Lo que el tiempo no borró

9. Lo inevitable

No pasó ni una semana antes de que la realidad empezara a tocar la puerta.

No llegó de golpe, llegó en pequeños detalles que antes no veía y que ahora parecían gritarme en la cara. El refrigerador más vacío de lo normal. Mamá haciendo cuentas en una libreta. Papá hablando por teléfono en voz baja, usando un tono que solo usaba cuando estaba preocupado.

Yo trataba de seguir con mi rutina, pero ya nada era igual.

Me levantaba cansada. El cuerpo me pesaba más cada día. Las náuseas aparecían sin avisar, incluso con olores que antes me gustaban. A veces me quedaba sentada en la orilla de la cama, mirándome las manos, preguntándome cómo había llegado hasta ahí.

Una mañana, mientras desayunábamos, mamá rompió el silencio.

—Tenemos que empezar a prepararnos —dijo, sin rodeos.

Levanté la mirada lentamente.

—¿Prepararnos… cómo?

—Para los bebés —respondió—. Para todo.

La palabra bebés me apretó el pecho.

Papá dejó su taza sobre la mesa.

—No es para asustarte —añadió—. Pero no podemos esperar hasta el último momento.

Asentí, aunque por dentro sentía que me faltaba el aire.

Ese mismo día fuimos al supermercado.

Nunca había caminado por los pasillos de pañales y fórmulas con tanta atención. Todo era más caro de lo que imaginaba. Mamá tomaba cosas, las miraba, comparaba precios y luego volvía a dejarlas en su lugar.

—Con calma —me dijo al notar mi expresión—. Poco a poco.

Yo asentí, pero no pude evitar pensar que poco a poco sonaba imposible cuando se trataba de tres bebés.

En la sección de ropa infantil me detuve frente a unos conjuntos diminutos. Eran tan pequeños que parecía imposible que algún día alguien cupiera ahí.

—¿Te gustan? —preguntó mamá.

—Me dan miedo —admití.

Ella sonrió con tristeza.

—Eso no es miedo —dijo—. Es amor llegando antes de tiempo.

Tragué saliva.

Esa noche, en mi cuarto, hice algo que había evitado durante días.

Saqué una libreta y empecé a escribir.

Gastos.

Consultas.

Medicinas.

Cosas básicas.

El lápiz me temblaba en la mano. No sabía ni por dónde empezar, ni cómo iba a terminar. Cerré la libreta con brusquedad y me llevé las manos al rostro.

—No puedo —murmuré—. No puedo con todo esto.

El celular vibró sobre la cama.

Mi corazón dio un salto que duró apenas un segundo.

No era Leonardo.

Era Sarai.

¿Cómo estás?

Escribí y borré varias veces antes de responder.

Cansada. Asustada.

La respuesta no tardó.

Pero sigues de pie. Eso cuenta.

Miré el mensaje durante unos segundos.

Tal vez sí. Tal vez solo eso era suficiente por ahora.

Más tarde, escuché a papá tocar la puerta.

—¿Puedo pasar?

—Sí.

Se sentó frente a mí, serio, pero con una suavidad nueva en la mirada.

—No voy a mentirte —dijo—. Va a ser difícil. Mucho.

Asentí.

—Pero no vamos a soltarte —continuó—. Ni a ti, ni a ellos.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—Papá…

—Escúchame —me interrumpió—. Cometiste un error. Sí. Pero eso no te define. Lo que hagas a partir de ahora, sí.

Me acerqué y lo abracé con fuerza.

Esa noche, antes de dormir, volví a apoyar la mano sobre mi vientre.

—Todavía no tengo todo resuelto —susurré—. Pero les prometo algo.

Respiré hondo.

—No voy a huir.

Por primera vez desde que todo comenzó, sentí que esa promesa era real.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.