No quería hacerlo.
Desde que abrí los ojos esa mañana supe que no quería hacerlo, pero aun así me levanté. Me vestí despacio, como si cada botón que cerraba me diera tiempo para cambiar de opinión. No lo hice.
Había pasado una semana desde que mis papás lo supieron. Una semana de silencios más suaves, de miradas largas, de cuidados torpes. Y aun así, sentía que algo estaba incompleto. Como si me faltara cerrar una puerta que seguía abierta solo para hacerme daño.
Leonardo.
No había vuelto a escribir. No había llamado. No había preguntado nada.
Pero yo sí.
Le mandé un mensaje corto, seco, que releí al menos diez veces antes de enviarlo.
*Necesito hablar contigo. En persona.*
No esperaba respuesta inmediata, pero llegó.
*¿Dónde?*
El corazón me dio un vuelco.
Quedamos de vernos en un café pequeño, cerca de donde solían juntarse nuestros amigos. No era un lugar especial. Tal vez por eso lo elegí.
Llegué primero. Me senté en una mesa del fondo, con la espalda rígida y las manos apretadas alrededor de un vaso de agua que no probé. Cada vez que se abría la puerta, levantaba la vista.
Cuando Leonardo entró, lo reconocí de inmediato. No había cambiado nada. Eso fue lo que más dolió.
Se sentó frente a mí sin saludar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
No hubo preocupación en su voz. Ni nervios.
—Estoy embarazada —dije, mirándolo a los ojos—. Ya te lo dije, pero necesitaba verte.
Suspiró, como si le estuviera hablando de algo molesto.
—Madeleine, ya hablamos de eso.
—No —respondí—. Tú te fuiste.
Desvió la mirada.
—No es tan simple.
—Para mí sí lo es —dije, sintiendo cómo me temblaba la voz—. Estoy embarazada. Y necesito saber si vas a estar.
Se quedó en silencio unos segundos. Luego negó.
—No puedo —dijo—. No es el momento. Tengo planes. Tengo una vida.
Las palabras me atravesaron.
—¿Y yo qué? —pregunté—. ¿Y esto?
Llevé la mano a mi vientre. Fue un gesto pequeño, pero él lo vio.
—No sé si sea mío —soltó.
Sentí que el aire se me iba.
—¿Cómo puedes decir eso? —susurré.
—No estoy diciendo que no lo sea —respondió rápido—. Solo… no lo sé.
—Claro que lo sabes.
Se pasó la mano por el rostro, incómodo.
—Mira —dijo—. Yo no quiero problemas. Ni responsabilidades ahorita. Mis papás me matarían. Yo… no estoy listo.
—Yo tampoco lo estaba —respondí—. Pero aquí estoy.
Se levantó de la silla.
—No puedo hacer esto —dijo—. Lo siento.
—¿Eso es todo? —pregunté, con la voz rota—. ¿Te vas a ir otra vez?
No me miró.
—Es lo mejor.
Y se fue.
Me quedé ahí sentada, con la sensación de haberme quedado sin piel. No lloré. No grité. Solo sentí un vacío profundo, definitivo.
Esa fue la última vez que lo busqué.
Esa fue la última vez que esperé algo de él.
Cuando salí del café, el sol me lastimó los ojos. Caminé sin rumbo durante varias cuadras, hasta que el cansancio me obligó a detenerme.
Apoyé una mano en mi vientre.
—Somos tú y yo —susurré—. Y voy a poder.
No sabía cómo.
Pero por primera vez, dejé de esperar que él lo hiciera por mí.