Tenía entre cinco y seis meses de embarazo.
El doctor lo había dicho con números exactos, semanas que yo ya empezaba a entender mejor, pero para mí se resumían en algo muy simple: mi cuerpo ya no podía fingir. Mi vientre era evidente, mis pasos más lentos, mis noches más largas. Dormía de lado, con almohadas por todos lados, y aun así me despertaba varias veces solo para asegurarme de que todo estaba bien.
Y casi siempre lo estaba.
Porque ahora los sentía.
No como movimientos fuertes, sino como pequeñas señales, burbujas suaves que aparecían cuando menos lo esperaba. A veces mientras lavaba los platos, otras cuando me sentaba a descansar. Cada vez que pasaba, me quedaba quieta, respirando hondo, con una sonrisa que no podía esconder.
Ahí estaban.
Los tres.
La idea de hacer la revelación de género no nació como un plan grande ni inmediato. Empezó una tarde cualquiera, en la cocina, mientras mamá cortaba verduras y yo estaba sentada a la mesa, masajeándome la espalda baja.
—Ya casi es la cita —dijo de pronto—. La del ultrasonido donde nos dicen qué son.
Asentí.
—Lo sé.
—¿Te gustaría hacer algo? —preguntó, sin mirarme—. Algo sencillo. Para la familia.
Levanté la vista.
—¿Una revelación?
—Sí —intervino papá desde la sala—. Nada exagerado. Solo… celebrar.
Me quedé en silencio unos segundos. Meses atrás, la palabra celebrar me habría dado miedo. Me habría parecido incorrecta, fuera de lugar. Pero ahora… ahora sentía algo distinto en el pecho.
—Sí —dije al fin—. Me gustaría.
Mamá sonrió de inmediato.
—Entonces lo hacemos.
Los días siguientes estuvieron llenos de preparativos tranquilos, sin prisas ni estrés. Mamá planeó la comida con cuidado, pensando en cosas que no me provocaran náuseas. Papá se encargó de conseguir un pastel sencillo y algunas decoraciones para el patio. Nada caro. Nada exagerado.
Pero todo hecho con amor.
La casa se sentía distinta últimamente. Más ligera. Papá hablaba seguido de su trabajo nuevo, de lo bien que le estaba yendo, de cómo por fin sentía que su esfuerzo valía la pena. Mamá también estaba más animada, más segura, como si el futuro ya no se viera tan incierto.
Había estabilidad.
Y yo la sentía como un abrazo silencioso.
El día de la revelación amaneció despejado, con un sol suave que no quemaba. Me arreglé con calma, sin apurarme. Elegí un vestido ligero, de tela suave, que caía con naturalidad sobre mi vientre. No quería algo llamativo, solo algo que me hiciera sentir bonita… y en paz.
Cuando me miré al espejo, tardé unos segundos en reconocerme.
Ya no vi a la chica asustada del consultorio.
Vi a una mamá.
—Te ves hermosa —dijo mamá cuando salí del cuarto.
—¿De verdad? —pregunté, tocándome el vientre.
—De verdad —respondió papá—. Y muy fuerte.
El patio estaba listo.
Globos en tonos neutros, flores sencillas sobre la mesa, platos acomodados con cuidado. El pastel blanco estaba al centro, con detalles en azul y rosa apenas visibles. No éramos muchos: algunos familiares cercanos, un par de amigos de la familia… y Sarai.
—Mírate —dijo ella al verme—. Estás preciosa.
—Estoy nerviosa —confesé.
—Eso es normal —sonrió—. Es un momento importante.
Nos sentamos un rato, comimos, hablamos de cosas simples. Nadie tocó temas difíciles. Nadie habló del pasado. Era como si, por una tarde, todos hubiéramos decidido respirar al mismo tiempo.
Cuando llegó el momento, papá se aclaró la garganta.
—Gracias por estar aquí —dijo—. Este momento significa mucho para nosotros.
Mamá me tomó la mano.
—Para ella —añadió—. Y para los bebés.
Sentí cómo el pecho se me apretaba.
El pastel quedó frente a mí. Papá a un lado. Mamá al otro. Mis manos temblaban un poco cuando tomé el cuchillo.
—¿Lista? —preguntó mamá, mirándome a los ojos.
—Creo que sí —respondí, respirando hondo.
Corté.
Por un segundo nadie dijo nada.
Luego aparecieron los colores.
Rosa.
Y azul.
—¡Dos niñas y un niño! —exclamó alguien.
El patio se llenó de aplausos, risas y voces emocionadas.
Mamá se llevó las manos al rostro, llorando.
—Dos nietas… y un nieto —dijo—. Qué bendición.
Papá me abrazó con fuerza.
—Alaysha, Ailany… y Alexander —murmuró—. Ya los amo, aunque aún no los conozca.
Las lágrimas me bajaron sin permiso. Apoyé la mano sobre mi vientre, sintiendo un movimiento suave, como si ellos también supieran.
—Son reales —susurré—. Ya son reales.
Sarai me abrazó.
—Siempre lo fueron.
La tarde siguió entre fotos, risas, planes dichos en voz alta. Nombres repetidos una y otra vez. Sueños pequeños. Ideas sencillas. Nadie habló de miedo. Nadie mencionó problemas.
Solo amor.
Cuando todos se fueron y la casa volvió a quedar en silencio, me senté en mi cama, cansada pero tranquila.
—Dos niñas y un niño —dije en voz baja—. Los tres.
Respiré hondo.
Por primera vez desde que supe que estaban ahí, no sentí vértigo.
Sentí gratitud.
Sentí amor.
Y supe, con una certeza nueva, que aunque el camino no fuera perfecto… estábamos exactamente donde teníamos que estar.