Marlowe
La palabra cena resonaba en mi cabeza con un eco molesto, cena. Cómo si fuera algo normal, como si yo tuviera el más mínimo interés en cocinar para chicos más allá de mi hermano.
Por qué claro, nada grita "gracias por cuidar a mi hermano" como una lasaña casera.
Y nada grita "yo no cocino ni por error" como yo misma.
Eso fue totalmente tu culpa porque hacer creer a Ian que siempre cocinabas tú, cuándo realmente pedías comida a domicilio.
Abrí la alacena con un suspiro que habría hecho sentir culpable a cualquier chef italiano. Harina, pasta, tómate. Todo ahí, mirándome como si supieran que no tenía ni idea de por dónde empezar.
—Esto es una pérdida de tiempo —murmuré dejando el frasco de salsa sobre la encimera.
La última vez que intenté cocinar terminé fundiendo una cuchara de plástico, literalmente. No estaba dispuesta a repetir esa tragedia doméstica.
No queremos llamar a los bomberos
Saqué el celular del bolsillo trasero de mis jeans, y con la precisión de una criminal encubierta, abrí la aplicación de comida a domicilio.
"Lasagna familiar, extra queso. Entrega discreta" Perfecto. Ni mamá se habría dado cuenta.
Tal vez si podía tenerlo todo, reputación de buena anfitriona y cero esfuerzo.
Los héroes también descansan. ¿No?
Una hora después, la notificación salvadora sonó. Tomé las llaves y salí al pasillo, caminando de puntillas como si cargará secretos de Estado.
El repartidor me esperaba con una sonrisa tan cansada como la mía.
—¿Marlowe Rosier?
—Sí, sí —respondí rápido, casi en un susurro— Gracias
Le di la propina más generosa de mi vida, solo para asegurarme de que olvidará mi cara. Pero justo cuando me gire con la bolsa en mano....
—¿Siempre pides tus cenas con tanta emoción?
Me quedé helada. Ahí estaba Xavier, subiendo las escaleras para entrar en el pasillo, con esa media sonrisa que parecía ensayada. Todo era una mezcla entre burla y curiosidad.
Genial. Justo lo que necesitábamos: el testigo perfecto de nuestro falso talento culinario.
—No sabía que te encanta pedir cenas a domicilio —dijo él, alzando la ceja.
—No sabía que tenías la costumbre de espiar a tus vecinos —Repliqué, sin mirarlo directamente mientras intentaba mantener la compostura.
—Solo pasaba por aquí —respondió, encogiéndose de hombros, pero sus ojos bajaron hacia la bolsa que intentaba ocultar atrás de mi espalda— ¿Eso es......la cena?
Tragué saliva.
—Claro que no —mentí, con la seguridad de quien sabe que la mentira no va a durar más de cinco segundos— Es....una prueba.
—¿Una prueba?
—Para...asegurar la calidad del servicio —Añadí, intentando parecer convincente.
Su sonrisa se ensanchó.
—Entonces, ¿la anfitriona misteriosa no cocina?
—La anfitriona misteriosa elige delegar responsabilidades. Es distinto.
Él soltó una leve risa, de esas que no sabes si irritan o contagian.
—Me gusta tu estilo, Lowe.
Oh, perfecto. Ahora somos "Lowe". Suena casi como si te hubieras ganado un apodo de burla oficial.
—¿Vas a delatarme o piensas ayudarme a fingir que la hice? —pregunté, alzando una ceja
No estamos para juegos,
Xavier cruzó los brazos, observándome con ese brillo travieso en los ojos.
—Depende. ¿Que ganó yo?
Respira...respira....no queremos estar 5 años en la cárcel por asesinato.
—Ganas lasagna gratis. Y mi eterna gratitud, si eso sirve de algo.
—Lo pensaré —contestó el, sonriendo un poco antes de apartarse del pasillo.
Su voz bajó mientras pasaba junto a mí.
—Por cierto, la próxima vez, oculta mejor la evidencia.
Me quedé mirándolo alejarse, aún con la bolsa en la mano y una mezcla de vergüenza y odio contenida.
La lasagna reposaba en el centro de la mesa como si realmente la hubiera cocinado yo. Si alguien miraba de lejos, incluso parecía casera, un poco desbordada por los bordes, el queso dorado y con ese aroma que grita éxito culinario.
Gracias, comida a domicilio.
Si esto sale bien, juro comprar siempre a domicilio.
Ian bajó primero, con el cabello despeinado y una sonrisa orgullosa.
—¿Hiciste tu eso? —preguntó, señalando la lasaña con los ojos tan abiertos que casi me dieron ganas de confesar.
—Obvio —Respondí sin titubear, sirviéndome agua para parecer más relajada— ¿Quién más?
El asintió, creyéndolo por completo, a veces ser hermana mayor tiene sus ventajas.
El timbre y el sonido de pasos en el pasillo anuncio a los demás. Christian fue el primero en entrar, seguido de Ben, y, por último, claro, él, Xavier, con esa media sonrisa que ya parecía un hábito.
—Huele bien —comentó Ben, con esa calma amable que parecía envolver toda la habitación.
—Sí, demasiado bien —Añadió Xavier tomando asiento frente a mí— Seguro estuviste horas en la cocina, ¿No?
Alcé la mirada, encontrando la suya. Esa chispa divertida seguía ahí, oculta detrás de una expresión casi inocente.
No te atrevas, Xavier.
No. Te. Atrevas.
—Algo así —respondí, sonriendo apenas, como quien sabe que está caminando sobre hielo delgado.
Mientras servía las porciones, sentí la mirada de Xavier todavía sobre mí.
Nos está subiendo el ego hasta el cielo.
Ian rompió el silencio.
—Está buenísima, Marlowe. Te quedó mil veces mejor que la última vez que cocinaste.
Gracias pequeño traidor, por recordarlo enfrente de todos
—Bueno, supongo que aprendí de mis errores —Repliqué, tomando el tenedor con falsa elegancia.
—O de una buena fuente —murmuró Xavier, apenas audible pero suficiente para que lo escuchará.
Le lancé una mirada fulminante por encima del vaso.
—¿Decías algo?
—Nada —dijo, con una sonrisa contenida— Solo que deberías de pasarme la receta.