El resto de la semana se me hizo eterna, una de esas que te aplastan con proyectos, tareas y recordatorios de que estudiar mercadotecnia no es tan divertido cuando tienes que analizar campañas de detergente y escribir tres páginas sobre la evolución del consumidor moderno.
Y, por si fuera poco, Historia.
Historia y yo no nos llevamos bien, nunca lo hicimos.
Por qué si te daban a elegir entre memorizar fechas o quedarte dormida sobre el libro, siempre ganaba la segunda opción.
Así que, entre la desesperación por entregar un ensayo sobre la Revolución Industrial y el estrés de fingir que no me importaba nada, la idea de una "salida grupal" no sonaba tan mal.
O eso repetí para no cancelarla en el último momento.
Evangeline había hecho un itinerario digno de una guía turística: boliche, arcade y pista de hielo.
"Aprovecharemos todo el día", había dicho, con ese tono de voz que hacía imposible decirle que no.
El punto de encuentro era frente al café de la esquina, justo al medio día.
El cielo estaba gris, con esa amenaza de lluvia que parecía acompañarme siempre que intentaba disfrutar algo, me puse un jersey azul lo suficientemente calientito para no morir congelada, un jean oscuro y una bufanda de mismo tono, porque si algo me importaba más que mi salud mental, era no parecer un desastre visual.
Cuando llegué, Evangeline ya estaba ahí, radiante como si la temperatura no afectará,
Ellie y Eros discutían sobre quien había llegado primero, Evan revisaba su celular, y los otros dos, si, los "chicos", esperaban cerca de un coche.
Xavier, con su chaqueta oscura y esa sonrisa cargada de arrogancia contenida.
Christian, con la calma de siempre y los ojos puestos, claro, en Evangeline.
Qué sorpresa
—Pensé que ibas a echarte para atrás —dijo Ellie en cuanto me vio.
—Lo pensé —admití
—Y aun así estás aquí.
—Error estratégico
Evangeline dio una palmada.
—Perfecto, ahora que ya estamos todos, primera parada: boliche.
El lugar olía a pizza recalentada y perfume barato, una combinación curiosamente nostálgica.
Las luces neón parpadeaban sobre las pistas y una canción pop de hace diez años retumbaba en los altavoces.
Tomamos una de las mesas del fondo, y Ellie se encargó de repartir los zapatos.
—No sabía que el glamour también incluía zapatos tan a la moda —murmuré al ponérmelos.
—Deja de quejarte, drama queen —rió Evangeline.
Cuando me tocó lanzar por primera vez, respiré hondo, tomé la bola y....la vi rodar directo al canal, ni un solo pino cayó, ni uno.
Eros se rió tan fuerte que casi se atraganta con sus papas fritas.
Y entonces escuché su voz.
—Tienes un talento natural, ¿eh? —dijo Xavier, apoyado contra la baranda, con esa sonrisa que me daban ganas de lanzarle la bola a la cabeza.
—Al menos lo intento —contesté, alzando la ceja
—Si, pero fallas espectacularmente.
—Gracias por la observación, coach
Él dió un paso adelante, recogió otra bola y me la ofreció.
—Déjame enseñarte
—¿Qué? No necesito-
—Claramente si —interrumpió, sonriendo de lado.
Oh, genial.
El chico encantador en modo entrenador personal.
Justo lo que necesitaba para herir aún más mi orgullo.
Suspiré y tomé la bola de mala gana.
Él se colocó detrás de mí, lo bastante cerca como para que su voz me rozara el oído.
—No se trata solo de la fuerza —dijo, bajando el tono— es el ángulo. Mira, cuando la sostienes así......
Su mano rozó la mía, corrigiendo la posición.
Mi corazón decidió que era buen momento para empezar un maratón olímpico.
Perfecto, ahora, además de humillada, estoy alterada.
—¿Y si la lanzo y sale mal? —pregunté.
—Entonces lo intentamos de nuevo.
"Lo intentamos"
Plural, que conveniente.
Rodé los ojos, me concentré y lancé.
Está vez, cayeron tres pinos.
—¡Eso! —gritó Ellie, aplaudiendo.
—Nada mal —dijo Xavier, sonriendo de verdad está vez.
—Apenas cayeron tres —murmuré
—Más de los que tú sola habías logrado —respondió, encogiéndose de hombros.
Tenía que admitirlo, estar cerca de él era irritante, sí...pero también un poco adictivo.
Christian tiró después, y por supuesto, hizo una chuza.
Evangeline lo aplaudió como si hubiera ganado un torneo mundial.
Ellie y Eros seguían en su guerra personal, y Evan parecía disfrutar de ese caos.
Yo solo me deje caer en el asiento, viendo cómo Xavier se preparaba para su turno, confiado, como si el universo entero jugara a su favor.
Cuando tiró, por supuesto, todos los pinos cayeron.
—¿Ves? No es tan difícil —dijo girándose hacia mí.
—Claro, por qué eres un prodigio del boliche.
—No, solo tengo buena puntería —contestó, guiñándome un ojo.
Y ahí otra vez, esa sonrisa peligrosa que parecía un recordatorio de todo lo que no debía sentir.
La tarde apenas comenzaba, faltaban el arcade y la pista de hielo, y Evangeline ya planeaba quienes harían equipos. Pero yo, yo solo pensaba en lo extraña que se sentía esa calma.
Después de tanto caos, de tantas paredes que había construido, por primera vez en mucho tiempo estaba.....riendo.
No sé cuántas veces más fallé después de ese primer intento decente, pero ya había perdido la cuenta y, sinceramente, la dignidad también.
—Tienes que soltar la bola antes de dar el último paso —me dijo Xavier, por tercera vez, mientras se acercaba a mí con la paciencia de un santo...o la condescendencia de un profesor de kinder.
—Lo hago bien —respondí, cruzándome de brazos.
—Claro que sí, por eso la bola se va directo al canal cada vez
Oh, mira, sarcasmo, que novedoso viniendo de él.
Suspiré, tomé la bola otra vez y me coloqué frente a la pista.
A mí alrededor, el caos era total: Evangeline y Christian estaban jugando en la pista de al lado, riendo como si estuvieran en una competencia olímpica de encanto; Ellie y Evan discutían quien tenía la mejor técnica, spoiler: ninguno; y Eros grababa todo para tener material de chantaje emocional para el resto del año.