Tenía casi cuatro meses de embarazo.
El doctor lo había dicho con números exactos, semanas que yo apenas entendía, pero en mi cabeza solo sonaba así: ya no es el principio. Ya había pasado lo peor de las náuseas constantes, ya no me despertaba todos los días con ganas de vomitar, y aunque seguía cansándome con facilidad, mi cuerpo empezaba a adaptarse.
Tres vidas creciendo dentro de mí.
A veces me parecía irreal.
Esa mañana estaba frente al espejo, intentando decidir qué ponerme. Muchas de mis blusas ya no me quedaban igual. No era algo exagerado, pero el cambio estaba ahí, evidente solo para mí.
Me quedé mirándome varios segundos.
—Hola —susurré, apoyando la mano sobre mi vientre—. Aquí estamos.
No sentí patadas todavía, ni movimientos claros, pero había una sensación distinta. Una presencia constante.
En la cocina, el ambiente llevaba días siendo diferente.
Papá silbaba mientras se servía café.
Eso, por sí solo, ya era raro.
—¿De buen humor? —le pregunté, sentándome a la mesa.
Él levantó la mirada y sonrió de una forma que no le había visto en semanas, una sonrisa cansada pero sincera.
—Me llamaron ayer —dijo—. Del trabajo nuevo.
Sentí que el corazón me dio un salto.
—¿Trabajo nuevo?
Mamá apareció desde el pasillo, secándose las manos con un trapo. Sus ojos brillaban.
—Le ofrecieron el puesto —dijo—. Empieza el lunes.
—¿Y…? —pregunté, conteniendo la respiración.
Papá carraspeó, como si todavía no terminara de creérselo.
—Me van a pagar más del doble —confesó—. Incluso podría llegar a ser el triple si todo sale bien.
Me llevé la mano a la boca.
—¿De verdad?
—De verdad —asintió—. No va a ser fácil, pero… es una oportunidad.
Me levanté de inmediato y lo abracé.
—Papá, gracias.
Él me sostuvo con fuerza.
—No me agradezcas —dijo en voz baja—. Esto es para todos. Para ustedes.
Por primera vez en semanas, sentí que el aire entraba a mis pulmones sin doler.
Ese fin de semana salimos a comprar.
Nada grande. Nada lujoso. Pero sí lo inevitable.
Pañales en oferta.
Biberones sencillos.
Una cuna usada que encontramos en buen estado, después de revisar cada tornillo.
Mamá tocaba las cosas con cuidado, como si ya supiera que pertenecían a alguien muy importante. Papá preguntaba precios, hacía cuentas mentales, pero ya no con el ceño fruncido, sino con una calma nueva.
Yo caminaba despacio entre los pasillos, sintiendo cómo la realidad se volvía tangible.
En la sección de ropa me detuve frente a unos zapatitos diminutos.
Tres pares.
Los tomé con cuidado, como si fueran frágiles.
—¿Muy pronto? —pregunté.
Mamá me miró y negó con la cabeza.
—Nunca es pronto para imaginar cosas buenas.
Tragué saliva.
Esa noche, en mi cuarto, acomodé las primeras cositas en una caja.
No era mucho.
Pero era real.
Me senté en la cama, respirando despacio, y apoyé ambas manos sobre mi vientre.
—Todavía tengo miedo —admití en voz baja—. Mucho.
Cerré los ojos un momento.
—Pero hoy… hoy también tengo esperanza.
Por primera vez desde que supe que estaban ahí, entendí algo con claridad:
No todo iba a ser oscuridad.
A veces, incluso en medio del caos, la vida sabía encender pequeñas luces.