Lo que el tiempo no borró

8. El peso de la realidad

El trayecto de regreso a casa fue silencioso.

El auto avanzaba por calles que he recorrido toda mi vida, pero esa tarde todo se sentía distinto, como si el mundo hubiera cambiado de forma sin avisar. Mamá miraba al frente, con las manos firmes en el volante. Papá iba en el asiento del copiloto, serio, con la mandíbula tensa. Nadie puso música. Nadie habló.

Yo llevaba ambas manos sobre mi vientre, apenas abultado, como si así pudiera comprobar que todo lo que escuché hacía unos minutos no había sido un error.

Son tres… pensé otra vez, sintiendo cómo la idea volvía a golpearme el pecho. No es uno. Son tres.

La imagen de la pantalla del ultrasonido seguía grabada en mi mente. Tres pequeños latidos. Tres movimientos diminutos. Tres vidas.

Cuando llegamos a casa, el silencio continuó.

Mamá dejó las llaves sobre la mesa con un cuidado exagerado, como si cualquier ruido fuerte pudiera romper algo invisible. Papá se quitó la chamarra y la colgó sin decir palabra. Yo me quedé de pie en medio de la sala, sin saber qué hacer, sintiéndome de pronto fuera de lugar en mi propia casa.

—Ve a recostarte un rato —me dijo mamá al fin, con voz suave—. Debes estar cansada.

Asentí y caminé hacia mi cuarto. Cerré la puerta detrás de mí y me dejé caer en la cama, mirando el techo. Sentía el cuerpo pesado, la cabeza llena, el corazón acelerado.

Esa noche, el sueño no llegó.

El estómago se me revolvía, no sabía si por las náuseas o por la ansiedad. Me giré de un lado a otro, apretando las sábanas entre los dedos. A veces cerraba los ojos y veía la pantalla negra del ultrasonido. A veces escuchaba la voz del doctor diciendo palabras que aún no lograba ordenar del todo.

En algún momento, escuché voces.

Me incorporé un poco en la cama, conteniendo la respiración. Desde mi cuarto alcanzaba a oír a mis papás hablando en voz baja en la cocina.

—Son tres… —susurró mamá.

—Lo sé —respondió papá, con un tono cansado—. Lo sé.

—Está muy chica…

—Pero es nuestra hija.

Cerré los ojos con fuerza. No escuché más. No quise escuchar más. Me cubrí la cara con las manos, sintiendo cómo la culpa me caía encima como un peso imposible de quitarme.

Todo esto es por mí, pensé. Por mis decisiones. Por una noche. Por no haber pensado.

Las lágrimas me rodaron en silencio.

Un rato después, la puerta de mi cuarto se abrió despacio.

—¿Puedo pasar? —preguntó mamá, asomándose.

Asentí.

Se sentó a mi lado en la cama. No dijo nada de inmediato. Solo me acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y apoyó su mano sobre la mía.

—Tengo miedo —confesé en un susurro—. Mucho.

—Yo también —admitió—. Sería raro no tenerlo.

La miré.

—No sé cómo voy a hacer esto. No sé cómo voy a poder.

Respiró hondo.

—No tienes que saberlo todo hoy —me dijo—. Solo tienes que saber una cosa.

—¿Cuál?

—Que no estás sola. Nunca.

Entonces rompí en llanto. Mamá me abrazó con fuerza y me dejó llorar todo lo que necesitaba. No hubo promesas irreales ni frases vacías. Solo un abrazo que decía más que cualquier palabra.

Cuando salió de mi cuarto, la casa volvió a quedar en silencio.

Tomé mi celular.

Desbloqueé la pantalla. Abrí la conversación que ya conocía de memoria.

Leonardo.

No había mensajes nuevos.

Ni una llamada.

Ni una pregunta.

Ni una señal.

Tragué saliva.

¿Sabrá siquiera que no es uno? pensé. ¿Le importaría?

Apagué el teléfono y lo dejé boca abajo sobre la mesa de noche.

Me acosté de lado y, casi sin darme cuenta, volví a llevar la mano a mi vientre.

—No sé cómo voy a hacerlo —susurré, con la voz temblorosa—. Pero lo voy a intentar.

Cerré los ojos.

Mi vida ya había cambiado para siempre.

Y aunque el miedo seguía ahí, profundo y real, algo nuevo empezaba a nacer junto a él: la certeza de que ya no había marcha atrás.




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