Lo Que Hay entre líneas

Capítulo 12

Valentina no supo exactamente en qué segundo dejó de escuchar los platos del restaurante o las risas de una mesa cercana. Solo sabía que Elías estaba ahí, mirándola como si leerla fuera más fácil que entender el menú. Y por alguna razón, ella no quería apartarse esta vez.

Él no dijo nada. Solo la observó un poco más, como si estuviera buscando el punto exacto donde el corazón comienza a rendirse. Y ella… no se apartó.

—¿Siempre miras así cuando estás a punto de decir algo estúpidamente romántico? —susurró ella, rompiendo la tensión con una media sonrisa que temblaba en los bordes.

—No. Solo cuando sé que voy a decir algo que tal vez no debería… pero quiero igual.

—Entonces dilo.

—Estoy pensando que si me acerco un poco más, vas a dejarme o me detendrás…

Ella bajó la mirada por un segundo. ¿qué la detenía en ese instante? El nombre que no se mencionaba —Elías Navarro— flotó por un instante en su mente, como un fantasma que se niega a marcharse. Pero esta vez no ocupó tanto espacio. Esta vez, el presente pesaba más.

—Tal vez deberías intentarlo —dijo ella, apenas audible.

Un silencio tranquilo se sentía alrededor, sin prisas, solo parecía que existían ellos en ese momento. Poco a poco la distancia fue disminuyendo, y sus respiraciones mezclándose.

Elías Duarte no necesitó más permiso que ese. Se acercó con la lentitud de quien sabe que lo frágil no se toca con apuro, hasta que sus frentes casi se rozaban. No hubo prisa. No hubo escena robada de película. Solo una cercanía sincera, el roce de sus narices, el calor compartido.

No fue torpe ni desesperado. Fue ese tipo de beso que parece recoger todo lo no dicho, lo contenido, lo esperado sin admitirlo.

Valentina cerró los ojos, permitiéndose sentirlo. Cuando se separaron, apenas unos centímetros, ambos mantuvieron los ojos cerrados por un segundo más. Como si al abrirlos, el mundo fuera a cambiar.

—¿Eso fue una metáfora? —preguntó Valentina con voz baja, enredada aún en el momento.

—No —respondió él—. Eso fue la excepción a todas mis metáforas.

Ella sonrió, ladeando la cabeza como si quisiera memorizar esa versión de él: sereno, valiente, con el mar de fondo y la mirada limpia.

—Te vas a quedar, ¿cierto?

—Solo si tú me dejas.




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