa calma. Mi mente era un torbellino imposible de detener. Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la letra infantil de Oliver sobre aquella hoja dirigida a Santa Claus. No había pedido el juguete más caro, una consola de videojuegos o una montaña de regalos como cualquier niño de su edad. Había pedido algo que yo jamás podría envolver con un lazo rojo ni colocar debajo del árbol de Navidad.
Un padre.
Sentía un peso insoportable oprimiéndome el pecho. No porque mi hijo hubiera hecho aquella petición, sino porque comprendí que llevaba mucho tiempo guardándose ese deseo. Mientras yo me esforzaba cada día por darle la mejor infancia posible, él había aprendido a sonreír escondiendo una ausencia que nunca se atrevió a mencionar delante de mí. No sabía cuándo había comenzado a sentirse así. Tal vez al ver a sus compañeros correr hacia sus padres al salir de la escuela. Tal vez durante alguna reunión familiar de alguno de sus amigos. O quizá mientras observaba a otros niños jugar al fútbol tomados de la mano de sus papás. No lo sabía. Y precisamente esa incertidumbre era lo que más me destrozaba.
Siempre juré que Oliver jamás crecería sintiéndose menos amado que cualquier otro niño. Quería que supiera que era deseado, que había llegado para cambiar mi vida y darle un sentido completamente distinto. Durante años repetí una y otra vez que yo podía con todo. Que no necesitaba a nadie para salir adelante. Que él y yo éramos suficientes. Sin embargo, aquella simple carta me obligó a enfrentar una verdad que llevaba demasiado tiempo negándome: por mucho amor que pudiera darle, jamás sería capaz de ocupar el lugar de un padre.
Y como si el universo disfrutara poniendo a prueba mi fortaleza, apenas unos días antes el destino había decidido volver a cruzar a Liam en mi camino.
Todavía podía recordar con absoluta claridad la expresión de su rostro cuando nuestras miradas se encontraron en aquel parque. Habían pasado casi seis años desde la última vez que lo vi y, aun así, fui capaz de reconocerlo al instante. Había cambiado. Los años lo habían convertido en un hombre mucho más maduro, más sereno, pero había algo en sus ojos que seguía siendo exactamente igual. Bastó un segundo para que todos los recuerdos que había enterrado con tanto esfuerzo encontraran el camino de regreso.
Siempre creí que, si algún día volvía a verlo, ya no sentiría absolutamente nada. Me repetí durante años que el tiempo terminaría borrándolo de mi corazón, que solo sería un recuerdo lejano de la mujer ingenua que fui alguna vez. Me aferré a esa idea con todas mis fuerzas porque era la única forma de seguir adelante. Pero estaba equivocada. Algunas heridas no desaparecen con el paso de los años; simplemente aprenden a esconderse en un rincón donde dejan de doler... hasta que alguien vuelve a abrirlas.
Verlo otra vez había sido suficiente para comprender que ninguna de esas heridas había cicatrizado por completo.
Aun así, no podía permitirme caer.
No ahora.
No cuando Oliver me necesitaba más que nunca.
Respiré profundamente, secándome las lágrimas antes de que terminaran deslizándose por mis mejillas. Podía sentir mi corazón hecho pedazos, podía odiar al destino por su cruel sentido del humor e incluso podía permitirme llorar en la soledad de mi habitación. Pero cuando amaneciera, volvería a ponerme de pie. Sonreiría como siempre. Prepararía el desayuno de Oliver, lo llevaría a la academia y seguiría adelante como lo había hecho durante los últimos seis años.
Porque antes que cualquier otra cosa, antes que Hilary, la mujer que un día se enamoró perdidamente de Liam, estaba Hilary, la madre de Oliver.
Y por él...
Era capaz de soportarlo todo
…
Hoy la oficina se encuentra inusualmente bulliciosa y animada, pues los empleados solo trabajarán medio turno debido a la fiesta navideña que la empresa organiza cada año para ellos. Es una tradición muy especial que todos esperan con gran ilusión.
A medida que me acerco a mi despacho, puedo percibir el ambiente festivo que impregna cada rincón del edificio. Los pasillos están decorados con guirnaldas, luces y adornos navideños que crean un entorno cálido y acogedor. Los trabajadores caminan de un lado a otro, entre risas y animadas conversaciones, ultimando los detalles de la celebración que se llevará a cabo en apenas un par de horas.
Una vez dentro de mi oficina, el ajetreo se siente aún más palpable. Puedo escuchar a lo lejos el sonido de la música de fondo y los preparativos de la cocina, donde seguramente el equipo de catering está dando los últimos toques a los deliciosos platillos que formarán parte de la cena.
Sé que en esta empresa somos como una gran familia, y estas festividades son una oportunidad maravillosa para estrechar vínculos y compartir momentos de alegría y camaradería. Todos los años me encargo personalmente de organizar esta fiesta, buscando que cada detalle sea perfecto y que mis queridos colaboradores puedan disfrutar de una velada verdaderamente especial.