Lo que el tiempo no borró

7. Tres

El consultorio olía a desinfectante y a algo metálico que me revolvía el estómago. Las paredes eran blancas, demasiado blancas, y el sonido del reloj colgado detrás del escritorio marcaba el paso del tiempo con una precisión cruel, como si quisiera recordarnos que el tiempo no se iba a detener por nosotros.

Mamá estaba sentada a mi lado, con el bolso apretado contra el pecho. Papá permanecía de pie, cerca de la ventana, con los brazos cruzados, fingiendo una calma que no le pertenecía. Yo observaba el piso, contando las líneas de las baldosas para no pensar en nada más.

—¿Lista? —preguntó el doctor con voz tranquila.

No estaba lista para nada, pero asentí.

Me recosté en la camilla y subí un poco la blusa. El gel frío tocó mi piel y no pude evitar estremecerme.

—Está helado —murmuré.

—Siempre lo está —dijo el doctor con una pequeña sonrisa—. Respira hondo.

Mamá me tomó la mano.

—Aquí estoy —susurró—. Mírame si te da miedo.

La pantalla se encendió. Al principio solo vi manchas grises, sombras sin forma. El doctor movía el transductor con cuidado, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Todo está bien? —preguntó papá desde atrás.

—Sí —respondió el doctor—. Solo estoy revisando.

Ese solo me puso los nervios de punta.

—¿Cuántas semanas tengo? —pregunté para romper el silencio.

—Entre siete y ocho —respondió—. Pero…

Ese pero me atravesó.

—¿Pero qué? —dije rápido.

El doctor ajustó la imagen, cambió el ángulo, volvió a observar la pantalla.

—Madeleine —dijo con cuidado—, ¿tienes antecedentes de embarazos múltiples en tu familia?

—No… —respondí—. Que yo sepa, no.

Mamá frunció el ceño.

—¿Por qué lo pregunta?

El doctor respiró hondo.

—Porque no es un solo saco gestacional.

Sentí que el corazón se me subía a la garganta.

—¿Cómo que no es uno? —preguntó papá, acercándose.

El doctor giró la pantalla un poco hacia nosotros.

—Son tres.

El silencio fue absoluto.

—¿Tres qué? —pregunté, con la voz apenas audible.

—Tres bebés —aclaró—. Es un embarazo triple.

—No… —susurré—. No, no, no…

Mamá se llevó la mano a la boca.

—¿Tres? —repitió—. ¿Está seguro?

—Completamente —respondió el doctor—. Miren.

Señaló la pantalla.

—Aquí está uno… aquí el segundo… y aquí el tercero.

Encendió el sonido.

Un latido.

Otro.

Y otro más.

Tres.

Las lágrimas me nublaron la vista.

—Yo no puedo —dije—. No puedo con esto.

—Sí puedes —respondió mamá de inmediato, con la voz quebrada—. Vamos a poder.

Papá no dijo nada al principio. Se pasó la mano por la cara, respirando hondo.

—¿Y están bien? —preguntó finalmente—. ¿Los tres están bien?

—Por ahora, sí —respondió el doctor—. Pero será un embarazo de alto riesgo.

—¿Alto riesgo? —repetí.

—Sí —asintió—. Necesitaremos controles constantes, reposo, cuidados especiales.

—¿Y ella? —preguntó mamá—. ¿Ella va a estar bien?

El doctor la miró con seriedad.

—Vamos a hacer todo lo posible para que sí.

Eso fue suficiente para que el miedo se instalara del todo.

Papá apoyó una mano en mi hombro.

—No estás sola —dijo, con voz firme—. No te voy a soltar.

Lo miré, llorando.

—Tengo miedo.

—Yo también —admitió—. Pero no nos vamos a ir.

Cuando salimos del consultorio, el mundo parecía otro. Más ruidoso. Más pesado.

Tres.

Tres vidas creciendo dentro de mí.

Tres latidos que ya no podía ignorar.

Y aunque el miedo me apretaba el pecho…

por primera vez entendí que ya no se trataba solo de mí.




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